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Rostros, amores, maldiciones- Mohamed Chukri

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La foto tan sólo hace falta mirarla una vez para saber que acabará perforándote. Observo al hombre cansado de mirada fija que no elude a la cámara, cruzado su rostro por una malla de dolores que se incrustan en cada una de sus arrugas. Me trae de inmediato olor a alcantarillas, a calles repletas de seres marginales, a colchones de bolsas de basuras. Algo que asusta tan pronto lo descubres; mohamed-chukri que quieres espantar nada más internarte en ello; que hace que dejes de lado la compasión para sumergirte en algo mucho más profundo; en algo semejante a un desasosiego interno que te lleva a intentar asomarte a tantas realidades como las que Mohamed Chukri comparte.

No sólo es su rostro, la escritura de este escritor también es así. Chukri contiene en si mismo el material suficiente para trazar una trayectoria literaria magistral sólo contando su vida. Niño de la calle, analfabeto hasta los 21 y habitual de prostíbulos y bares, se codeará con los intelectuales que acuden a Tánger, ciudad literaria donde las haya, hasta el punto de que Paul mohamed-chukri1Bowles traducirá su obra al inglés, en una relación que distó mucho de ser amistosa. Chukri invita a pensar en una especie de “colonialismo literario”, tal y como reflejó en Paul Bowles, el recluso de Tánger, en donde describe a un Bowles, puritano, interesado, receloso, poco amigo de sus amigos, tacaño, complicado y retorcido.

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Jean Genet y Mohamed Chukri (foto tomada de la web de la Editorial Hijos de Muley Rubio)

No se callaba. Ya lo demostró cuando publicó la trilogía de su vida y las obras sobre su relación con Bowles, Jean Genet o Tennesse Willliams. Su amigo Salvador López Becerra lo describía así: “Mohamed era un tío que mantenía el tipo, sí, era un estoico con su karma manchado por la desolación, un atlas fatigado; muchas veces le sospeché lágrimas secas como charcos agrietados; ojeras como ondas en la extensión de una poza de fondo insondable; lodazales creativos para su escritura; lagañas de dolor, de mucho dolor, de tanto dolor que para nada serviría si se pesase; esto hizo que le estimara casi como a un hermano. Delicada Ave del paraíso a la que le tocó anidar en la cara oculta de la luna: en la incomprensión y en la soledad. Cuando es estigma, el llanto se torna aullido, dolor flameante al que Mohamed aplacaba las llamas con alcohol, solo o junto a las Vestales musas de sus noches y ensueños infinitos”.

Tánger, la ciudad mito

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Tánger es el escenario de sus novelas. Tánger, la ciudad-mito, la ciudad soñada a la que acudían los intelectuales y escritores americanos y europeos. Por allí pasaron, Burroughs, Jack Kerouac, Gore Vidal, Capote y los Bowles, entre muchos más. En aquellos días la ciudad estaba en pleno esplendor y tenía fraguada una fama de ciudad cosmopolita, abierta, tolerante e internacional. Todos querían ir a Tánger. En 1969, tal y como se rememora en varios de los libros de Chukri, había perdido toda su gloria, todo su brillo; Tánger  ya no volvería a ser nunca la misma.

El escritor hablaba de la magia tangerian no sin lanzar una crítica al peregrinar de aquellos “turistas literarios”;“cualquiera puede pasar aquí unas cuantas semanas y escribir un librito“. Tal y como escribió Juan Goytisolo, “El “misterio” de Tánger ha atraído en los dos últimos siglos la mirada curiosa y ávida de una pléyade de pintores, novelistas, cineastas y poetas venidos de diferentes regiones del planeta, y ha enriquecido su pincel y su pluma, imantando la brújula de su imaginación.”

Chukri mostró un Tánger real (enseñando otras vidas, otros rostros) alejado del “glamour” que parecían otorgarle los que llegaban de fuera. En Rostros, amores, maldiciones la ciudad aparece mencionada muy a menudo. Escribe sobre su época dorada y de esplendor; “Por Tánger pasaron Delacroix, Alexandre Dumas, Mark Twain, Rubén Darío, Blasco Ibáñez, Pío Baroja o Walter Harris, pero la fama internacional de la ciudad no comienza hasta la llegada del Protectorado (30-3-1912)” (pág.65) y también sobre su declive posterior, a pesar del cual, la ciudad seguía manteniendo un hechizo especial, ejerciendo una especie de atracción sin remedio, una obsesión. De hecho, su amigo Becerra le preguntará si acaso no ha llegado a cambiar el amor de una mujer por el amor a Tánger.

No debemos preguntarnos qué dice, sino qué quiere decir

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El nombre de Chukri irá asociado para siempre con su obra El pan a secas (o también El pan desnudo). En una entrevista con el periodista y escritor Javier Valenzuela, respondiendo a una pregunta dijo lo siguiente: ¨Me siento como esos escritores aplastados por la fama de un solo libro. Como Cervantes con Don Quijote, o Flaubert con Madame Bovary o D H Lawrence con El amante de Lady Chatterley. El pan desnudo sigue sin morir, el hijo de puta. Los niños por la calle no me llaman Chukri, me llaman El pan desnudo. Este libro me dice todos los días: Aquí estoy, vivo¨. En mi opinión se trata de una obra maestra, la mejor de toda su narrativa.

Pero el resto de la trilogía te sigue dejando ese regusto inimitable, la sensación de estar leyendo a un autor sincero y directo que descubre sin ambages cloacas y páramos solitarios por los que deambulan unos personajes que saben de sobra lo que significa sobrevivir. Defensor de los más marginados, los que no tuvieron ninguna oportunidad, Chukri se empeña, una y otra vez, en enseñarnos sus vidas que merecen todo nuestro respeto.

Si en El pan a secas nos habló de su infancia, y en Tiempo de errores nos mostró sus primeros pasos como escritor, en Rostros, amores, maldiciones traza un tapiz de seres marginales que se buscan y se pierden, pleno de historias que apenas se pueden concebir como reales (y a la postre lo son, como el pasaje en el que un hombre practica una felación a su padre para que éste no busque una compañera y así proteger su herencia) y cuyos protagonistas se zarandean en ese submundo de prostíbulos, alcohol y sexo (y también amor), rotos muchos límites pero también reencontrándose en ellos.

Además de otras historias paralelas que van emergiendo dando la sensación de que se trata más bien de un retablo de historias cortas y no de una novela, sobresale la historia del escritor con Fati, la camarera del bar Granada, que tiene ecos de historias desgraciadas, entre encuentros y desencuentros, en la que se niega el amor por el riesgo a perderlo.

Cierra, de esta manera el gran Chukri, el ciclo dedicado a su vida. En Rostros, amores, maldiciones, mira hacia atrás sin ira ni nostalgia, afirmando que “El ser humano no siempre es como ha empezado ni como acaba“. Habla con tristeza de su niñez teñida de nubes negras (la infancia, siempre la infancia), ve en la escritura y los libros las dos fuentes que nunca agotó y nos transmite que su rostro, al final, es el espejo de sus sueños mágicos.

Ofrezco el ramo de mi vida a quien la convierta en antorcha de luz en el laberinto del pensamiento. Sólo me importa la identidad de las personas por la profundidad de sus acciones. Sé que el ramo de mi vida es espinoso y no lo ofrezco más que a una mano callosa o- ¿por qué no?- a quien lo quiera.

La palabra “éxito” me recuerda siempre a una sonrisa forzada y frívola, o a un negocio lucrativo engañoso. No quiero hablar de éxitos. Atentan contra mi ambición. (pág.191)

Ficha:

  • Título original:  Wuyuh (1996)
  • Idioma: Árabe
  • Traducción al castellano:  Editorial Cabaret Voltaire (2014)
  • Traductores: Housein Bouzalmate y Malika Embarek López
  • Portada: Mohamed Chukri en su apartamento. Tánger, febrero 2003 Luis de Vega
  • Otras ediciones: 
    • Amor i malidiccions. Editorial Bromera (Catalá)
  • Para indagar más: “Geografía de un malnacido” de Jesús Gabaldón
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Esta entrada fue publicada en 3 diciembre, 2014 por en Chukri, Mohamed, Novela y etiquetada con .
“La razón por la que escribo tanto sobre África es porque me indigna cómo es vista por el resto del mundo. Cuando la literatura sudamericana llegó a Europa cambió por completo nuestra perspectiva sobre los seres humanos. Pronto sucederá lo mismo con la literatura africana: entonces nos enteraremos de lo que tienen que decir sobre la humanidad” Henning Mankell.

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