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La dureza de las calles según K. Sello Duiker

K. Sello Duiker. Fotografía: Ed. Baile del Sol

K. Sello Duiker. Fotografía: Ed. Baile del Sol

En 2004, el escritor Phaswane Mpe fallecía a la edad de treinta y cinco años, víctima del SIDAUn mes después, su amigo y también escritor, K. Sello Duiker, se suicidaba a la edad de treinta años. Ambos parecían haber cumplido a rajatabla la frase “vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver”. Ninguno de los dos eran estrellas de rock and roll, pero casi. Estaban llamados a ser los narradores de la nueva Sudáfrica: se les consideraba las más firmes promesas de la literatura post-apartheid sudafricana. Sus repentinas y tempranas desapariciones dejaron un gran vacío en un momento en el que el panorama literario de aquel país necesitaba voces negras, jóvenes y arriesgadas en sus planteamientos literarios que alumbraran un nuevo camino para estas letras.

Kabelo Sello Duiker cumplía las tres premisas anteriores y más. Nacido en Soweto, procedía de una familia acomodada y sus padres decidieron enviarle a un colegio privado de blancos, con el objeto de proporcionarle la mejor educación posible. En aquella institución solo otro niño negro asistía a aquellas clases con él. Duiker es un apellido afrikáans, parte del peaje que pagó su familia (en origen “Lesufi”) para ser aceptados en la Sudáfrica del apartheid. El futuro escritor, de naturaleza sensible, sintió de manera profunda las diferencias raciales. Éstas le dejaron íntimas cicatrices de por vida que, con posterioridad, volcó en su obra.

Debido al trabajo de su padre, en una compañía internacional, viajó mucho con su familia a Londres y a Francia, donde prosiguió sus estudios, pero donde, sobre todo, leyó sin mesura. Duiker afirmó que fue su madre, lectora compulsiva, la que le mostró la pasión por la lectura. Entre los escritores prefería a Bessie HeadDambudzo MarecheraZadie Smith, Ayi Kwei Armah y ante todos a Ben Okri.

En 1995, retornó a Sudáfrica, un año después de las primeras elecciones que consolidaron el fin del apartheid, y se matriculó en periodismo en la Universidad de Rhodes, creando con Phaswane Mpe el círculo de poesía “Seeds”. En 1998, viajó a Ciudad del Cabo, donde escribiría la primera de sus dos novelas, ésta que acaba de publicar en castellano la editorial Baile del Sol, “13 céntimos”, y con la que nació la nueva estrella de las letras sudafricanas.

Lejos de su acomodada vida, Duiker se perdió en Ciudad del Cabo, durmió en la calle, tomó drogas y experimentó con el sexo. Allí, durante tres semanas compartió su vida con los “niños de la calle”.Vivencias que después trasladó a la ficción. El escritor llegó a afirmar que fue en esta ciudad donde encontró su voz. En apenas dos meses había escrito “13 céntimos” (un capítulo de este libro también se puede leer en la antología Los deseos afines de la editorial Dos Bigotes). Duiker había encontrado un nuevo punto de vista para narrar a su sociedad: indagando en su sexualidad.

8f835efa-6e47-436f-a64e-d1b53ecfb02dimg400Tras la desgarradora y cruda narrativa autobiográfica del marroquí Mohamed Chukri, en El pan a secas (ed. Cabaret Voltaire, 2012), el sudafricano vuelve a sumergirnos en las vidas de aquellos que por diversos motivos se ven obligados a vivir en las calles. El niño se llama Azure, un extraño nombre que le puso su madre debido al color de sus ojos azules (y que evoca al “Azaro” de La carretera hambrienta de Ben Okri, novela con la que los críticos le han encontrado influencias). Tener los ojos de ese color y la piel oscura le ha procurado no pasar nunca desapercibido, sobre todo a las penetrantes miradas adultas. Con casi trece años, Azure vive solo en las calles de Sea Point.

Arrojado a una vida de pura supervivencia, el niño se prostituye procurando sexo a cualquiera de los hombres (blancos o negros) que le den a cambio dinero suficiente para poder seguir viviendo, pero también a aquellos que le obligan a hacerlo por probar su superioridad. Escenas explícitas de sexo recorren muchas de las páginas del libro. Además, la sordidez y la penuria extrema se visitan de la mano de un Azure que huye de crearse cualquier lazo afectivo con otros niños de la calle ante la posibilidad, ya vivida, de que estos desaparezcan de un día para otro y le dejen más solo aún. Mientras se cuestiona sobre su propia sexualidad.

Ciudad del Cabo muestra otra cara. La de unas calles en las que la violencia forma parte de la rutina diaria. Las mafias controlan cualquier movimiento, mientras la policía hace la vista gorda por estar de igual manera corrupta, y obligan a los más débiles a aceptar sus normas si no quieren ser expuestos a una paliza brutal o a algo peor. No hay tregua en la vida de este niño, los criminales le conminan a hacerse fuerte, mientras le cuentan historias para hacerle creer que su madre en realidad no le quería, y le cambian el nombre en un intento por despojarle de cualquier rasgo identitario.

La situación de indefensión de Azure le lleva a ser explotado por todos de una u otra manera: sexual (tanto por personas del colectivo homosexual, como por hombres que llevan dobles vidas) y económica (personas en quien confía le roban y personas en las que tiene que confiar le engañan a cambio de protección). Mientras compartimos su tránsito a la vida adulta (trece años significa eso), asfixia caminar junto al niño y no ver ninguna salida, ningún rasgo de humanidad hacia él. “Me duelen los pies. He andado demasiado. Me duelen los ojos. Han visto demasiado. Y no acaban nunca. Sigue y sigue“, llegará a afirmar el niño que como el Azaro de Ben Okri también roza lo extraordinario y lo fantástico, alternando los momentos más duros y difíciles de leer con otros en los que se pierde la noción de realidad y ficción. En el último tramo de la novela, parece como si el protagonista derivase hacia la locura dentro de un mundo en el que cualquier rasgo de humanidad ha desparecido, en un complicado y a veces no muy logrado encaje entre el mundo real y el sobrenatural. Azure huye a las montañas, en un intento por liberarse de las pesadas cadenas que la civilización urbana le ha colocado.

Sello Duiker quería mostrar otras realidades.

Su segunda novela, más ambiciosa, The Quiet Violence of Dreams fue descrita por “The Guardian” como 51vqoiqwyl-_sx296_bo1204203200_“una mirada fascinante a la cultura juvenil y a la manera en la que los jóvenes sudafricanos, blancos y negros, tratan de crear una identidad mezcla de sus raíces africanas con una cultura más global”. Él no ocultaba su malestar ante la actidud de sus compatriotas que tenían una visión exclusivista sobre lo que debía entenderse como cultura. Además, en los últimos tiempos Duiker, a pesar de trabajar como editor y de su reconocimiento como escritor, parecía insatisfecho. Se dice que se sentía atrapado por su estilo de vida; la mercantilización y el consumismo son temas comunes en su obra, al igual que la búsqueda de la identidad.

El 19 de enero de 2005, sumido en una profunda depresión, se habla de trastorno bipolar, puso fin a su vida. Días antes había expresado a sus más cercanos que sentía cómo la medicación que tenía que tomar era un peaje a pagar demasiado grande, tanto para su creatividad artística como para mantener su alegría de vivir. Así, desaparecía una de las voces más rompedoras del país sudafricano.

Ficha:

  • Título original:  Thirteen Cents (2000)
  • Idioma: Original: Inglés
  • Traducción al castellanoEditorial Baile del Sol (2016)
  • Traductora: Alicia Moreno Delgado
  • Páginas: 148

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Esta entrada fue publicada en 25 noviembre, 2016 por en Novela, Sello Duiker, K. y etiquetada con .
“La razón por la que escribo tanto sobre África es porque me indigna cómo es vista por el resto del mundo. Cuando la literatura sudamericana llegó a Europa cambió por completo nuestra perspectiva sobre los seres humanos. Pronto sucederá lo mismo con la literatura africana: entonces nos enteraremos de lo que tienen que decir sobre la humanidad” Henning Mankell.

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