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100 años: Nelson Mandela en los libros

Muchas son las veces que el gran líder sudafricano aparece citado en numerosas obras. Su influencia y su carisma aparecen de manera continua en múltiples libros. Pero también el intento por analizar su figura icónica, su alcance y sus límites desde otros prismas, así como su tránsito de ser considerado un terrorista a “uno de los nuestros”. “El mismo Mandela fue consciente de los peligros de su idealización cuando expresó que una de sus principales preocupaciones en prisión era la ‘falsa imagen’ que involuntariamente proyectaba al mundo exterior: «Ser considerado como un santo que nunca fui, incluso si se define a un santo como un pecador que sigue intentándolo»”, tal y como recoge Matías Zibeli en un artículo.

Es cierto, además, que a Mandela muchos le han convertido en un producto de marketing y que no deja de surgir la rapiña y el oportunismo alrededor de él (el año pasado, sin ir más lejos, Graça Machel, pidió que se retirara un libro “que consideraba un asalto a la confianza y dignidad de su marido”). Alguien podría, incluso, acusarme a mi, en cierto modo, de esto último al publicar este texto; hoy precisamente: 18 de julio, pero lo asumo. Para mi es un homenaje y lo cierto es que no he encontrado otro momento mejor para hacerlo. Espero que, a cambio, sirva para acercar, a través de alguno de estos libros, ante todo a un enorme ser humano que luchó incansable siempre fiel a sus valores. Un auténtico revolucionario. Un héroe moral.

Quizás una de las mejores maneras de acercarse a su figura se encuentra entre las páginas de su libro autobiográfico El largo camino hacia la libertad (Ediciones El País, /Aguilar, 1995) el cual se abre con su infancia y en el que el líder sudafricano recorre  las luchas que lo transformaron en el representante de los excluidos de Sudáfrica. Habla de sus compañeros, de la evolución de su pensamiento, pero también nos acerca sus facetas más desconocidas. Por su páginas asoma un Mandela coqueto;  “Mi padre era un hombre alto, de piel oscura  y porte erguido y majestuoso que me gusta pensar que he heredado”. Un Mandela enamorado; “No sé decir con seguridad si existe el amor a primera vista, pero sí sé que en el momento en que vi por primera vez a Winnie Nonzamo supe que quería casarme con ella”. Y un Mandela apasionado de la música africana; “La extraña belleza de la música africana radica en que es capaz de levantar el ánimo aunque cuente una historia triste. Se puede ser pobre, vivir en una inmunda choza y haber perdido el trabajo, pero la música le da a uno esperanza. La música africana trata, a menudo, de las aspiraciones del pueblo, y es capaz de avivar la resolución política de aquellos que, sin ella, podrían mostrarse indiferentes”.

Junto a este libro podemos encontrar otros también escritos de su puño y letra: Un ideal por el cual vivo (Txalaparta, 2005) en el cual se recogen “los mejores discursos y artículos de su carrera política”. Al igual que Conversaciones conmigo mismo (Planeta, 2010) una “recopilación de cartas, diarios y borradores”.

Han sido también muchos los que han querido escribir sobre este hombre excepcional. Destaca El factor humano de Jhon Carlin (Seix Barral, 2010) que fue llevada al cine bajo el título Invictus con el gran Morgan Freeman como Mandela y dirigida por Clint Eastwood. En 1995 Sudáfrica acogía por primera vez la Copa de Mundo de Rugby, la final se jugaba entre Nueva Zelanda y Sudáfrica, la victoria en el último momento del anfitrión hizo que blancos y negros celebraran la victoria entre abrazos. Mandela había hecho del rugby “el factor humano” que necesitaba para intentar la reconciliación y la unión.

En 2007 el colectivo Umlando Wezithombe junto con la Fundación Nelson Mandela publicó Nelson Mandela. El cómic autorizado (Escalera, 2012) basado en su autobiografía. El prólogo del cómic, en palabras de David Fernández de Arriba está “extraído de un discurso del propio Mandela en 2007, explica con gran acierto las bondades del cómic, que considera la mejor manera de atraer a un público joven al legado de su vida”.

En la recopilación de Mis cuentos africanos (Siruela, 2007) Mandela fue el que escogió, pero no escribió como algunos pueden llegar a pensar, los 32 relatos, originarios de varios países como Tanzania, Zimbabwe, Namibia o Kenia, entre otros, aunque predominan los del sur del continente, aproximadamente 14 de ellos provienen del país de origen del mandatario. En la introducción, las palabras de Mandela, quien siempre puso mucho énfasis en la importancia de la educación (y los cuentos además de diversión son un vehículo educacional individual y colectivo de grandes dimensiones), desean a todos los niños de África “que nunca pierdan la capacidad de ampliar sus horizontes del mundo con la magia de los relatos”.

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Las últimas novedades sobre Mandela en castellano

Entre los libros más recientes está Cartas desde la prisión (Malpaso, 2018) que recoge las 255 cartas que Mandela  escribió durante su cautiverio en Robben Island (donde fue el preso 466 64 durante dieciocho de sus veintisiete años de presidio) “a las autoridades penitenciarias, a sus compañeros de lucha, a familiares o amigos, a su mujer y a sus hijos. En ellas reclama derechos a funcionarios inclementes; insta a proseguir el combate; recuerda momentos felices; muestra cariño, dolor o añoranza; elogia y anima, consuela y aconseja… “

Nelson Mandela, un jugador de damas en Robben Island (San Pablo, 2018) está escrito por el periodista Javier Fariñas Martín. La obra, que cuenta con un prólogo de Xavier Aldekoa y un epílogo de Carolina Valdehíta, es un amplio recorrido biográfico de Nelson Mandela.

“La historia personal de Nelson Mandela –dice Javier Fariñas en la introducción– no deja de ser la historia colectiva de un pueblo que necesitó casi medio siglo para zafarse de una de las mayores inmoralidades, injusticias y desigualdades generadas por el hombre en los últimos siglos: un sistema que separaba, discriminada y acosaba o agasajaba a los individuos tan solo por el color de su piel. Los blancos a un lado. El resto a otro. Mandela (…) nunca hubiera podido estar solo ante un peligro institucionalizado irracional y sólidamente arraigado en Sudáfrica desde 1948. Mandela necesitó a todos los demás, a los personajes secundarios de esta gran película de su vida que hemos de leer, obligatoriamente, a través de la existencia de otros. (…). De ahí que cada capítulo lleve el título de alguien que ayudó a Mandela a ser como fue, a convertirse en un árbol más –aunque fuera uno de los más robustos– del bosque que era la Sudáfrica del apartheid”.

Por último, Nelson Mandela. El camino a la libertad (Anaya, 2018) de Antonio Lozano que presentó en marzo en Agüimes. Se trata de una biografía novelada que en principio está orientada a jóvenes a partir de 14 años sobre la que es ocioso recalcar que es una obra sin fronteras lectoras de ningún tipo. De hecho en palabras del propio escritor “está escrito para adultos”.

Se trata de un texto muy bien documentado, centrado sobre todo en su infancia, que llenará de sorpresas a aquellos que piensan que lo conocen todo sobre este hombre, y que parte de las preguntas que no le hizo a Mandela un biznieto suyo (es tradición conocer la historia familiar a través de las preguntas). Del que fue un hombreextraordinario, con sus claroscuros, Lozano destaca su “capacidad de liderazgo, pero sobre todo de reconciliación, de perdón”.

Nelson Mandela fue amigo de Chinua Achebe, a quien admiraba profundamente, y cuyos libros leyó en prisión, hasta el punto de que afirmó en una ocasión: “Es el escritor en cuya compañía cayeron las paredes de la cárcel”.

Sin duda, la lectura le ayudó a sobrellevar su estancia en la frialdad de su celda.De hecho, durante aquellos largos años recitó sin cesar éste que viene a continuación y que fue su poema favorito, aquel que le continuó dando fuerzas para no rendirse y mantenerse.

Invictus (desconozco la autoría de la traducción) fue escrito por William Ernest Henley en 1875.

Más allá de la noche que me cubre
negra como el abismo insondable,
doy gracias a los dioses que pudieran existir
por mi alma invicta.
En las azarosas garras de las circunstancias
nunca me he lamentado ni he pestañeado.
Sometido a los golpes del destino
mi cabeza está ensangrentada, pero erguida.
Más allá de este lugar de cólera y lágrimas
donde yace el Horror de la Sombra,
la amenaza de los años
me encuentra, y me encontrará, sin miedo.
No importa cuán estrecho sea el portal,
cuán cargada de castigos la sentencia,
soy el amo de mi destino:
soy el capitán de mi alma.

 

Relatos agridulces de africanos en Madrid

El autor palmero Nicolás Melini ficciona vidas de desarraigo, precariedad y esperanza

Colabora: Ángeles Jurado

Lavapiés y sus manteros de moda de nuevo, los controles racistas y la precariedad de muchos inmigrantes africanos que conviven con nosotros se sitúan en el centro de Africanos en Madrid, el libro de relatos cortos de Nicolás Melini publicado por la editorial Reino de Cordelia el año pasado. Melini se cuela en un piso de Carabanchel con ellos, describe fiestas y comidas, glosa la pasión por la literatura clásica española de muchos vecinos africanos, desentraña conflictos laborales y sentimentales, denuncia la mutilación genital femenina y el desarraigo y reserva un espacio para la intelectualidad africana, presente a través de la semblanza de la figura del hispanista senegalés El Hadji Amadou Ndoye, enamorado de plumas como las de Luis León Barreto o Víctor Ramírez.

Nicolás Melini (La Palma, 1969) es escritor, guionista, realizador y editor. Ha publicado novelas como El futbolista asesino y La sangre, la luz, el violoncelo, libros de cuentos como Pulsión del amigo y de poemas como Cuadros de Hopper. También es cortometrajista y ha realizado Mirar es un pecadoHijo y Bucarest 2005. Colabora en diversos medios haciendo política, crítica de cine y literaria.

Esta primavera presentó su libro, tras un año de recorrido editorial, en Casa África. Acompañado por Jerónimo Saavedra y el periodista y escritor Santiago Gil, aprovechó para recordar la actualidad del fenómeno migratorio, el racismo y la necesidad de construir convivencia y cultura. 

Pregunta: ¿Cómo ha cambiado su mirada sobre Africanos en Madrid tras las vicisitudes personales y creativas que ha vivido desde que lo publicó? ¿Qué mensaje quiere que quede de estas historias a estas alturas?

Respuesta: Los libros, cuando se publican, siempre te ofrecen algo de vuelta a través de algunos de sus lectores. A veces no es mucho, pero otras esto puede incluso cambiar tu percepción de lo que has hecho, o añadirle matices que no habías contemplado. En el caso de Africanos en Madrid me han resultado especialmente gratificantes las expresiones de asombro —“¡No tenía ni idea!”— de algunos lectores. Podía intuirse que esto sucediera. Al fin y al cabo escogí contar una realidad que se encuentra entre nosotros y sin embargo no se conoce. En ese “¡No tenía ni idea!” va implícita la aceptación de esa realidad. No sabía y ahora sé. Y eso está muy bien. Qué más se le puede pedir a un libro. Me gustaría que quedase la sensación de que se trata de una realidad normal: la normalidad de los africanos en Madrid. Y me gustaría que, a partir de estas piezas sueltas, el lector haya conseguido imaginar cómo es todo lo demás de los africanos en Madrid.

Hay que cuestionarse las cosas y tratar de conocer de primera mano cuál es la realidad, que nadie te la cuente

P: La imagen de los africanos en España, en los medios al menos, se ciñe a la de la inmigración. No parece posible que se les consulte otro tipo de temas o cuestiones que no sean las relacionadas con su propio continente y con la inmigración ¿Cómo liberarnos de ese yugo?

R: Es un sesgo que hay que evitar, porque las personas somos algo más complejo e interesante que “emigrantes” o “nacionales”. Es un sesgo periodístico, de sección de actualidad, como quien dice en la prensa “Sanidad”, por ejemplo. Al final se trata de un cúmulo de datos y posicionamientos. A eso hay que sumarle la manipulación informativa que, en el caso de los inmigrantes —y más aún en el caso de los inmigrantes africanos— puede ser muy obscena porque son personas que, al fin y al cabo, en principio, a su llegada, no votan. El no ser votantes —ciudadanos libres con todos sus derechos—, propicia que se pueda montar una verdad a la medida de los consumidores de información. Se dice lo que sectores de la sociedad quieren oír. Preguntas que cómo nos podemos liberar: nos podemos liberar siendo independientes. Pero nadie lo es. Básicamente, hay que cuestionarse las cosas y tratar de conocer de primera mano cuál es la realidad, que nadie te la cuente.

P: ¿Qué tipo de historias crees que habría que contar más en los medios sobre ellos?

Tendemos a ver un problema en todo lo que tiene que ver con la emigración

R: En Africanos en Madrid hay una pieza, Sinaangas, que escribí por encargo para una antología sobre el tema en la que participaron muchas firmas españolas e hispanoamericanas, Inmenso estrecho (Kailas). Al afrontar el encargo, pensé que todos escribirían sobre la “emigración como problema”. Tendemos a ver un problema en todo lo que tiene que ver con la emigración. Incluso en el caso de los mejor intencionados, de los más condescendientes, la emigración es al menos un problema para el emigrante. En aquella ocasión me propuse escribir una breve historia sobre inmigrantes subsaharianos, tal como yo lo había vivido, en la que no hubiese problema alguno. Creo que hay muchas perspectivas posibles y sin duda necesarias y útiles para comprender el tema de la emigración, pero la de contar sus historias sin el sesgo de la denuncia política, sin el sesgo de victimización del inmigrante, es una de la más interesantes.

P: Las revueltas en Lavapiés, los controles raciales y los CIEs, las vallas, el auge de la extrema derecha y del populismo xenófobo, … ¿qué esperanza te queda para tu hija en el siglo XXI y Madrid?

R: No temo. No tengo temores específicos en relación con el futuro de mi hija. Cualquier previsión que yo intentara sería barrida por su realidad oportunamente.

P: Y como escritor y editor, persona enamorada de la lengua y de figuras como Amadou Ndoye, ¿qué puentes crees que tenemos que tender con África desde la cultura y la literatura?

El puente que hay que tender es el del viaje. Todo eso se cura viajando. Yendo a África en la medida de lo posible

R: Hace ya unos años que empezamos, poco a poco, a volvernos hacia África. Cada vez hay más gente que mira hacia allí. Cada vez hay más gente que viaja a alguno de los países africanos. Lo que nos ha apartado de África, hasta ahora, no ha sido el racismo, sino la aporofobia, el miedo a la pobreza, en un tiempo en que aquí no queríamos más que dejarla atrás. Uno de los grandes temas literarios universales es la desigualdad. Donde hay desigualdad, el drama se desata. Cervantes habló, a través de sus personajes, de las desigualdades de su tiempo. Hoy, la frontera con África constituye un gran espacio para el desarrollo de historias que contar mediante la literatura. El puente que hay que tender es el del viaje. Todo eso se cura viajando. Yendo a África en la medida de lo posible. Y la literatura nos hace viajar, ir y volver en el espacio de unas páginas. También, hay que tener en cuenta que “el centro” es muy endogámico y puede acabar siendo muy poco edificante, un aburrimiento. Cada vez habrá más gente que se canse de leer las mismas cosas sobre personajes supuestamente como ellos y habrán de mirar y aventurarse, tanto lectores como creadores, un poco más allá. Además, Europa está estancada demográficamente. Y África creciendo demográficamente de manera espectacular. En adelante será inevitable que hablemos cada vez más del continente africano. Nos hacen falta. Cada vez nos van a hacer más falta.

Mis padres susurran. Un relato de Nicolás Melini. África no es un país.

Africanos en Madrid. Nicolás Melini. Reino de Cordelia, 2017. Primeras páginas en pdf.

Desde Soweto llegan cantando

El 16 de junio de 1975, los escolares de Soweto salieron a la calle a manifestarse contra las nuevas políticas educativas impuestas por el Gobierno sudafricano. Ya estaban discriminados respecto a sus compañeros blancos al no poder llegar a las universidades y tener un sistema de enseñanza inferior en calidad y contenidos. Pero esta vez, se les imponía el afrikáner, al mismo nivel que inglés. Este idioma era el mayoritario entre la minoría blanca que controlaba la política y la economía del país. Los estudiantes negros se opusieron a él con el argumento de que aunque lo aprendiesen seguirían siendo igual de discriminados que sin él. Ellos querían estudiar en su lengua e inglés. Leer Más

De vez en cuando se necesitan juegos nuevos

Todos tenemos frases, pasajes o imágenes que a pesar de estar compuestos de letras se enquistan y permanecen. Por eso, a veces, sueño con machetes. Jamás he visto uno en la vida real pero en mi mundo onírico se perfilan brillantes y certeros. Desconozco de dónde viene esta recurrencia, lo achaco a ese trasvase que algún día debí realizar entre ficción-realidad, algo relacionado con mis propios límites y miedos… tal vez nunca lo llegue a saber. Pero ahí están, no puedo negarlos. Así, cuando mis ojos se posan en alguna página de un libro en el que se les menciona, aunque sea de pasada, ese poso de memoria reverbera y me impide continuar. Leer Más

Tiempo de renovar brújulas, encuentra tu libro

Recién estrenado el verano nos acucian las ganas, nunca sofocadas, de viajar. Son muchas las novedades que se están editando este año, tanto de ensayo como de poesía y narrativa, a la que he hecho protagonista en esta entrada. Llenar la maleta nunca fue tan fácil. Leer Más

El día en el que ficción y realidad se encontraron

Los nombres. Nómbrame… qué tristeza cuando alguien confunde tu nombre y te llama con otro. Más horror aun cuando nadie tiene interés en conocerlo.

Si no te nombro, no existes. Por eso preferimos las masas anónimas. Todo para que nosotros podamos movernos con más soltura entre “los otros”, para poder evitar tener que mirarles a los ojos y llamarles. Para impedir que nos acerquemos, nos aproximemos, escuchemos sus historias, comencemos a caminar a su lado… les nombremos y empiecen a existir.

No es esto. Lo sé. Pero no sé cómo empezar. Porque pasan cosas todos los días.

Y esas cosas revuelven, algunas más que otras.

Aunque a veces ves una salida para poder comenzar a tirar del hilo. Esta vez es el nombre de un muchacho.

Se llama Suleimán.

El escritor Antonio Lozano estuvo en Madrid el fin de semana pasado. Presentó su último libro el viernes en la librería “Traficantes de sueños”. Una obra sobre Mandela de quien este próximo 18 de julio recordaremos que hace 100 años nació un ser extraordinario. Pero también traía la escenificación de Me llamo Suleimán.

Antes que una obra de teatro, fue una novela. Y mucho antes fue una realidad que el escritor quiso ficcionar. Muchas historias en una porque es imposible no poblarse de miles de voces cuando se cuenta una como la que contiene el libro, como la que se representó durante tres días ante nosotros. Hasta ser otra diferente, y al mismo tiempo la misma, de la mano creativa de Mario Vega.

Me llamo Suleimán nos habla del viaje que emprende un muchacho de apenas doce años junto con dos amigos desde Bandiágara (Malí) hasta Europa. La palabra escrita toma otra forma en la voz de la actriz Marta Viera quien durante una hora, en un monólogo y con una interpretación impactante, nos va llevando por las diferentes etapas del viaje del muchacho y sus amigos mientras la sala se llena de recuerdos de lo que dejó atrás, la tierra, la madre añorada, y se inunda con las dolorosas situaciones que se ve obligado a afrontar: el camión y el desierto, la temible valla y la posterior expulsión, la insegura embarcación y la llegada, la totalizadora soledad y las apelaciones a un Dios desaparecido, el principio y el final … “solo éramos unos niños, ¿Cómo pudimos soportar aquello?” pregunta en el libro Suleimán.

La obra, además, se representó en Malí este mismo año. En el país del que es originario el narrador protagonista.

“Mi principal preocupación- afirma Lozano- era la reacción del público a una historia, protagonizada por uno de los suyos, ideada para ser contada a la sociedad a la que llegan los emigrantes, y no a aquella de la que salen. Pero nada más terminar la obra todos los presentes prorrumpieron en aplausos, se acercaron a nosotros con lágrimas en los ojos para felicitarnos, o para contarnos historias semejantes que habían vivido amigos o familiares. Me llamo Suleimán nos ha dado muchas alegrías, nos ha despertado muchas emociones. Pero entre todas las funciones realizadas, y van más de ciento cincuenta, la de Bamako fue sin duda la que más profundamente nos llegó al corazón”.

Se mezclan las voces en el escenario. Ahora se escucha la del Suleimán de papel, ahora la que surge de la interpretación de Marta Viera que se nos mete hasta los tuétanos acompañada de la música de Salif Keita. Vemos a través de la escritura de Antonio, a través de las palabras de Marta, la vida de ese muchacho. La escenografía rompedora nos ayuda a no perder un detalle. “Los muros que cercan Europa crecen más y más. Igual que nuestra hambre”, escribe Antonio y esto se vive en escena. De pronto ahí está la valla. Parece un monstruo de alambre por el que los muchachos trepan.

Suenan disparos. La valla se va tiñiendo de rojo. Idrissa, uno de sus amigos, ha sido alcanzado y se desangra.

Entonces se oye un llanto. Podría ser el grito de Suleimán ante la pérdida de su amigo a quien tiene entre los brazos. Pero la vista, por un momento, se aparta del escenario. No es allí, está ocurriendo en la fila de butacas. Desde la oscuridad de la sala, la congoja es titánica, un dolor y una tristeza que nos atrapa a todos los presentes. Alguien, entre el público, no ha soportado la escena. Como si fuera un volcán de horrores el llanto de ese hombre nos espanta y nos paraliza. La realidad y la ficción se han dado la mano otra vez.

Desconozco quién era, si lo que vio le recordó algo vivido por él o por alguien muy cercano dada la intensidad de su llanto, o si no pudo soportar tanta injusticia y tanta inhumanidad representada ni siquiera en escena. Pero logró que nos retorciéramos de nuevo ante la constatación de la crueldad de lo que se estaba representando. No conozco su nombre, no puedo nombrarle. Tampoco olvidarle.

Uno de los mayores elogios que se pueden decir de cualquier obra de arte, creo, es que nos ha traspasado. Y eso es lo que ocurre con Me llamo Suleimán, tanto con la novela, que etiquetada como novela juvenil atrapa a cualquier edad (sin duda otro mérito añadido) como con la obra de teatro.

“Quizás algún día nos volvamos a ver”, se despide de nosotros, con su voz inconfundible, también Suleimán.

Nunca se sabe.

Mujer y negra busca incansable: Ken Bugul

Ken Bugul y Antonio Lozano en la Feria del libro de Las Palmas. Foto: Daniel Herrera

Dentro de las actividades programadas de la Feria del Libro de Las Palmas (Gran Canarias), pudimos disfrutar el pasado 2 de junio de la presencia de la escritora senegalesa Ken Bugul. Presentaba la reedición de su primera novela Le Baobab Fou (1982) traducida para esta ocasión por Antonio Lozano bajo el título El baobab loco (Baile del Sol y Casa África)

Alba Rodríguez García, una de las personas que mejor conoce la obra de Ken Bugul, resumía en este artículo   las intenciones y las razones que llevaron a la escritora a volcar en él su propia experiencia vital: “Le baobab fou surge de la necesidad imperiosa de contarle y explicarle a su madre la sensación de abandono y soledad que sintió cuando, con cinco años, se separó de ella”. La propia editorial, dado el carácter “autobiográfico y comprometido de la obra“, le propuso que se publicara bajo seudónimo. La novela es fruto de una escritura híbrida, “que cuenta la larga lucha de Ken Bugul por superar su alienación”.

En la Feria del Libro de Las Palmas, la charla fue breve pero en ella desgranó su pasado bajo una mirada intensa y a la vez llena de vitalidad. En la dedicatoria de su libro lo dejaba claro: es la historia de una mujer joven a la búsqueda de si misma.

A continuación os dejo algunas de mis impresiones.

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Stone Town más allá de la postal turística

Stone Town. Foto: Lola Hierro, 2015

“Stone Town se tiene que oler. Diría al viajero que olfatee a su alrededor. Que busque el aroma de la canela y el clavo, aunque no es fácil porque todo huele a esas especias. Que por algo la isla las cultiva a mansalva. El olor de la fruta de las huertas vecinas es penetrante, pero no tanto como el del pescado expuesto al sol. Que pruebe los lichis que vende un anciano en los escalones de un pórtico mucho más viejo que él, al lado de un hotel de lujo. Que busque el olor del pan recién horneado. Que lo siga hasta que llegue a alguna de estas tienditas cochambrosas. Que no tenga miedo y entre. Y pida.”  Leer Más

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