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Restableciendo la verdad a través de “Tranvía 83”

Un libro llega. Algunos llevan llegando desde hace mucho tiempo. Tram 83, la primera novela de Fiston Mwanza Mujila, un joven congoleño de origen afincado en Austria, es de estos. Mwanza Mujila la escribió en 2014, ganó el premio de literatura Etisalat 2015 y estuvo nominada en 2016 al Man Booker International Prize, junto con el angoleño Agualusa. Alain Mabanckou la ha calificado de “obra maestra” y han dicho de ella que es “Blade Runner en África con banda sonora de John Coltrane”. Veo vuestros dientes largos.

Gracias a una editorial independiente, Pepitas de Calabaza (antes se publicó en catalán por  Periscopi), tenemos la suerte de poder leerla también en castellano. En su edición original, la novela se presentó con un prólogo de Alain Mabanckou que se mantuvo en la versión inglesa pero no así en la que nos hace llegar Pepitas de Calabaza en cuidada edición, que ha añadido, en cambio, un glosario muy completo e interesante por sí mismo.

“Sexo, drogas y rock & roll” versus “Prostitución, cerveza y ndombolo”

Enmarcado en un escenario caótico, en donde se mezclan todas la generaciones y todas las nacionalidades, en una Ciudad-País imaginaria (se supone en la República Democrática del Congo) y en un bar llamado Tranvía 83, la frase que abre la narración es toda una declaración de principios: Te ganarás el pan con el sudor de tus pechos. Es decir, explotación y abuso soportados para poder sobrevivir.  

Así, Mwanza Mujila nos sumerge en un lejano oeste africano con sus minas y la fiebre poseedora de minerales de sangre. Una Sodoma y Gomorra en donde emergen europeos, chinos, americanos y africanos, todos bajo la máxima “Los chacales no comen a los chacales”. Enturbiados entre los vapores hediondos de la taberna en el que se cruzan todo tipo de personajes: desde madres solteras y niños soldados a vendedores de órganos, cavadores, turistas, estudiantes o proxenetas. Gobiernados por la corrupción y la tiranía de la mano del General disidente. La intención del escritor al hacerlo: representar las formas de explotación y neocolonialismo que se dan en África y no solo en el Congo. Se puede decir que es un texto que parece salir de las entrañas del escritor para acabar removiendo e incomodando (a pesar de que él confiesa no haber tenido intención de denuncia).

La trama, no obstante, se nos escamotea bajo el peso de la escenografía que se va construyendo con las sucesivas técnicas que usa Mwanza Mujila para acabar mostrando un extraño y, a menudo incomprensible, mundo. En donde el hilo se pierde sin que parezca importante volver a encontrarlo. Rompiendo la regla de las puntuaciones, con diálogos interrumpidos, diálogos dentro de diálogos, abusando de larguísimas enumeraciones que nos esperan junto a un lenguaje directo y brutal y sometiendo la narración a unos moldes llenos de excesos, muestra la realidad atroz, errabunda, deshumanizada y dura de tantos personajes que invaden sus páginas, ya sea de manera individualizada ya como masa, chusma, coral desoladora.

Y todo ello con una fuerte presencia de la literatura y de la música. No tengo la menor idea de si Tranvía 83 tiene ritmo de jazz, como afirman, pero sí puedo afirmar que su presencia es continua a lo largo de sus páginas. De hecho, Mwanza Mujila enfatiza la importancia que tiene esta música para los habituales del bar: “la chusma del Tranvía 83 no tiene otra herramienta que el jazz para cambiar de clase social como quien cambia de metro”.

Una dueto de amor-odio

La pareja protagonista es a la vez una pareja antagónica y complementaria. Sobre el reencuentro de los dos amigos, Lucien y Réquiem, gira gran parte de la trama. Si Lucien es el escritor, que llega tras su huida por persecución política, idealista y lleno de ingenuidad, intenta encontrar su sitio en un mundo que da la espalda a los intelectuales. Réquiem es el vámpiro aprovechado, que no duda en internarse más y más en el lodo en donde se encuentra más cómodo, es al menos un chantajista y un traficante. El ying y el yang, el bien y el mal. Literatura versus violencia. No en vano, “la felicidad es un sueño violento” (pág. 182).

Al igual que con el resto de personajes que aparecen en Tranvía 83, Mwanza Mujila no muestra ni preferencias ni intentos de justificación. Ellos y ellas aparecen y se mueven sin límites de ningún tipo. A veces con diálogos absurdos, otras veces extrañamente cómicos, los seres de este mundo que no funciona son mostrados tal cual, sin trampa ni cartón.

Cómo hablar de lo que importa

Estoy casi segura de que si Tranvía 83 hubiera llegado a mis manos siendo una lectora no consumidora de estas letras, no me hubiera resultado extraño que se la comparara con la narrativa de Burroughs, Celine o Thompson. Sin embargo, no es el caso. Soy lectora habitual de literaturas africanas y ávida receptora de artículos de opinión, revistas… por lo que me ha resultado limitado que los nombres con los que se compara a Fiston Mwanza Mujila sean norteamericanos/europeos. Pero no puedo pecar de ingenua y comprendo que si le hubieran buscado semejanzas con otros escritores africanos (Sami Tchak, Sony Labou Tansi, Alain Mabanckou y su Vaso roto… por ejemplo) la inmensa mayoría de lectores no los hubiera identificado (aunque dejo caer que hubiera podido ser una apuesta interesante y una manera de abrir brecha).

Porque en este libro la literatura tiene mucha importancia.

En varios momentos de la novela, Mwanza Mujila aprovecha para abrir el debate sobre la ya manida polémica entre lo que es/no literatura africana, debe/no escribir el escritor africano… Da la impresión de que el congoleño ha dotado a su obra de un ritmo trepidante, oscuro, marginal, una inmersión profunda en grandes erosiones sufridas en el continente africano que bajo el prisma de un envoltorio diferente permiten mostrar las tremendas cargas de explotación y esclavitud que se ciernen sobre aquella tierra. Esta postura se ve cuando el editor le reclama a Lucien “otra literatura africana” al decirle que hay que mostrar que “aquí vivimos, follamos, somos felices…” Así, Tranvía 83 no elude esquivar vértices que muchos consideran ya como “lugares comunes de la literatura africana” (madres solteras condenadas a prostituirse y niñas que se venden para poder comer, entre muchos otros: “La infancia de cero a dos años. La pubertad, de ocho a doce. A partir de los quince se comienza a rumiar el testamento”. pág.81).

Pero Mwanza Mujila va más allá, y además de hacer caso omiso de los detractores que consideran que estos temas son los que fomentan estereotipos, escribe que “Lucien se negaba a colocar a sus personajes en un contexto colombiano” (¿posible alusión a Sami Tchak?), volviendo a subrayar la necesidad de que los africanos muestren sus realidades en sus propios países, sin disfrazar nada.

En este sentido cabe destacar que si bien desde el mundo occidental se ha comparado a Tranvía 83 con los autores mencionados y alguno más como Fante o Fitzgerald, la crítica africana ha llegado a acusar al escritor  de “misógino” y de escribir “poverty porn”.

Puestos a buscar referencias a mi me ha recordado a la atmósfera del cuadro del keniano Joseph Bertiers “Kenya’s Craziest Bar”. Ambiente enloquecido, contaminado y lisérgico, desde una novela que trata de mostrar lo necesario que es la literatura para tratar de entender y mostrar lo que se vive. Por muy duro, que lo es, por muy injusto, que lo es, “La literatura puede reestablecer la verdad”.

Tranvía 83 (Tram 83, 2014). Fiston Mwanza Mujila. Pepitas de Calabaza, 2017. Traducción del francés de Rubén Martín Giráldez. También en catalán, ediciones Periscopi.

5 comentarios Escribe un comentario
  1. salusmartin #

    ¿En qué idioma escribe Fiston Mwanza Mujila?

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    10 diciembre, 2017
  2. salusmartin #

    Gracias por la información.

    Me gusta

    10 diciembre, 2017
  3. Alberto Mrteh #

    Hace tiempo que no leía una reseña que me despertara tanto las ganas de leer un libro. ¡Este no se me escapa!
    Alberto Mrteh (El zoco del escriba)

    Me gusta

    11 diciembre, 2017

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