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Clima de miedo-Wole Soyinka

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El uso político del miedo para llevar a cabo medidas (reformas), que en condiciones normales serían rechazadas aprovechando la confusión y el estado de conmoción,  es el argumento del libro La doctrina del shock de Naomi Klein. El miedo aparece como elemento eficaz que noquea, aturde y logra aprovechar la ventaja para introducir decisiones tomadas con anterioridad y que en ese momento son lanzadas como única vía posible, el final de un tunel.

El clima de miedo es uno de los ambientes más propicio para conseguir que se tomen medidas de urgencia, apremiantes, que se aceptan sin apenas oposición. Pero el miedo tiene muchas otras facetas, también las que logran desposeer al hombre de su dignidad, Wole Soyinka consciente de la importancia del miedo reflexiona sobre sus cambiantes máscaras y su naturaleza.

En el prefacio de Clima de miedo escrito en 2004 Soyinka nos habla de la escalada de inhumanidad que se ha venido produciendo tras los atentados del 11-S a los que siguieron las noticias de los malos tratos, abusos y torturas de prisioneros iraquíes, “con un aumento aún más escalofriante del horror, cuando un rehén fue ofrecido al mundo como cordero sacrifical” que presentado de manera orquestada dejó “atrás la incontinencia de los reservistas del Ejército de Estados Unidos por su barbarie”. Al leer lo anterior parece que no ha pasado el tiempo; nos habla de una realidad de hoy mismo, 2014, cuando los vídeos difundidos por ISIS repiten idéntico patrón. Seguimos inmersos en el mismo magma, el que se construye desde la amenaza global del terrorismo. El 11-S nos trajo una nueva forma de miedo: la que surge de la convicción de que “no hay inocentes”, que a cualquiera le puede tocar. La terrible “democratización del miedo”.

El libro recoge las cinco conferencias que pronunció en el Ciclo de Conferencias Reith y que tratan el tema del miedo desde diversos prismas. Si en un principio se focalizaba en las dictaduras, después fue suplantado por el de la catástrofe nuclear, para pasar a ser producido por algo no concretado, una amenaza constante, a través de los ataques terroristas (y de los “cuasi-estados”).

Una máscara cambiante de miedo” hace asomar su preocupación principal en aquel tiempo (años 60), “que era el destino de las artes-y de los artistas-bajo el creciente comercio de la dictadura y la gobernación por medio de una dieta forzosa de miedo, sobre todo en el continente africano, lo que en el habla común se denominaba ‘la llamada a medianoche’”. Se refiere a las detenciones arbitrarias, torturas, detenciones que se sufrían una y otra vez y que ilustra con el triste destino del escritor y activista Ken Saro-Wiwa y de ocho de sus compañeros después de un proceso irregular y arbitrario que terminó en la horca. Extendiendo ese “clima de miedo” de los 70-80 a América latina, Irán, Sudáfrica o la Alemania Oriental que le lleva a preguntarse “¿cómo sobrevivió el Arte en un clima de miedo?”. Para después, distinguir entre las diferentes graduaciones del miedo: desde el que viene dado por las condiciones de la naturaleza o el que surge por la fuerza que ejerce un ser humano sobre otro. Y concluye parcialmente que “el ataque contra la dignidad humana es uno de los objetivos principales del miedo”, idea en la que ahondará más adelante.

Del poder y la libertad” es el texto más largo del libro. Yendo más allá de la idea de poder como “demostración de fuerza”, comienza con la dificultad de definir a los “cuasi-estados”, “ese ente escurridizo que puede abarcar todo el espectro de ideologías y religiones, que lucha por el poder pero no es definido por límites físicos como los que identifican al Estado soberano”. A lo largo del libro, Soyinka irá poniendo ejemplos. En este caso, habla de la guerra de liberación de Argelia y de lo que supuso para África sub-sahariana (“merece con mucho, que se la considere la más brutal de las guerras de liberación africana”), y compara dos momentos clave: las elecciones celebradas en 1992 en Argelia y las celebradas un año después en Nigeria, cuando ambas daban a entender que por primera vez un partido político reconocido iba a ganar una elecciones.”En aquel momento, sin embargo, el proceso fue truncado por los militares sólo porque no les gustaban las caras de los ganadores.” El dilema que se planteaba era que en el caso argelino, la opción ganadora quería derogar la propia democracia. El resultado (ante la amenaza de un FIS que usaba la escalera de la democracia para llegar al poder y después retirarla) en el caso de Argelia ha sido la muerte de miles de personas, en una pelea en la que “El Estado y el cuasi – estado se hallan enzarzados en una lucha a muerte que se caracteriza por el abandono total de los últimos vestigios de las normas de la sociedad civilizada”.

A la voluntad de conquistar el territorio, lo físico, Soyinka añade una nueva faceta del poder: el anhelo de dominar, su ansia de poder sobre millones de seres humanos. Así, se pregunta ¿qué es el poder? que ya comenzó a contestar hablando de los dictadores africanos, americanos o europeos, ya se llamen Mobutu, Pinochet o Milosevic, para concluir parcialmente que “el poder, es paradójicamente, el pantanal primordial del miedo, del cual emerge el precipitado de la respuesta neurótica del hombre a la mortalidad.”

En una “Retórica que ata y ciega”, Soyinka pone el acento en el uso de la retórica tanto por líderes políticos como religiosos. Partiendo de su propia experiencia personal expone el siguiente ejemplo:

“Me encontraba en un exilio voluntario, terapia en la que me había embarcado para otra situación de retórica letal que había sacrificado a uno o dos millones de seres humanos en Nigeria bajo el mantra rítmico: Nuestra tarea es mantener la nación unidad. Nuestra guerra civil se acercaba a su fin en medio de un clima de euforia y, al salir de la cárcel, no estaba seguro de qué forma de histeria era la más irritante: el tono de patriotería nacionalista que me había rodeado antes de que me encerrasen- y que, para empezar, había hecho que la guerra fuese inevitable –o la presunción triunfalista apenas reprimida en la que me vi envuelto al recuperar la libertad. El éxito militar se equiparaba con una vindicación divina de la guerra.

En cambio, en el estado secesionista de Biafra, el mismo síndrome tuvo unos resultados más trágicos. Los jóvenes entraban en batalla armados sólo con fusiles de madera, cautivos de la misma retórica que todos los días les metían machaconamente en la cabeza: Ninguna potencia del continente africano puede someternos.”

También resalta el devastador poder retórico de la ugandesa Alice Lakwena y su Ejército del Señor, frente al cual personas de probada inteligencia declaraban que habían estado bajo un hechizo e incluso hacían uso de una explicación racional cuando se les hacía notar que entre ellos también había muertos, “eran aquellos cuya fe era más débil”.

En relación a la retórica religiosa, Soyinka lanza el interrogante siguiente: “¿qué es exactamente lo que transforma el mantra de un beatífico cántico de fe, tal como Allah akbar, en una convocatoria a una orgía de muerte?”. Para afirmar que “la culpa, por supuesto, no es de la religión, sino de los fanáticos de todas las religiones (…) la retórica de la religión se está convirtiendo en el método de matar más accesible en la actualidad.”

 “No hay paz posible sin dignidad

Soyinka retoma lo expuesto en el inicio del libro y vuelve a hablar de la dignidad, el anverso de la dominación y el poder. “Los yorubas tienen un dicho: Iku ya j´esin lo. Significa ‘Antes la muerte que la indignidad‘ “. El ambiente mundial de miedo debe mucho a la devaluación o negación de la dignidad en el cruce de caminos entre comunidades. Los muros de cemento que se yerguen en Palestina son un gesto de desdén hacia sus habitantes. Sobre sus propias experiencias Soyinka, una vez más, recuerda un incendio en California, una fuerza de la naturaleza que les dejó sin capacidad de acción, sí, pero a la que enfrenta la que se produce cuando es el propio hombre el principal factor de esa inacción. “No se trata de la muerte ni del sufrimiento” hay que responder frente a aquellos recordatorios que nos dicen que “al fin y al cabo, un terremoto o una inundación mata a más gente que incluso un año de conflicto en Liberia o Chechenia.” Cuando es la fuerza de la naturaleza la que actúa el ser humano no siente reducción de la autoestima, no padece indignidad. Ni humillación.

Del “Yo tengo razón; tú estás equivocado” al “Yo tengo razón; tú estás muerto”

El mundo parece que sigue inmerso en la misma espiral de antihumanismo imparable que ya hace diez años denunciaba, no sin pesimismo, el primer premio nobel de literatura africano. Al igual que Soyinka ayer, contemplamos “cómo nuestras predicciones más pesimistas son superadas una y otra vez por nuevos actos” y “uno está tentado de declarar sencillamente que el mundo ha entrado ahora en un estado irreversible de anomia general”.

El problema del siglo XXI es claramente el de la religión, afirma el escritor, cuyas cínicas manipulaciones “contribuyen en no poca medida al clima de miedo que comentamos.” (en este punto he de decir en otros lugares del libro Soyinka habla también del “sustrato material” que no hay que menospreciar). En Nigeria, Boko Haram desencadena una y otra vez oleadas terribles de violencia fundamentalista. Pero como él mismo afirma “pocos lugares del mundo se libran hoy de las depredaciones del fanático”.

¿Tenemos alguna lección que ofrecer al mundo desde ese mismo continente de una historia de desdén casi universal? Se me ocurre una. La imparto cada vez que se presenta una oportunidad. Las religiones africanas no proselitizan, pero permítanme romper una vez más esta tradición en aras de la buena causa de una búsqueda mundial de coexistencia armoniosa, y ofrecer al mundo una lección a partir de la espiritualidad africana, extraída específicamente de la religión del Orisa, el panteón de fe del pueblo yoruba. Esta religión, que continúa profesándose en Brasil y otras partes de América del Sur y el Caribe, nunca se ha embarcado en nada que equivaliera a la cruzada o la yihad a favor de su propia causa (…) su lema es tolerancia, la creencia de que hay muchos caminos para llegar a la verdad y la divinidad, y que no hay necesidad de incendiar el mundo para probar la supremacía de una creencia o la justicia de una causa. (pág. 146)

Cierra Soyinka recordando a dos escritores: Naguib Mahfouz que fue apuñalado por fanáticos islamistas por considerar su obra “como una blasfemia contra la religión musulmana” y la escritora Taslima Nasrin que tuvo que huir de su hogar en Bangladesh, debido a las reiteradas amenazas a su vida tras la publicación de su libro Vergüenza. “Si ciertos actos contra la humanidad parecen colocar a sus perpetradores más allá del diálogo, debemos seguir abrazando la interrogación, esto es, la autointerrogación. ¿De qué manera hemos contribuido a su vez a la creación de semejante situación?.”

Ficha:

  • Título original: The Climate of Fear (2004 )
  • Idioma: Original: Inglés. Publicado en origen por Profile Books Ltd.
  • Traducción al castellano: Editorial Tusquets (2006?)
  • Traductor: Jordi Beltrán Ferrer
  • Páginas: 151
  • La BBC tiene un especial con las conferencias de este libro, se pueden leer, escuchar, aquí.

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Esta entrada fue publicada en 15 noviembre, 2014 por en Pensamiento y Ensayo, Soyinka, Wole y etiquetada con .
“La razón por la que escribo tanto sobre África es porque me indigna cómo es vista por el resto del mundo. Cuando la literatura sudamericana llegó a Europa cambió por completo nuestra perspectiva sobre los seres humanos. Pronto sucederá lo mismo con la literatura africana: entonces nos enteraremos de lo que tienen que decir sobre la humanidad” Henning Mankell.

“Desde luego había aprendido mucho sobre un pequeño y relativamente poco importante pueblo de África occidental” (El antropólogo inocente– Nigel Barley. 1983)

“A la gente le cuesta menos llorar que cambiar, una regla de psicología que la gente como yo aprendió en la calle siendo niño” (James Baldwin. 1977)

“Cuando se nos muestran escenas de niños muriendo de hambre en África, con un llamado para que hagamos algo para ayudarlos, el mensaje ideológico subyacente es algo como, “¡No pienses, no politices, olvídate de las verdaderas causas de la pobreza, solo actúa, dona dinero, así no tendrás que pensar!” (Vivir en el fin de los tiempos-Slavoj Žižek, 2010)

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