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Entradas de la Categoría ‘Chukri, Mohamed’

Tanta locura les ha vuelto cuerdos

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Joseph Bertiers (Kenia, 1963) “Kenya´s Craziest Bar”, 2006

Publicado originalmente en África no es un país.  09/03/2016

¿Existen las coincidencias?

Sobre mi mesa en este momento hay dos libros de reciente publicación que llevan la palabra “loco” en su portada. Uno es de un marroquí, el otro de un argelino. No tienen nada que ver el uno con el otro, aluden a dos tipos diferentes de locura (veremos), excepto que ambos provienen del norte de África. Pero no solo, pienso, así que reflexiono y recuerdo.

El enterrador compasivo y otros sueños-B. Bandele. Ed.El CobreEl primer libro del continente que leí y que rondaba alrededor de la locura fue El enterrador compulsivo y otros cuentos (El Cobre, 2006), del después director de cine (Medio sol amarillo), el nigeriano Biyi Bandele Thomas. En aquel libro, el narrador indagaba sobre las razones que habían llevado a su hermano Rayo a tal abismo. Se trataba de una inteligencia privilegiada, un empeño en intentar cambiar la realidad y una lucha desigual (siempre lo es) contra el devastador régimen instaurado en Nigeria. Hay una frase, que pronuncia el narrador, que me llamó de manera especial la atención: “Esta cordura me está volviendo loco”. La lucidez ante la sinrazón, el ser tan consciente, sensible y humano, ante la barbarie y la imposición, después de haber intentado derrocar la violencia, aislar la corrupción, poner coto a los miserables, en un entorno social malvado y terrorífico.

La locura.

Para leer el resto del artículo mapa-africa

La vida soportada de Mohamed Chukri

Mohamed Chukri en su apartamento, Tánger febrero 2003 ©Luis Vega

Publicado originalmente en África no es un país.  24/12/2014

Mohamed Chukri (1935-2003) fue niño de la calle y analfabeto hasta los veintiuno y logró, gracias a una extraordinaria sensibilidad y una insaciable ferocidad lectora, convertirse en escritor. Le dio igual que ganara o perdiera, se entregó totalmente a la lectura y a la escritura, que se convirtieron en su refugio. Fue la suya una literatura áspera, dura, una literatura a secas, surgida del fango y la podredumbre, como dice Atxaga “desde el interior de la pobreza”, que le llevó a codearse con los intelectuales que llegaban a Tánger al reclamo de aquella ciudad-mito, mentes ajenas y deslumbradas que acudían a aquel paraíso artificial sin que repararan casi nunca en aquellos que allí vivían su día a día: aquellos para los que, como el escritor, la pobreza y la miseria eran sus acompañantes cotidianos.

En cambio Chukri, que vivió entre prostíbulos y bares, siempre los tuvo presentes, “Yo estoy comprometido socialmente” dijo en una ocasión. “Me inclino a defender a las clases marginadas, olvidadas y aplastadas. No soy Espartaco, pero creo que todas las personas tienen una dignidad que tiene que ser respetada. Aunque no hayan tenido oportunidades en la vida”.

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Desnudándose dedicó su escritura a narrar su propia historia, aquella vida soportada, desparramándola en diversos libros que rezuman dolor pero también denuncia. Contó su infancia de niño abofeteado sin una sonrisa para él con los recuerdos del adulto, sabiendo que es difícil llegar a conocer la primera etapa de nuestras vidas porque “al niño ‘niño’ no lo entiende más que otro niño”. Lo contó en la primera entrega de su autobiografía, El pan a secas (reeditada por la editorial Cabaret Voltaire y basada en la edición árabe publicada en el 2000 y revisada por el propio autor). Desde las primeras páginas de esta impresionante novela sabes que no va a haber lectura tranquila, el escritor usa palabras sinceras y directas, rotos gran número de tabúes y miedos, expandiendo su primer recorrido vital en toda su cruda y extrema realidad. El eco de esta obra, traducida a más de cuarenta y ocho idiomas, que le perseguirá para siempre (“Me siento como esos escritores aplastados por la fama de un solo libro”, le llegará a decir a su amigo Javier Valenzuela), resuena en nuestros días sin que, por desgracia, haya perdido un ápice de actualidad.

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En su momento fue censurada por el escándalo que suponía para la sociedad marroquí y tangerina la aparición de un libro que narraba el “yo” con tanta intensidad por lo que, a pesar de estar escrito en 1972, no se publicó en árabe hasta diez años después (se le calificó de autor inmoral y pornográfico y fue amenazado de muerte). Sin embargo, El pan a secas ya era conocido a nivel internacional debido a la traducción al inglés que Paul Bowles había realizado en 1973. Chukri lo traducía en su cabeza del árabe clásico al español y se lo iba dictando a Bowles que lo traducía al inglés.

Eran los duros años del protectorado español en el Rif, cuando el colonialismo trajo consigo la violencia y la miseria. En aquel entorno de hambre, el futuro escritor describe un núcleo familiar horripilante; lo componían un padre bestial, parado, violento y alcohólico, que sometería a palizas constantes a su mujer y a sus hijos y que en un momento de cólera llegaría a estrangular al hermano pequeño de Mohamed, y una madre que le quería, pero sumisa y doblegada. El hambre les llevaba a hurgar en las basuras e incluso a intentar cocinar animales muertos, carroña, y tomaba forma de ese pan a secas que era todo lo que, a veces, podían llevarse a la boca. La huida se presentó como la única alternativa a este niño apaleado física y moralmente y enfrentado a la cruda y dramática realidad que soportan todos a los que han cerrado cualquier otro camino, sin oportunidades de ningún tipo. En la novela, dura, descarnada, nos habla de cómo llegó a prostituirse para sobrevivir, al igual que otro escritor, Jean Genet, a quien también le dedicó otro libro. “Cuando me escapé de casa, yo vivía en los cementerios para no ser violado por los mayores” confesará, y tras las calles, las malditas calles, la suciedad, el sexo, el alcohol, el kif, el contrabando, las peleas a navajazos… aguantar al qahr (extrema penuria) y la violenta lucha interior.

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Chukri, quien encontró en la literatura una forma de redención y lucha, parece que renunció a la escritura en los años setenta y ochenta hasta 1992 fecha en la que apareció Tiempo de errores (Ed.Cabaret Voltaire, 2013), la segunda entrega de su biografía. En ella Chukri tenía veinte años. Fue entonces cuando empezó a acudir a una escuela de Larache a aprender a escribir y leer. Aún así nada le libró de la miseria, de la pobreza y del hambre. Chukri desliza sus días entre vahos etílicos, promiscuidad y ansias de leer. Aparece el ávido consumidor de libros y el exacerbado escritor (lo único que lo salva). En el deambular del adolescente seguimos viendo al niño al que expulsaron a la calle y que vivió allí, a riesgo de todo. Se rodea de borrachos, de violencia y de miseria y de prostitutas, de las que a veces se enamora. También desvela que Chukri será internado en varios hospitales psiquiátricos, en donde exclamará: “Echaba de menos este aislamiento”. Es en este libro sobre todo en el que más escribe sobre su relación con las mujeres, tal y como resalta su amigo Mohamed Becerra en el prólogo; son historias desgraciadas, de amores imposibles. Su mirada, siempre enamorada de Tánger, sigue siendo de las que duele.

Tánger atraviesa de lado a lado toda su narrativa, hasta el punto de que Mohamed Becerra le preguntará en una carta si acaso no ha llegado a cambiar el amor de una mujer por el amor a TángerTánger, la ciudad de sus maravillas, la ciudad-mito, la ciudad idealizada y soñada a la que acudían los intelectuales y escritores americanos y europeos (“Tenía un amigo que opinaba que quien no supiese soñar su vida se viniese a Tánger.”) Todos querían ir a Tánger. Por allí pasaronBurroughs, Jack Kerouac, Gore Vidal, Truman Capote y los Bowles, entre muchos otros. En aquellos días aún conservaba su esplendor y tenía fraguada una fama de ciudad cosmopolita, abierta, tolerante e internacional. Para el escritor Tánger fue una obsesión, incluso cuando, tal y como se rememora en varios de sus libros, había perdido toda su gloria, todo su brillo; cuando la ciudad ya no volvería a ser nunca la misma, el escritor la seguía recordando en todos sus desahogos literarios, “Lo vi marchar y pensé que Tánger hoy en día inspira el suicidio a quien no puede dejarla. Ha perdido todo lo que tenía de legendario y bello.”

Chukri mostró un Tánger real (enseñando otras vidas, otros rostros) alejado del glamour superficial y despreocupado que parecían otorgarle los que llegaban de fuera. William Burroughs, quien se estableció en la ciudad en uno de los peores momentos de su vida (hasta el extremo de que los habitantes de Tánger le conocían como “El Hombre Invisible” aludiendo así al estado de extremo abandono y total aislamiento en el que vivía), decía de ella que era “el santuario de la No Interferencia”. Frente a esa idea mítica, Chukri rompió el punto de vista que unía a la ciudad con el lujo, el glamour o el libertinaje, con aquel mundo “atrayente pero frívolo”. “Tánger, ¿un mito? Cierto es innegable, pero ¿para quién? Tánger ¿un paraíso perdido? Si, porque existen todavía testigos de su antigua prosperidad, pero ¿para quién? ¿El encanto irresistible e indomable de Tánger? No deja de ser cierto, pero, repito ¿para quién?”, preguntaba molesto por la vida que llevaban los que llegaban a la ciudad y se marchaban sin llegar a conocerla. Aquellos que apenas salían de su mundo, no entablaban conversaciones con los tangerinos y sólo utilizaban la ciudad como materia para sus creaciones. El escritor hablaba de la magia tangerina no sin lanzar una crítica al peregrinar de aquellos turistas literarios, “cualquiera puede pasar aquí unas cuantas semanas y escribir un librito” escribiría con amargura, que ahondaban en la imagen de Tánger como destino artístico (sobre todo literario) en el que encontrar la inspiración.

Fueron muchos los escritores que se pasearon por la ciudad, la mayoría de ellos para una estancia corta. Sin embargo, hubo otros que la alargaron; el miembro de la Beat Generation, William Burroughs (1954-1957) y sobre todo Paul Bowles(1947-1999) quien moriría allí. Abrió así una nueva trilogía, la que le dedicó además de al anterior a otros dos escritores famosos a los que frecuentó (Jean Genet y Tennesse Williams).En Paul Bowles, el recluso de Tánger (Ed.Cabaret Voltaire, 2012) Chukri va deslizando por sus páginas una imagen para nada amable del autor de El Cielo protector queacabará con su amistad. Puritano, receloso, racista, poco amigo de sus amigos, tacaño (donde otros decían austero), complicado y retorcido, para el que el sexo siempre iba unido a criminalidad, Bowles seguía alimentando un mito de Tánger que le interesaba a él pero que ya no se correspondía con nada, como si evocara sombras que no se podían tocar. Mientras la gente real sufría, se peleaba con los piojos, pedía unas pocas monedas para sobrevivir, tanto éste como la élite de intelectuales que sobrevolaban la ciudad obtenían todo lo que deseaban.

Jean Genet, en cambio, había tenido una vida más parecida a la suya. Mohamed Chukri coincidió con él por primera vez en 1968 en un Café e inmediatamente quiso conocerlo y se presentó. Así comenzó una relación que trasladó a la escritura y que continuó más allá de 1974, año a partir del cual ya no quiso plasmar más en ningún libro sus conversaciones con él, paró cuando supo que a Jean Genet no le agradaba que siguiera escribiendo sobre él. Con Bowles las cosas acabarían de otra manera.

En Paul Bowles, el recluso de Tánger el tangerino denuncia que, bajo el pretexto de querer hacerle un favor, dando a conocer su obra, Bowles lo explotó; “En aquella época, yo no tenía agente literario, y ni siquiera sabía que existían. Otra desgracia más reservada para el tercer mundo: aprovecharse de su inocencia con el pretexto de dar a conocer a los artistas que, aunque con talento, permanecen ignorados. Como si, en lugar de darles el trato que se merecen, o de conseguir que éste sea más equitativo, se tratara de una obra de caridad”. Tal y como nos recuerda Juan Goytisolo en el prólogo de la edición de Cabaret Voltaire, la labor de intérprete y traductor de Bowles se extiende “a otros autores marroquíes comoDriss Ahmed Cherradi (Una vida llena de agujeros), y a su amigo a todasMohamed Mrabet (Amor por un puñado de pelos)… a los que había que añadir los relatos de Abdelslam Bulaich y Ahmed Yacubi”.

En el caso de Chukri, el nombre del americano apareció como coautor en los libros que escribió el marroquí y además se acordó que cada uno de ellos obtendría el 50% por derechos de autor de una obra escrita por una sola persona. Chukri afirma que “Exceptuando los magros anticipos que recibí a la  hora de firmar el contrato, nunca he cobrado un centavo.” Pero parece ser que Bowles fue aún más allá; Nirvana Tanoukhi  ha comparado el texto en árabe y en inglés aportando ejemplos que quieren mostrar cómo la labor de Bowles no se limitó a la de mero traductor de la obra, omitió pasajes, cambió palabras o situaciones al objeto de darle una apariencia más occidental.

Mohamed Chukri. Fuente Cabaret Voltaire
Finalmente, su tercer texto autobiográfico llegó en 1992, Rostros, amores, maldicionesúltimo de los textos del escritor que “Cabaret Voltaire” ha reeditado, en un esfuerzo considerable por recuperar su obra agotada o en gran parte inédita. Se trata de un tapiz de seres marginales que se buscan y se pierden, pleno de historias que apenas se pueden concebir como reales (y a la postre lo son, como el pasaje en el que un hombre practica una felación a su padre para que éste no busque una compañera y así proteger su herencia) y cuyos protagonistas se zarandean en ese mundo de prostíbulos, alcohol y sexo (y también amor imposible) tan conocido en el universo del escritor, rotos muchos límites pero también reencontrándose en ellos.

Cierra, de esta manera el gran Chukri, el ciclo dedicado a su vida. En Rostros, amores, maldiciones, mira hacia atrás con una pizca de ira pero sin añoranzas, logrando sentir la dulzura de la vida, afirmando que “El ser humano no siempre es como ha empezado ni como acaba“. Habla con tristeza de su niñez teñida de nubes negras (“Y si hoy me siento orgulloso de haber sido testigo de mi niñez, y de la de otros niños como yo, es porque intento en la mayoría de mis escritos aclarar cuánto hay de oscuro en ella”), ve en la escritura y los libros las dos fuentes que nunca agotó (“Dirigen mis sueños y mis ideas ocultas. Me liberan del punto de vista, no de la visión, me conducen al exilio interior”) y nos transmite que su rostro, al final, es el espejo de sus sueños mágicos.

Rostros, amores, maldiciones- Mohamed Chukri

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La foto tan sólo hace falta mirarla una vez para saber que acabará perforándote. Observo al hombre cansado de mirada fija que no elude a la cámara, cruzado su rostro por una malla de dolores que se incrustan en cada una de sus arrugas. Me trae de inmediato olor a alcantarillas, a calles repletas de seres marginales, a colchones de bolsas de basuras. Algo que asusta tan pronto lo descubres; mohamed-chukri que quieres espantar nada más internarte en ello; que hace que dejes de lado la compasión para sumergirte en algo mucho más profundo; en algo semejante a un desasosiego interno que te lleva a intentar asomarte a tantas realidades como las que Mohamed Chukri comparte.

No sólo es su rostro, la escritura de este escritor también es así. Chukri contiene en si mismo el material suficiente para trazar una trayectoria literaria magistral sólo contando su vida. Niño de la calle, analfabeto hasta los 21 y habitual de prostíbulos y bares, se codeará con los intelectuales que acuden a Tánger, ciudad literaria donde las haya, hasta el punto de que Paul mohamed-chukri1Bowles traducirá su obra al inglés, en una relación que distó mucho de ser amistosa. Chukri invita a pensar en una especie de “colonialismo literario”, tal y como reflejó en Paul Bowles, el recluso de Tánger, en donde describe a un Bowles, puritano, interesado, receloso, poco amigo de sus amigos, tacaño, complicado y retorcido.

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Jean Genet y Mohamed Chukri (foto tomada de la web de la Editorial Hijos de Muley Rubio)

No se callaba. Ya lo demostró cuando publicó la trilogía de su vida y las obras sobre su relación con Bowles, Jean Genet o Tennesse Willliams. Su amigo Salvador López Becerra lo describía así: “Mohamed era un tío que mantenía el tipo, sí, era un estoico con su karma manchado por la desolación, un atlas fatigado; muchas veces le sospeché lágrimas secas como charcos agrietados; ojeras como ondas en la extensión de una poza de fondo insondable; lodazales creativos para su escritura; lagañas de dolor, de mucho dolor, de tanto dolor que para nada serviría si se pesase; esto hizo que le estimara casi como a un hermano. Delicada Ave del paraíso a la que le tocó anidar en la cara oculta de la luna: en la incomprensión y en la soledad. Cuando es estigma, el llanto se torna aullido, dolor flameante al que Mohamed aplacaba las llamas con alcohol, solo o junto a las Vestales musas de sus noches y ensueños infinitos”.

Tánger, la ciudad mito

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Tánger es el escenario de sus novelas. Tánger, la ciudad-mito, la ciudad soñada a la que acudían los intelectuales y escritores americanos y europeos. Por allí pasaron, Burroughs, Jack Kerouac, Gore Vidal, Capote y los Bowles, entre muchos más. En aquellos días la ciudad estaba en pleno esplendor y tenía fraguada una fama de ciudad cosmopolita, abierta, tolerante e internacional. Todos querían ir a Tánger. En 1969, tal y como se rememora en varios de los libros de Chukri, había perdido toda su gloria, todo su brillo; Tánger  ya no volvería a ser nunca la misma.

El escritor hablaba de la magia tangerian no sin lanzar una crítica al peregrinar de aquellos “turistas literarios”;“cualquiera puede pasar aquí unas cuantas semanas y escribir un librito“. Tal y como escribió Juan Goytisolo, “El “misterio” de Tánger ha atraído en los dos últimos siglos la mirada curiosa y ávida de una pléyade de pintores, novelistas, cineastas y poetas venidos de diferentes regiones del planeta, y ha enriquecido su pincel y su pluma, imantando la brújula de su imaginación.”

Chukri mostró un Tánger real (enseñando otras vidas, otros rostros) alejado del “glamour” que parecían otorgarle los que llegaban de fuera. En Rostros, amores, maldiciones la ciudad aparece mencionada muy a menudo. Escribe sobre su época dorada y de esplendor; “Por Tánger pasaron Delacroix, Alexandre Dumas, Mark Twain, Rubén Darío, Blasco Ibáñez, Pío Baroja o Walter Harris, pero la fama internacional de la ciudad no comienza hasta la llegada del Protectorado (30-3-1912)” (pág.65) y también sobre su declive posterior, a pesar del cual, la ciudad seguía manteniendo un hechizo especial, ejerciendo una especie de atracción sin remedio, una obsesión. De hecho, su amigo Becerra le preguntará si acaso no ha llegado a cambiar el amor de una mujer por el amor a Tánger.

No debemos preguntarnos qué dice, sino qué quiere decir

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El nombre de Chukri irá asociado para siempre con su obra El pan a secas (o también El pan desnudo). En una entrevista con el periodista y escritor Javier Valenzuela, respondiendo a una pregunta dijo lo siguiente: ¨Me siento como esos escritores aplastados por la fama de un solo libro. Como Cervantes con Don Quijote, o Flaubert con Madame Bovary o D H Lawrence con El amante de Lady Chatterley. El pan desnudo sigue sin morir, el hijo de puta. Los niños por la calle no me llaman Chukri, me llaman El pan desnudo. Este libro me dice todos los días: Aquí estoy, vivo¨. En mi opinión se trata de una obra maestra, la mejor de toda su narrativa.

Pero el resto de la trilogía te sigue dejando ese regusto inimitable, la sensación de estar leyendo a un autor sincero y directo que descubre sin ambages cloacas y páramos solitarios por los que deambulan unos personajes que saben de sobra lo que significa sobrevivir. Defensor de los más marginados, los que no tuvieron ninguna oportunidad, Chukri se empeña, una y otra vez, en enseñarnos sus vidas que merecen todo nuestro respeto.

Si en El pan a secas nos habló de su infancia, y en Tiempo de errores nos mostró sus primeros pasos como escritor, en Rostros, amores, maldiciones traza un tapiz de seres marginales que se buscan y se pierden, pleno de historias que apenas se pueden concebir como reales (y a la postre lo son, como el pasaje en el que un hombre practica una felación a su padre para que éste no busque una compañera y así proteger su herencia) y cuyos protagonistas se zarandean en ese submundo de prostíbulos, alcohol y sexo (y también amor), rotos muchos límites pero también reencontrándose en ellos.

Además de otras historias paralelas que van emergiendo dando la sensación de que se trata más bien de un retablo de historias cortas y no de una novela, sobresale la historia del escritor con Fati, la camarera del bar Granada, que tiene ecos de historias desgraciadas, entre encuentros y desencuentros, en la que se niega el amor por el riesgo a perderlo.

Cierra, de esta manera el gran Chukri, el ciclo dedicado a su vida. En Rostros, amores, maldiciones, mira hacia atrás sin ira ni nostalgia, afirmando que “El ser humano no siempre es como ha empezado ni como acaba“. Habla con tristeza de su niñez teñida de nubes negras (la infancia, siempre la infancia), ve en la escritura y los libros las dos fuentes que nunca agotó y nos transmite que su rostro, al final, es el espejo de sus sueños mágicos.

Ofrezco el ramo de mi vida a quien la convierta en antorcha de luz en el laberinto del pensamiento. Sólo me importa la identidad de las personas por la profundidad de sus acciones. Sé que el ramo de mi vida es espinoso y no lo ofrezco más que a una mano callosa o- ¿por qué no?- a quien lo quiera.

La palabra “éxito” me recuerda siempre a una sonrisa forzada y frívola, o a un negocio lucrativo engañoso. No quiero hablar de éxitos. Atentan contra mi ambición. (pág.191)

Ficha:

  • Título original:  Wuyuh (1996)
  • Idioma: Árabe
  • Traducción al castellano:  Editorial Cabaret Voltaire (2014)
  • Traductores: Housein Bouzalmate y Malika Embarek López
  • Portada: Mohamed Chukri en su apartamento. Tánger, febrero 2003 Luis de Vega
  • Otras ediciones: 
    • Amor i malidiccions. Editorial Bromera (Catalá)
  • Para indagar más: “Geografía de un malnacido” de Jesús Gabaldón

Tiempo de errores- Mohamed Chukri

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En el prólogo que Rafael Conte escribió para la obra de Margarite Duras, El amante, cuenta una anécdota según la cual un amigo suyo se desahogaba contándole sus penas a la escritora, lamentaciones que resumió en una frase: “Fue un error-decía-No debí haber telefoneado”. A lo que la escritora le contestó: “No hay errores. Sólo hay actos extraños”. Este pasaje de la vida de la escritora me ha venido a la cabeza al leer la segunda parte de la biografía del marroquí Mohamed Chukri.

En El pan a secas Chukri nos descubría su infancia. En Tiempo de errores  tiene veinte años y va a una escuela de Larache a aprender a escribir y leer. Nada le libra de la miseria, de la pobreza, del hambre. Chukri desliza sus días entre vahos etílicos, promiscuidad y ansias de leer. Un ávido consumidor de libros, un exacerbado escritor (lo único que lo salva) y un insaciable lector. En el adolescente seguimos viendo al niño al que echaron a la calle y vivió allí, a riesgo de todo. Su mirada, ya lo dije en otro momento, es de las que duele.

Vuelve Tanger a poblar sus días.En el prólogo, su amigo Mohamed Berrada, se preguntaba “¿Puedo arriesgarme a decir que has cambiado el amor de una mujer por el amor de Tánger y que, como criatura salvaje, temes la oscuridad del calor y te deleitas con el resplandor del mar y la infinitud del horizonte?:” (pág.17). Es, de nuevo, la misma atmósfera desasosegaste, de suciedad y marginalidad de El pan a secas. Sin embargo, en Tiempo de errores aparece el impulso de la escritura. Chukri verá publicado su primer relato “Violencia en la playa” lo que le empujará de forma decisiva y hablará de forma irónica de su debut literario. Rodeado de prostitutas, de las que a veces se enamora, de borrachos, de violencia y de miseria, Chukri será internado en varios hospitales psiquiátricos, en donde exclamará: “Echaba de menos este aislamiento” (pág.243).

A pesar de ser pobre hasta la médula (acompañante de ratas se autodenominaba) frecuenta el Café Continental donde uno de los escritores más famosos de su època, Mohamed Sabbag, accede a leer uno de sus textos. Así era Chukri, capaz de ponerse pajarita, a pesar de no tener nada que llevarse a la boca, para entrar en los lugares en los que poder continuar con su absorbente pasión. “En mi vida me he enfrentado a tres desafíos: aprender a leer y a escribir, salir de esa clase social denigrada y, por último, sublimar mi vida a través de la escritura.”, escribía en un artículo para “Babelia”, publicado en 2003.

Dolor. Miseria. Denigración. Marginalidad. Violencia. Promiscuidad. Todas las palabras caben en la vida de este hombre, de este intenso escritor. Errores. No hay errores. Tampoco actos extraños. De atreverme, diría que fue el suyo un tiempo de pura supervivencia.

¡Vivir en tiempo de errores¡ Me ha contaminado la noche de la calle. Hasta sus locos más pintorescos se han vuelto piadosos.¡Se han vuelto cuerdos¡ ¡Alargaron sus barbas¡ No como protesta, ni como sacrilegio; ¡por mera capitulación¡ Yo extraño la noche de un hogar lejano. La noche nostálgica de la calle, la de los sueños con los grandes viajes. Quiero sentir el exilio aunque sólo sea en un suburbio de la ciudad. Que mi camino pulido se llene de tierra y polvo, y allí me esperen las tardes y los amaneceres. (Página 185)

Ficha:

  • Título original:  Zaman al-ajta (1992)
  • Idioma: Original: Árabe
  • Traducción al castellano: Editorial Cabaret Voltaire (2013)
  • Traductora: Karima Hajjaj y Malika Embarek López
  • Imagen de portada:  Café Tingis en el Zoco Chico de Tánger, 1957
  • Nº páginas: 277
  • Otras publicaciones:
    • Els temps dels errors (catalá)

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Tánger vista por Mohamed Chukri

Tánger, Marruecos

Cafe casino-Tánger, 1912.

                                     Cafe casino-Tánger, 1912.

Tánger, ¿un mito? Cierto es innegable, pero ¿para quién? Tánger ¿un paraíso perdido? Si, porque existen todavía testigos de su antigua prosperidad, pero ¿para quién? ¿El encanto irresistible e indomable de Tánger? No deja de ser cierto, pero, repito ¿para quién?.

Son muchos los que han hablado o han escrito sobre la ciudad basándose únicamente en quimeras, en pasiones y placeres, en fantasías. Para todos ellos, así como para los que llegaron movidos por las ganas de descansar, o de olvidar sus desgracias, Tánger no resultó ser más que un burdel, una hermosa playa o un confortable sanatorio.

Paul Bowles, el recluso de Tánger“(Paul Bowles wa´uzlatu tanya) 1996, Mohamed Chukri. Editorial Cabaret Voltaire (2012) págs.23-24

Truman Capote, Jane y Paul Bowles en Tánger. 1949.

Truman Capote, Jane y Paul Bowles en Tánger. 1949.

Éste es el Tánger que siempre ha desafiado a historiadores e investigadores que se afanaron en buscar su origen. Según cuenta la leyenda tangerina, la ciudad surgió del diluvio. Una paloma fue enviada para explorar tierra firme y , a su regreso, Noé gritó: “Tin Ya”. En Tánger se cruzan historias y leyendas sobre su pasado, pero es una ciudad que nunca dará a conocer su eterno secreto, porque guarda su ilimitada memoria con un silencio enigmático, con un silencio embriagador y lleno de sabiduría. Milan Kundera pudo haberse referido a este enigma cuando afirmó que “la lucha del ser en la vida es la lucha del recuerdo contra el olvido”.

Paul Bowles, el recluso de Tánger“(Paul Bowles wa´uzlatu tanya) 1996, Mohamed Chukri. Editorial Cabaret Voltaire (2012) pág.27

El viejo italiano nos regaló media botella de vino. Le dimos las gracias y pensé: “Igual el vino de esta botella ha perdido también su sabor”.

-Como ven-nos dijo-, ya no queda nada por aquí. El negocio ha muerto. Hace veinte años, había siempre cinco o seis personas esperando su turno para entrar. Ahora apenas entran tres o cuatro clientes al día. A veces ni siquiera eso.

Nosotros también éramos conscientes de que hubo una época dorada, pero de poco servía hablar de ello: aquel pasado glorioso nunca volverá.

Jean Genet en Tánger“(Jean Genet fi tanya) 1992, Mohamed Chukri. Editorial Cabaret Voltaire (2013) pág.86.

Jean Genet en Tánger-Mohamed Chukri

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Tánger, la ciudad-mito, la ciudad soñada a la que acudían los intelectuales y escritores americanos y europeos. Por allí pasaron, Burroughs, Jack Kerouac, Gore Vidal, Capote y los Bowles, entre muchos más. En aquellos días la ciudad estaba en pleno esplendor y tenía fraguada una fama de ciudad cosmopolita, abierta, tolerante e internacional. Todos querían ir a Tánger. En “Diario del ladrón”, Jean Genet escribía lo siguiente sobre la ciudad: “Hubiera querido embarcarme para Tánger. Las películas y las novelas han hecho de esta ciudad un lugar terrible, una especie de garito en que los jugadores negocian los planos secretos de todos los ejércitos del mundo. Desde la costa española, Tánger me parecía una ciudad fabulosa. Era el símbolo personificado de la traición“. En 1969, tal y como se rememora en este libro, había perdido toda su gloria, todo su brillo; Tánger  ya no volvería a ser nunca la misma.

Jean Genet, de padre desconocido y abandonado por su madre, vagó por orfanatos y correccionales, vivió en la calle y a los diez años ya era un ladrón, se prostituyó con hombres para sobrevivir y malvivió entre miseria y privaciones; su vida no fue un camino de rosas. Escribió en la cárcel para poder salir de ella (pasó intermitentes periodos entre rejas durante toda su vida, tras diez condenas consecutivas estuvo amenazado con la cadena perpetua) lo que él, en este libro, denomina como “literatura”: sus novelas, a sus obras de teatro no las da esta consideración.

Mohamed Chukri coincidió con él por primera vez en 1968 en un Café e inmediatamente quiso conocerlo y se presentó. Así comenzó una relación que trasladó a la escritura y que continuó más allá de 1974, año a partir del cual ya no quiso plasmar más en ningún libro sus conversaciones con él, paró cuando supo que a Jean Genet no le agradaba que siguiera escribiendo sobre él.

Mohamed Chukri y Jean Genet tenían mucho en común. Ambos se vieron obligados a vivir en la calle, siendo unos niños, sufrieron la miseria y tuvieron que pasar por crudas experiencias para poder sobrevivir. El marroquí nos lo contó en su obra “El pan a secas”, en donde narraba, con su peculiar estilo seco y directo, cómo su padre había dado muerte a su propio hijo. El francés lo hizo en “Diario del ladrón”, dando forma a la miseria desde un lirismo sórdido, en donde confesaba que había llegado a prostituirse con hombres para poder sobrevivir. También ambos sufrieron la censura e incluso la prohibición en el caso de Jean Genet en sus obras.

Chukri, siempre directo y ágil, nos describe en un libro de apenas 160 hojas al mítico Genet. De trato difícil, esquivo, imprevisible (podías esperar de él un beso o una bofetada), huraño, difícil, solitario, generoso y solidario con los más pobres, a contracorriente (se aloja en el Minzab, paradigma del colonialismo), transgresor y en frontal oposición  a los poderosos o enriquecidos. En el libro aparece un Jean Genet tranquilo, que solo a veces hace asomar al que fue, defendiendo el robo, en aquella Tánger “paraíso de los homosexuales“.

El marroquí quiere sobre todo hablar con él de literatura, y muchos de los pasajes de este libro giran en torno a la misma. Se menciona a Sartre en varios momentos (el filósofo escribió un largo ensayo en el que psicoanalizaba a Genet)  y vemos cómo un Genet ,a favor del pueblo palestino, pasó de la amistad a la enemistad debido al odio que el filósofo empezó a manifestar hacia lo árabe y lo musulmán. Pero también se habla de Stendhal, de Dostoievski, de Mallarmé o de Camus (que no gozaba de las simpatías de Genet, “escribe como un fanfarrón” pero sí de las de Chukri).

Sin embargo, a Genet le interesaba la política, no así a Chukri. Le interroga sobre el Sáhara para saber su opinión y Genet narra el momento en que tuvo acceso a los campos de refugiados en los Territorios Palestinos, llegando a entrevistarse con Yasir Arafat. A Chukri, en cambio, todo aquello no le interesa en absoluto.

Wiliam Burroghs prologó este libro y escribió lo siguiente: “Leyendo el diario de Chukri, veo y oigo a Genet con tanta claridad como si estuviera viendo una película sobre él. Para lograr semejante grado de precisión refiriendo hechos y palabras, se requiere una visión singularmente penetrante“. Lástima que en esta edición no se haya incluído dicho prólogo. A cambio tiene un epílogo en el que se nos dan algunos datos más sobre los últimos días de Jean Genet. Es El Katrani, el marroquí que adoraba a Genet, el que se lo cuenta y Chukri, quizás reconociéndose a si mismo en la actitud del escritor francés haciendo frente al cáncer elogia cómo vivió dignamente y afrontó su muerte a solas, sin pedir ayuda a nadie.

Estábamos en la terraza del Café de París. 

 -Jean, parece triste hoy-le dije

-Yo siempre estoy triste, y sé muy bien por qué.

Respeté su tristeza. Yo también tengo la mía.

Ficha:

  • Título original:  Jean Genet fi tanya (1992)
  • Idioma: Árabe
  • Traducción al castellano:  Editorial Cabaret Voltaire (2013)
  • Traductora: Rajae Boumediane El Metni

Paul Bowles, el recluso de Tánger-Mohamed Chukri


Con prólogo de Juan Goytisolo, tiene por subtítulo “El viaje de las voces“. Escogidas palabras para rotular esta explosión de voces  que se contraponen página a página en un duelo cuyo final no nos sorprende. Inevitable, lo sabemos, el cruce de trenes, entre Paul Bowles y Mohamed Chukri, pero también entre dos modos de ver y sentir la vida diametralmente opuestos.

Los que hemos leído una o varias de las obras de Paul Bowles, tenemos una imagen creada a partir de sus textos. Quizás completada si hemos reparado en la única novela de su mujer, Jane Bowles, “Dos damas muy serias” y con ella en esa composición rara que formaban esta extraña pareja. Tras leer este texto a más de uno el mito (si es que queda alguien que sea capaz de creer en ellos) se le va a caer de las manos, porque además de destripar su lado humano punza en el literario, y arroja un retrato del americano que, de ser verdad (y parece bastante verídico), le convierte en un ser humano bastante mezquino.

Chukri va deslizando por sus páginas una imagen para nada amable del autor de “El cielo protector”. Puritano, receloso, poco amigo de sus amigos, tacaño (donde otros decían austero), complicado y retorcido, para el que el sexo siempre iba unido a criminalidad. Muy duras palabras para el que fue el traductor de sus obras, pero no dudaba en aparecer junto al nombre del verdadero escritor como si hubiera sido el coautor. Mezquindades varias y traiciones enormes. “Le gustaba Marruecos pero no los marroquíes” y necesitaba fumar kif y maajoun para escribir algunas de sus páginas, “siempre tengo miedo de que los marroquíes se den cuenta de que sé que me mienten, afirmaba según Chukri.

Libro en el que se habla de muchos viajes  y también se elogia el “no-viaje”. Paul Bowles escribió muchas veces sobre ellos, sobre los turistas y el turismo (lo peor del mundo). También Chukri cuando habla de esos turistas-escritores (carga otra vez contra los intelectuales que se asomaban por la ciudad) que solamente van de habitación en habitación de hotel (“cualquiera puede pasar aquí unas cuantas semanas y escribir un librito). Para ser un auténtico viajero no hay que tener fecha de vuelta, piensa Bowles, pero al tiempo él sabe que éstos están condenados a extinguirse. Paul fue a Tánger un verano como otros muchos lo hacían, que en los casos más habituales podía alargarse a unos meses más, pero  en el de Bowles y su mujer fue diferente: el escritor se quedaría para el resto de su vida. ¿Por qué?, sigue siendo un misterio, (se menciona que Paul Bowles dijo que se mantenía en Tánger quizás porque la vida era más barata o quizás por los problemas burocráticos para poder viajar a otro lugar).

Las mejores palabras del libro se las lleva, entre otros pocos, Jane Bowles. Mártir de la literatura, generosa y amiga de sus amigos. Extraña mezcla entre miedosa y valiente, atrevida y retraída, Jane nunca defraudaba a quienes la conocían. Sentimos pena cuando conocemos cómo Anais Nin arremetió contra su obra  y lamentamos que tuviera tendencia a unirse siempre a los que no la amaban, como Cherifa, aquella mujer que muchos creyeron la fue envenenando para quedarse con parte de su patrimonio.

No tienen mejor suerte el resto de los beatniks que recalan en Tánger, la ciudad-mito. Burroughs siempre armado (que escribió en Tánger su obra “El almuerzo desnudo”), Jack Kerouac, Gore Vidal o Truman Capote (quien adoraba a Jane) son parte de ese grupo de intelectuales que tomaron la ciudad por unos instantes sin llegar a conocerla. Pero, ¿quién puede llegar a conocer un lugar de verdad si no tiene deseos auténticos de comprender e impregnarse del mismo?. Algunos sí lo harán, dice Chukri,  como Édoard Roditi.

El libro, a mi modo de ver es un ajuste de cuentas doble. Si en su libro autobiográfico “El pan a secas” (de cuya génesis se da amplia cuenta en este libro) Chukri exponía el violento comportamiento de su padre, que incluso llegó a asesinar a uno de sus hijos, en este libro describe al intelectual que tradujo sus obras y propició que fuera conocido más allá de Marruecos. En el primero mataba a su padre natural, en este segundo a su padre literario.

Pero Chukri no se queda aquí, el otro ajuste de cuentas lo hace con los intelectuales que idolatran y sueñan y se quedan anclados en un pasado que ya no volverá, en una ficción a fin de cuentas. Bowles solamente quería vivir en una Tánger imaginada y que ya no se correspondía con la realidad, en una Tánger que pertenecía a la época del colonialismo, pero toda ciudad evoluciona y los seres humanos tienen derecho a ello también.

Bowles seguía alimentando un mito que le interesaba a él pero que ya no se correspondía con nada, como si evocara sombras que no se pueden tocar. Mientras la gente real sufría, se peleaba con los piojos, pedía unas pocas monedas para sobrevivir, la gente como Bowles, esa élite de intelectuales que sobrevolaba el mundo como si fueran seres superiores, obtenía todo lo que deseaba y más (“Paul Bowles, por su parte, reflejó en la mayoría de sus escritos una añoranza excesiva por la época colonialista de Marruecos). En cierta forma se vislumbra una especie de “colonialismo literario”, el que ejerce el anglosajón Bowles traduciendo la obra del marroquí al inglés a cambio de llevarse la gloria y el dinero:”Paul Bowles adora el dinero. Es muy tacaño. Está en su derecho a serlo, pero no de percibir anualmente los derechos de autor de mis libros traducidos por él. Exceptuando los magros anticipos que recibí a la  hora de firmar el contrato, nunca he cobrado un centavo. Además, él se lleva el 50% de los derechos de la traducción. Ahí es nada.

“El problema de Paul Bowles es que, a pesar de haber viajado tanto, no distingue demasiado bien entre el pasado y el presente en la vida de los países y sus pueblos. El futuro no existe para él. En otras palabras, prefiere vivir en un mundo primitivo aunque desarrollado. ¿Cómo puede ser esto?. Bowles no sabría contestarlo aunque fuese él mismo quien se hiciese la pregunta.”

Ficha:

  • Título original:  Paul Bowles wa’ uzlatulanya (1996)
  • Idioma: Árabe
  • Traducción al castellano:  Editorial Cabaret Voltaire (2012)
  • Traductora: Rajae Boumediane El Metni

 

El pan a secas-Mohamed Chukri

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Supongo que todos tenemos un mundo de imágenes y luego está lo desconocido. Esto último puede desbaratar todas las imágenes previas anteriores o, al menos, puede descolocarlas o reestructurarlas. Leer una novela como esta, autobiográfica aunque descriptiva de una vida que en muchos aspectos es común a tantos seres humanos, es leer las palabras sinceras y abiertas, rotos todos los tabúes y miedos, del que quiere expandir su recorrido vital, sin nada ya que perder.

Dura, como caminar por un camino árido, sucio y maloliente. Como atravesar campos llenos de viscosos brazos que quieren atraparte y hundirte en lo más profundo, de donde temes ya no volverás a emerger de la misma manera. Si leer es adentrarse en los mundos de los otros, con este libro nos zambullimos en lo más hondo de la miseria. Nos habla de cómo aguantar la extrema penuria (al qahr),  el no poder aguantar el hambre, el correr a intentar conseguir ese mendrugo de pan a secas que es lo único que comerá, hoy, mañana… ¿siempre?.

Hablo y escribo sobre los niños de la calle, y me llega este relato. Y todo lo que imaginaba se queda corto. Como si tuviera una llama encendida en mis manos, el libro me quema, me estorba, me irrita, tengo ganas de cerrarlo. Pero no puedo.

Abiertas las venas para que veamos con mayor facilidad lo que somos incapaces de ver, Chukri nos va desgranando su vida de niño. Desde la primera página sabemos que no va a haber lectura tranquila. El lenguaje es seco, directo, preciso y duro como una piedra. No quiere adornos en su escritura y no los necesita, en pocas palabras logra lo dificil: decir tanto y tan extremo.

Infancia desoladora la que nos narra. Infancia tejida en las calles, lugares desasosegantes donde el niño tiene miedo a ser violado, duerme a la intemperie, expuesto a las mordidas de ratas, rodeado de borrachos, drogadictos y prostitutas (sin querer juzgar a ninguno de ellos). Niños a los que la vida les cierra el paso, les margina, les compadece, pero no les da alternativa.

Es un niño “en” y “de” la calle. Forma parte por momentos de una familia y por momentos se ve obligado a huir de ella. Núcleo familiar horripilante, con un padre violento hasta el límite, que golpea tanto a esposa como a hijos, y firme decidido a no trabajar nunca en nada para ser mantenido por su esposa e hijos. Con una madre que le quiere pero plegada a los dictados del marido, sumisa y doblegada. Crítica valiente al patriarcado musulmán. Modelo que se impone en su vida, hombre violento-alcohólico-parado, que pega a su mujer y mujer a la que solo se utiliza para el sexo. La huida como única alternativa de este niño apaleado física y moralmente y enfrentado a la cruda y dramática realidad que soportan todos a los que han cerrado cualquier otro camino, sin oportunidades de ningún tipo.

El niño obligado a prostituirse, que fuma kif y bebe, que se acuesta con prostitutas sin rozar siquiera el enamoramiento verdadero, ausente parece el amor de estas vidas hechas de jirones y sangre. Cabe pensar que todo el demoledor relato, con sus frases y momentos crudos es fruto de la situación que le ha tocado vivir al niño-joven, imponiéndole unas coordenadas de las que ve imposible salir. Tan solo de forma extraordinaria al final… ¿de verdad?.

Nos explotaba tanto a ella como a mí. También mi patrón hacía lo propio conmigo; otros chicos ganaban más que yo trabajando los mismo. Por eso decidí comenzar a robar a quienes me explotaban, aunque se tratase de mis propios padres. Consideré el robo como algo legítimo entre gente sin moral.

Ficha:

    • Título original:  Al-jubz-al-hafi (1973)
    • Idioma: Árabe
    • Traducción al castellanoEditorial Cabaret Voltaire (2012). Edición revisada por el propio autor.
    • Traductora: Rajae Boumediane El Metni
    • Otras publicaciones de esta obra:
        • El pan desnudo. Editorial Debate, Circulo de Lectores, Montesinos Editor
        • Ogi hutsa. Igela Argitalatxea (Euskera)
        • El pa de cada día. Edicions Bromera (Catalán)
    • Cine: El libro El pan desnudo fue adaptado al cine por Mohamed Rachid Benhadj en 2004, en una producción italo-franco-argelina
      • Maldita calle (2003) de Juan José Ponce es un documental que es los ojos y las palabras de alguien que fue niño de la calle, el escritor Mohamed Churkri. Podéis verlo aquí
    • Curiosidad: Esta obra de culto estuvo prohibida durante casi dos décadas en los países árabes. (Fuente: Cabaret Voltaire)
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