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Esbozo de Maryse Condé, la escritora insumisa

La concesión del “Premio Nobel alternativo de literatura” el año pasado a la escritora antillana, guadalupeña, Maryse Condé, a sus 81 años, la ha traído, de nuevo, a primer plano. Durante estos meses, muchas han sido las notas y las semblanzas que han aparecido sobre la autora en diversos medios de comunicación y en publicaciones en red.

Entre ellas, las que  nos hablan de una de sus facetas más notorias, la de ser una mujer viajera en extremo, “sin domicilio fijo”.  Destacando dos paradas entre todas ellas; la de su origen, entre su mundo caribeño y la metrópoli francesa, y la de África a donde llegó en búsqueda de sus orígenes (lo que la llevó a afirmar: “el orgullo de ser negra, el orgullo de ser mujer, el orgullo de ser lo que soy, ha sido África quien me lo ha aportado”).

Otras notas, en cambio, resaltan su activismo (preside el Comité para la memoria de la esclavitud, creado en enero 2004 para la aplicación de la Ley Taubira que reconoció en 2001 la trata y la esclavitud como crímenes  contra la humanidad) o informan sobre cuestiones más personales. Entre ellas que le gusta cocinar hasta el punto de que ha publicado una biografía culinaria o que padece  una enfermedad degenerativa que la obligó a cesar en su nomadismo.

La identidad afro-caribeña

Condé nació en el seno de una familia burguesa antillana. Allí creció con la convicción de que no se diferenciaba en nada de una francesa: “vivíamos en un medio exclusivamente blanco y francés, cosa que me parecía normal. Yo no hacía preguntas. Es cierto que cuando me miraba al espejo veía que era negra, pero para mí el color era irrelevante. Me sentía exactamente igual a la gente que me rodeaba, es decir, franceses y blancos”.

Explicaba, en el primer volumen de sus memorias, La Vie sans fards (2012), que “debido a mi educación colonial y burguesa, durante mucho tiempo creí que los negros eran nativos de las islas del Caribe. A los veinte años, al descubrir el Discurso sobre el colonialismo de Aimé Césaire , me di cuenta de que la presencia de negros en el continente americano era el resultado de un proceso histórico”.

“En 1848 cuando abolieron la esclavitud en Guadalupe y Martinica, se dijo a los esclavos ‘olviden su pasado e imiten a sus dueños’. Entonces para emplear un término moderno, no ha habido revolución cultural, se les pidió actuar como los que les sometieron”-explica para RFI– “Mi deseo, en mi vida, de manera modesta, sin gran elocuencia, es realizar a mi nivel la revolución cultural que no ocurrió a nivel colectivo”.

Cuestión de cultura, no de color de piel

La escritora se ha casado en dos ocasiones. Después de contraer matrimonio con Mamadou Condé, un actor guineano, en 1959, se mudó a África, donde durante 12 años, en lo que fue el período más difícil de su vida, vivió y enseñó en Costa de Marfil, Guinea, Ghana y Senegal. Con él tuvo cuatro hijos, pero el matrimonio fracasó. “Al principio pensaba que la gente de color tenía una cultura común diferente de la de los franceses. Me parecía que todos los negros estaban vinculados por una comunidad de origen y de historia”- explica en una entrevista-“En África, en unos pocos meses, me sentí terriblemente aislada. Ni siquiera lograba comunicarme con mi primer marido, que era de Guinea. Hice entonces un segundo descubrimiento: la raza no es el factor esencial, lo importante es la cultura”.

Su segundo, y último, matrimonio fue con Richard Philcox, blanco y británico. Vivía entonces inmersa en un gran activismo político y creía inconcebible dicha unión, pero ella misma confiesa que “Me di cuenta de que un blanco tenía más en común conmigo que mi primer cónyuge, mucho más que la mayoría de la gente que conocía. Es una cuestión de entendimiento, de amor”.

En búsqueda de la propia voz

Aunque escribe desde niña, comenzó su trayectoria literaria pasados los cuarenta con Heremakhonon (1976), que no obtuvo buenas críticas, hasta completar los más de treinta títulos que completan su bibliografía.

Toda ella está escrita en francés y ha sido traducida a castellano en tres ocasiones: con la saga maliense  Segu, con Yo, Tituba, la bruja negra de Salem y con La colonia del nuevo mundo. En 2019, la lista se amplía con Corazón que ríe, corazón que llora (Impedimenta) y se espera la aparición de Célanire cuellocortado (Ménades, proyecto de Verkami) y Desirada también con Impedimenta.

A través de sus letras emerge, según sus críticos, una escritora inconformista, que rechaza lo convencional y que “ha dedicado su obra a difundir la historia y la cultura africana en el Caribe, y en su prosa muestra su compromiso sobre asuntos de raza, género e injusticias sociales”.

Afirma la poetisa Martha Asunción Alonso, gran conocedora de su vida y obra y su traductora en Corazón que ríe, corazón que llora, que “En su inconfundible universo narrativo, abundan las mujeres nómadas, maltratadas por los ciclones de la vida, que se doblan sin llegar nunca a romperse del todo. Resilientes como el junco. `Mujeres-junco´”.

Ella huye de etiquetas o de finalidades pedagógicas o moralizantes en su obra, escribe, afirma para entender el mundo y a partir de ahí quizás conseguir que otros consigan entenderlo mejor. Se retuerce cuando se le pregunta si se siente una `auténtica escritora caribeña´: “No soporto la palabra auténtico. Aquí estoy yo, Maryse Condé, que he nacido en Guadalupe, he vivido en Africa y en París, y ahora en Nueva York (…) Cuando escribes, das tu versión de la realidad. Nunca me siento obligada a justificarme ante el público. Si creen que no soy una verdadera autora caribeña, allá ellos, pero yo estoy convencida de que tengo pleno derecho a hablar de Guadalupe y de que soy una escritora genuina y totalmente guadalupeña”.

Estamos hablando de una mujer que, cuando le preguntaron cómo definía su escritura, respondió: “Escribo en Maryse Condé, esa es mi lengua, la suma de todo lo que soy y de los mundos que me hicieron así”.

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