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Semillas de errancia, poesía desde el Congo

En fechas recientes, la argentina Babel Editorial ha publicado Semillas de errancia, un volumen de poesía de Gabriel Okoundji. Como él mismo se presenta, nació en el Congo, país cuyo nombre significa “la tierra de la pantera”, animal totémico por excelencia para los congoleños. Pasó su infancia y juventud en su país de origen hasta que partió a Francia para estudiar medicina (en la actualidad es psicólogo clínico). Después, regresó a su país natal y recuperó “lo más importante”: el título que su padre le había dado al morir (Mwènè) y para el que no estuvo preparado hasta aquel momento.

El poeta, admirador de Aimé Césaire a quien le debe el ponerse a escribir, cree que el verdadero conocimiento es la inciación. Para explicar lo anterior, en el prólogo de Semillas de errancia se recoge lo siguiente: “Gabriel Okoundji es un Mwènè, un iniciado al conocimiento; ello lo convierte en el portador de una voz tutelar enraizada en un saber profundo, en un conocimiento que debe ser transmitido para hacer perdurar el alma mater de una comunidad. Su aura de iniciado no consiste en revestir el halo de un individuo poderoso y enigmático, muy al contrario”. En este sentido, Okoundji afirma “No somos ante todo seres de inteligencia, somos ante todo seres emocionales”.

Iniciar, es aprender a dar con la mirada del hombre
es dar el saber en toda la claridad del secreto.
Ser iniciado, es aprender en la luz de una memoria
es aprender a recibir el saber entre el alba y el crepúsculo
los iniciados lo saben, también se ha dicho que ellos no lo saben

El propio autor ha dicho y evocado en innumerables ocasiones que su palabra es una herencia que le viene por filiación. Okoundji da toda la importancia, en este sentido, a la palabra. Y es a través de la suya por la que habla su pueblo. Mezcla en su poesía la tradición, con sus ritos y el homenaje a sus ancestros. En este sentido, su traductor Leandro Calle añade “de algún modo, su lengua de la oralidad y su lengua de escritura se funden en su poesía y confieren así una poesía original que se remonta a los ritos de iniciación, al animismo, a la oralidad de lo tribal y al mundo cartesiano de lo francés”.

A LA SOMBRA DEL PEDERNAL
En mi infancia, fui educado en medio de las mujeres, como la mayor parte de los niños congoleses de la selva. Mis madres. Sus conversaciones, sus cantos, sus nanas, los cuentos, el llanto e incluso sus discusiones salpicadas de parábolas, estaban todas impregnadas de poesía. A partir de los cuatro años, el pequeño chico que yo era abandonó el regazo maternal para descubrir los usos y costumbres del entorno masculino. Tuve que enfrentarme al lado de mis padres, a los adagios, los proverbios, los enigmas, las metáforas y los símbolos que dicen, sin nombrarlo, el sentido de la existencia.
Crecí entonces de manera muy natural en un inmenso ambiente poético. Luego, fue Bernadette Ampili, mi tía-madre hoy desaparecida, la que cuidó y consolidó la llama de mi pasión por la poesía, porque ella sabía decir el llanto, sabía contar, sabía clamar, sabía dar con la buena palabra ocultada en la conchilla del enigma.
Ella es quien me abrió el camino, es de ella que provienen mi obstinación y mi terquedad, a veces a contra corriente y a contra-lenguaje, de mi búsqueda poética. La fuente de todo, en lo que a mí respecta, reside en la memoria de Bernadette Ampili. El espíritu de esta mujer es una inmensa tierra virgen en la que germinan en el desorden de la naturaleza, una cantidad de signos y de símbolos a veces difíciles de captar, pero siempre presentes para quien sabe escuchar y ver, alojados en cada palabra, cada eco, cada expresión, ya sea alegre o dolorosa.
Mis escritos poéticos no representan pues otra cosa que la interpretación, la adaptación, la traducción –a veces infiel- de la poesía oral, lenguaje que existe en todas partes y de manera natural en numerosas sociedades africanas.
La sensibilidad que arrastran los versos de mis obras son simplemente el resultado de un viaje al fondo de mi ser, por los senderos de mi infancia. Es de allí de donde obtengo toda la substancia. Indago en el magma de las tradiciones en las cuales fui iniciado, para dar a leer y a ver la universalidad de la cultura de mis orígenes, aquella de los Tégué.
De esa poesía original que traduce la armoniosa implicación del Hombre en el mundo, hago una materia prima de la que extraigo lo esencial que, para mí, no es decir, sino liberar la sensibilidad necesaria al ser humano en su relación con el cosmos. Dar a leer la emoción más allá del tumulto que cada uno encierra en sus entrañas. Revelar al individuo su dimensión humana. Nombrar la emoción fundamental, aquella que libera aportando la visión necesaria para avanzar en la niebla del horizonte existencial.
El poeta no indica el camino. En cambio, él es, creo yo, capaz de señalar, de nombrar el signo que ayuda a captar lo indecible y lo impalpable, de percibir el camino que conduce al descubrimiento de lo que la historia humana arriesgaría de perder, por falta de clarividencia. El poeta no propone un modelo de pensamiento pre-fabricado. Él destruye el modelo afín de que el Hombre se capte a sí mismo en su calidad de mortal.
El poeta es ante todo un hombre sumergido en el largo río de su historia. La temática de mi obra poética refleja el horizonte recorrido por el ser que yo soy. ¿Hay un vínculo existencial entre mi infancia marcada por la caza y la pesca, el aprendizaje de mis funciones de Mwènè (jefe tradicional del tótem de la pantera), y mi adolescencia en la ciudad con sus cines, su televisión, la gente, sus largas calles con semáforos? ¿Entre mi adolescencia y mi vida de adulto en tierra de exilio?
¿Qué vínculo existe entre el camino recorrido por el pequeño chico que yo fui, en Okondo, Ewo, Enkéya, Owando, luego en Pointe Noire, y en Brazzaville en donde troqué, a pesar de mí, mi título honorífico de Mwènè y mi lengua original, el tégué por el lingala? ¿Qué vinculo existe, para un joven adulto, entre la vida en Brazzaville, explanada de ruidos humanos, en donde uno canta, grita, aúlla en las calles, en donde los bares rivalizan con los decibeles en todos los barrios, y la vida en Burdeos donde la palabra debe aparecer de manera discreta?
Ahí reside la interrogación que alimenta una parcela de mi escritura. Mi pensamiento se alimenta con esos caminos, esa travesía de senderos en la madrugada, entre lo desconocido y la morada, entre el zócalo y la memoria, entre la corteza y la raíz, entre el hábitat y el árbol, entre el exilio y la fuente de origen…
Gabriel Mwènè Okoundji
Bègles, 13 de abril de 2002

Gabriel Okoundji y Leandro Calle

El traductor de Semilla de erranciaLeandro Calle, ha conocido al poeta y sigue manteniendo relación a través del teléfono y del correo electrónico. Considera muy importante conocer a la persona cuya obra se va a traducir. Al igual que piensa que es de gran relevancia publicar a Okoundji en América Latina. “Por un lado, África es siempre mirada o tenida en cuenta como una totalidad y sin embargo es un continente con diversas culturas, diversas historias y diversos lenguajes. Esa mirada errónea de África es la que llega aquí a América Latina, la mayoría de las veces mediada por España y Francia, lo que implica a su vez una mirada “colonizante”. Traducir poesía de expresión francesa y de origen africano, particularmente del Congo, es ponerse en contacto directo, sin la mediación francesa que siempre, quiérase o no, tiene en su espalda el peso de haber sido lo que fue y lo que es. La mirada desde aquí va a ser otra porque la relación con el Congo no tiene una connotación de dominio político en la historia”.

Semillas de errancia aglutina sus poemas bajo una serie de subtitulos que nos llevan desde la infancia del poeta, las tradiciones y el pasado, hasta Roma, Burdeos (donde reside en la actualidad) o el desierto del Sahara.

¡Desierto!
Hermanos nómades de las caravanas, del lago Chad y de lejanos campamentos
concédanme la indulgencia de ser Beduino, Tubu, Tuareg, Saharaui
y ustedes Moros, Hausas, Árabes, Fulanis y Bereberes del Mzab
que podamos alcanzar la concordia de todos los dioses en el impulso de un mismo corazón.
Semilla sembrada
El ciego que llega entre los suyos
no busca el camino.

Ha sido la primera obra publicada en castellano de un poeta que ganó en 2010 el “Grand prix littéraire d’Afrique noire” y está considerado un importante escritor francés. Editar a este reconocido poeta ha sido toda una apuesta que no podemos sino elogiar y agradecer. Además, sin querer desvelar todos los detalles, Leandro Calle afirma que hay posibilidades de que el libro sea publicado también aquí.

Semillas de errancia. Gabriel “Mwènè” Okoundji. Editorial Babel. Argentina, 2016.Traducción: Leandro Manuel Calle.

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