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Entradas de la Categoría ‘De Profundis’

Lo literario y lo otro

The Power of Art. Captura YOUTUBE

Ciertos interrogantes me vuelven cada cierto tiempo. Sobre lo literario y la biografía. Ahora debido a Pablo Neruda y las últimas noticias extra-literarias que han aparecido en torno al chileno, ando girando otra vez sobre lo mismo. Recomendable leer este texto de la escritora Aroa Moreno Durán en el que reflexiona sobre estas revelaciones, por si las desconocéis aún. En realidad no son tales ya que las noticias sobre la actitud del poeta, de abandono, con su hija que nació con una hidrocefalia severa, ya habían visto la luz con anterioridad, aunque no en la manera totalizadora en la que lo han hecho en este marzo de 2018. Lo mismo que la violación, cuando él era cónsul en Colombo (Sri Lanka) en 1929, de una mujer negra y pobre, que él mismo cuenta en sus memorias Confieso que he vivido, a modo de anécdota. Dicen abandono y violación por parte del poeta. Añaden silencio por parte del mundo. Estamos hablando de Pablo Neruda.

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Sobre la necesidad de escribir: cuando el silencio es imposible

Armel Uwikunze es un joven periodista y blogger burundés. El pasado mes de julio, el escritor Abdourahman A. Waberi le entrevistaba para Le Monde y transcribía sus palabras: “Escribo porque me es imposible pemanecer en silencio … También escribo porque es la única arma que sé utilizar y porque la guerra de las ideas es el único tipo de violencia que puedo aceptar. ” *

Como él son muchas las personas que sienten la necesidad de volcar en el papel lo que viven, experimentan, sienten y piensan. Sin embargo, en su caso y en el de tantos otros, este ejercicio difiere de modo determinante: escribir les puede acarrear consecuencias no deseadas. La escritura se convierte así en un ejercicio peligroso, a causa de la cual  la vida, a partir de ese momento, deja de ser cómoda y deviene en riesgo permanente. Y, al mismo tiempo, se dota de un carácter insospechado para muchos: el de ser posible (y eficaz) herramienta de lucha y plasmación de una realidad que se trata de ocultar.

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Colocando a cada cual en su sitio

Hasta hace poco más de tres años, leer y escribir han sido para mí actos privados. Podéis creerme o no si os digo que nunca me ha gustado hablar sobre los libros que he leído, mucho menos escribir sobre ello. Os confieso que si alguien me pedía algún consejo, intentaba darle un abanico de opciones siempre con la certeza de que me podía equivocar. He recomendado siempre con recelos y, a veces, sin ser consciente del destinatario, craso error. No creo que todos los libros sean para todas las personas en todos los momentos, pero sí creo que para cada persona hay al menos un libro en muchos momentos.

Este blog (el acto de leer y compartir mis lecturas de manera escrita) ha tenido, para mi sorpresa, un efecto muy importante y no buscado en mi persona: me ha hecho, creo, leer mejor. El hecho de saber que mis lecturas, comentarios y aportaciones se valoraban por personas desconocidas que podían acceder a él, bien porque buscaban una información muy concreta sobre algún libro o autor, bien porque les interesaban las literaturas africanas, ha provocado que me esforzara en la lectura y en su comentario posterior al sentir que tenía la obligación de transmitirlo de la manera más sincera y cercana, pero también más completa y honesta. Tarea que, aún hoy y pienso que siempre, sigo y seguiré batallando.

Con los libros de este blog he vivido varias situaciones hasta el momento. La mayoría de los volúmenes los he leído en una única ocasión, de algunos no recuerdo casi nada, son una bruma en mi memoria. Otros, en cambio, son como viejos amigos a los que acudo de manera magnética una y otra vez, perpleja ante la misteriosa fuerza creadora que ha conseguido elaborar algo tan perfecto, tan conmovedor y emocionante, un universo tan rico y humano, una escritura que me abre los ojos hacia un conocimiento más profundo … con estos me ocurre que no puedo evitar volver cada cierto tiempo a sumergirme en ese mundo en el que creo que toco algo, en el que creo que algo me toca a mí.

Siento respeto hacia los libros, pero como en todo se necesita un espíritu crítico. Este blog me lo exige pero no es fácil llegar a realizarlo de manera pública y es un ejercicio del que salgo, lo confieso, con una sensación agridulce. La crítica bien expuesta, lo sé, es un valor y al cabo pienso que ejercerla no es solo algo necesario, sino también algo demandado. Y que, a pesar de su carga de negatividad, se torna en valor positivo y nos hace crecer y pensar más lejos y pensar mejor.

La distinción entre “buena” y “mala” literatura aparece por todas partes. Cuando se ha caminado un trecho por esa senda parece más fácil realizar la distinción. Pero, ¿todos los libros merecen ser leídos?, ¿quién decide si un libro es bueno o malo? y más allá podemos preguntar, ¿lo es en la medida en la que es satisfactorio o no para cada cual?. ¿Existe la objetividad?… “cuando si ni siquiera los críticos literarios se ponen de acuerdo en relación al valor de un mismo libro”, aunque pensar que la única regla que vale es la que usa uno mismo para medir, ¿no es caer en un ejercicio de narcisismo?. “Es el mercado, no te engañes, el que erige a unos y sumerge en el olvido a otros”… ¿entonces, a quién creer?. Bien, podéis decirme, aceptemos que un libro puede ser “objetivamente” buena literatura… “pero si en general la gente dice que aburre y no se entiende, ¿de qué sirve que lo sea?”. ¿Quizás lo que ocurre es que hay malos lectores? O, más allá, ¿qué buscamos en los libros? ¿entretenimiento, conocimiento, puro placer, pasar un buen rato o una mezcla de todo ello? y la pregunta final en lo que concierne a este blog… ¿valoramos los libros que proceden del continente africano de manera distinta?.

Es difícil llegar a un libro sin que haya mediado ningún componente externo. El mercado editorial suele dejar poco margen. Otras veces funcionan los premios, las revistas especializadas o el “boca a boca”. La crítica literaria ayuda a veces. Pero casi todo viene envuelto en grandes dosis de subjetividad bajo una tufillo de aparente objetividad. No es raro tener la sensación de que nos están dando “gato por liebre”. Es necesario realizar muchas lecturas para poder navegar por estos mares con cierto éxito, y aún así.

Cuando inicié este blog uno de los primeros libros que comenté fue Nudos de Nuruddin Farah. El somalí es uno de los referentes literarios no solo de su país, sino del continente entero. Me pareció una obra con fallos en su ejecución, pero se veía que estaba escrita por alguien con una gran capacidad. Recomendar esta novela para adentrarse en el mundo de Farah me parece un desacierto ya que puede llegar a tener el efecto contrario y esa persona llegar a perderse obras redondas como Mapas, Regalos o Secretos. Del mismo modo, no todos los libros de Chinua Achebe han tenido igual acogida, importancia o aprecio (incluso muchas personas no consiguen llegar a entrar en Todo se desmorona, a pesar de ser grandes lectores), pero afirmar que lo que hace Achebe (o Farah) no es buena literatura es ir en contra de lo que está “objetivamente” estudiado y confirmado: que lo es, al margen de que guste más o menos, al margen de que algunas de sus obras gusten más o menos. Y yendo un poco más lejos, pondré otro ejemplo, a muchos críticos, casi fue unánime, no les tembló la mano al reseñar la penúltima novela de J.M. Coetzee (La infancia de Jesús), a pesar de tratarse de todo un Nobel de Literatura, y aún así ha habido lectores que la han encontrado sugerente y plena de significados. Nadie escribe obras maestras durante toda su vida.

Como decía más arriba, este blog me ha hecho, creo, leer mejor, pero no me ha hecho convertirme en nada. Sigo siendo una lectora que hace tres años, para su sorpresa, decidió ponerse a escribir sobre lo que leía.

Para lo bueno y para lo malo.


Cuadro de portada: “Girls with Flower” de Getahun Assefa (Addis Abeba, Etiopía 1967).  www.getahun.com

El estereotipo del lector occidental que lee libros africanos

La visión que tenemos de nosotros mismos y la que tienen los demás no siempre coincide. Sobre estas percepciones y alguna más, cuando era niña, leí un artículo en una revista de psicología, la cual iba acompañado de unas imágenes que intentaban ilustrar cada una de ellas y que han permanecido grabadas en mi mente a pesar del tiempo transcurrido. Aparecían cuatro visiones diferentes que atendían a los siguientes estadios: “Cómo nos ven los demás”, “Cómo creemos que nos ven los demás”, “Cómo nos gustaría que nos vieran los otros” y “Cómo somos en realidad”.

Abrir este blog me hizo darme cuenta de una realidad que hasta entonces no había percibido. Que un extenso grupo de personas me etiquetaba como lectora-occidental-que-lee-libros-de-literatura-africana y hablaban sobre las razones y los motivos por los que la leía y escribían sobre mis gustos y mis intereses a la hora de elegir un libro u otro. Me cosificaban de manera invariable y de manera redundante cada cierto tiempo. Casi nada. Tras sus análisis, parecía que mis lecturas se debían a que había tenido una necesidad de conocer esta literatura por motivos académicos, o porque tenía un interés específico por el continente africano o porque, lo más fácil y directo, había estado allí (si todos los libros que he leído en mi vida los hubiera leído por esta razón se iba a reír Phileas Fogg y el inventor del tunel del tiempo). Al parecer leo libros de literatura africana: porque tengo un interés por África, que bien pudiera estar basado en la antropología o en la cooperación internacional; los temas que busco en los libros que selecciono son los relacionados con desastres-tipo africano (todos sabemos cuáles son, ¿acaso ocurren en algún otro lugar del planeta?) y en mis lecturas tiene que haber mucha sangre y violencia. Esto, dicen, es lo que me interesa. “Vaya con los clichés”, pensé, “¡cómo me ven los demás¡”.

Estamos acostumbrados a hablar sobre los estereotipos alrededor y en relación con el mundo africano. Para mí el más fuerte y el que engloba todo lo demás es el que nos da una imagen de África como “ese lugar” en el que pasan situaciones tremendas y que no nos interesa. Y no me vale que esa imagen pesa tanto que el resto del mundo es incapaz de elevarse sobre ella y saltarla, porque aquí y allí hay ya muchos caminos abiertos para interesarse, conocer y penetrar en el mundo africano. Seamos serios, vivimos en un planeta en el que tenemos al alcance de un “clic” información de todo tipo. El problema está en otra parte y también en ese “no nos interesa”. Pero, ¿no es esta otra generalización?, porque… ¿”solo” África no interesa?, ¿en serio?… y ¿Asia?, ¿qué conocemos de la literatura, ya que estamos hablando de ella, que se hace en India, además de Khushwant Singh? o en Irán, ¿además de Kader Abdolah?…¿Acaso la denominada literatura latinoamericana no es también una reducción?…

Vivimos bajo la tiranía del etiquetaje, sin duda. E intentando salir de ella.

Pero los estereotipos tienen doble recorrido, también pesan por este lado y engloban de manera sistemática a aquellas personas que leen literatura africana (potencial grupo consumidor, todo hay que decirlo). Hace unos meses escribí una especie de desahogo bajo el título “Razones para NO leer literatura africana“, y lo hice porque era mi manera de reclamar “más libros, más” (como Groucho Marx pedía “más madera, más”), porque era mi manera de decir que se vaya a freír espárragos el mercado, el marketing, el poderoso caballero Don Dinero y que se publique más sobre escritores de ese continente, vamos, la típica rabieta de lectora insatisfecha y harta (me comprenderán todas las editoriales, profesores, revistas, bibliotecas, libreros y blogs que hacen el esfuerzo contrario). Pero lo menciono porque en él daba algunos motivos por los que la gente debería leer literatura africana, que son los mismos por los que la gente debería leer. Punto.

El marketing editorial es otra cosa. Podría mencionar un sinfín de libros en los que el resumen que aparecía en sus contraportadas era pura ficción con respecto al ejemplar que tenía entre manos (agradezco a todas aquellas personas que realizan el ejercicio honesto contrario). Del mismo modo, podría mencionar un número amplio de escritores sobrevalorados pero que siguen en lo alto gracias al poder de los grupos editoriales, medios y demás (mis respetos por todos los que apuestan por aquellos que esperan su oportunidad y la merecen). Y, por supuesto, todo lo contrario a lo mencionado… en todos los continentes. ¿Qué lo anterior debería de cambiar?… sin duda, y por eso está peleando mucha gente, y los que más los propios escritores, libro a libro.

Esta lectora-occidental-que-lee-literatura-africana cuando sus manos tocan por primera vez la portada de un libro no va en busca de un profundo conocimiento antropológico del continente africano (alguna vez sí he tenido ese interés, ¿eh?, que no me voy a salir del estereotipo tan fácil). Solo espera encontrarse con una buena historia, desea sumergirse en un texto que conmueva, revuelva y triture en pedazos, aporte conocimiento, le de la vuelta entera y la haga sentirse al acabarlo derruida pero sabiéndose en el camino del “Citius, altius, fortius”, trate del tema del que trate, venga del país del que venga. Toda esa magia, ¿me explico?.

Las percepciones son diversas. Plurales. Multi. Que coincidan o no con las que los otros tienen es algo que no se debería forzar. Se corre el peligro de que de tanto estirar y moldear el “Cómo creemos que nos ven los demás” se acabe por empequeñecer y limitar el “Cómo somos en realidad”.

Razones para NO leer literatura africana

A menudo se me acerca gente preguntándome por qué leo literatura africana. Aquí no podéis verla pero para estas situaciones tengo ensayada una cara de poker, que oscila entre el cansancio y la perplejidad. “¿Y cómo no leerla?” es lo que pienso, pero nunca formulo mi interrogación en voz alta. Me la quedo para mí, al igual que cuando alguien comprueba que lo que tengo entre manos es algo “exótico” o “raro”, una extravagancia. En estas ocasiones no puedo evitar sentir un cierto enfado porque nunca se me ha acercado nadie para preguntarme acerca de mi interés por leer la obra completa de, por ejemplo, Kafka (esto parece que lo entienden, ¿?).

“¡Qué interesante¡” es una de esas frases reiterativas (que rara vez corresponden a un verdadero interés) y que suelen ser el comodín perfecto cuando no se sabe qué decir. Si bien pudiera parecer que la expresión es positiva, en realidad se pronuncia porque se desconoce (casi) todo sobre ese continente inmenso, plural y multi-todo que alguien llamó África. Y aún más sobre su literatura.

Con el tiempo, he llegado a la conclusión de que ese “¡Qué interesante¡” lo utilizamos o porque no nos interesa en absoluto y es una forma de salir por la tangente, o porque nos parece que todo lo relacionado con África es algo oculto, misterioso y ajeno y por lo tanto requiere una afirmación tan contundente. Tan ajeno, tan oscuro y tan misterioso que nos escudamos en ese “¡Qué interesante¡” que se queda bailando en el limbo para pasar página con rapidez.

Así nuestro imaginario africano sigue poblado de las mismas historias que han contado otros sin que les demos la oportunidad de enseñarnos otras voces, otros ámbitos, sin que abramos la puerta que da paso a otras vidas, otras experiencias, otros mundos, contados por sus principales protagonistas.

En definitiva, sin añadir mundos al mundo.

Por eso suelo decantarme por recomendar que NO se lea literatura africana, por los efectos que produce y que paso a listar a continuación:

1.- Disloque cerebral: Es una literatura muy peligrosa porque se te puede subir a la cabeza (incluso algunos opinan que es lo mejor que puede ocurrir). A la mínima que te descuides tu cerebro se bloquea. Para empezar te vas a dar cuenta de que te faltaba un continente, que eran cinco, tal como te enseñaron en la escuela, sí, pero de verdad. Para pasar en seguida a constatar que esa frase tantas veces escuchada de que África no existe como tal, ni tampoco su literatura (¿alguna vez has oído hablar de “literatura europea”?) es cierta. Si esto no te produce un cruce de cables, espera a que tu imagen de los african@s se desmorone. Contra nuestra natural tendencia a reducir y a abreviar para no complicarnos la existencia, leyendo sus obras descubrirás lo diversos, plurales y diferentes dentro del mismo continente que son. El diagnóstico de todas formas no será severo, una vez comprendido lo anterior solo querrás leer más y más.

2.- Sufrirás una mutación: Se produce en cuatro etapas. Al principio tendrás recelos, “a mi me hablan de leer algo sobre África y en seguida pienso en antropología, tribus y brujos” o “¿literatura africana?… entre tú y yo suena a latazo”. Después te dejarás aconsejar por alguien o buscarás en alguna web específica un libro por el que empezar. Los inicios son excitantes, irás de libro en libro, de autor en autor, de país en país, de lengua en lengua, descubriendo que “oye, pero si resulta que los africanos escriben desde hace tiempo y no siempre sobre los cuatro jinetes del Apocalipsis”. Pasadas unas cuantas lecturas habrás descubierto que en África hay iniciativas, ferias, festivales, revistas, editoriales, autores, de aquí y de allí; una bola de sensaciones vibrantes te pasará por encima y te arrastrará. En esta fase te puedes sorprender incluso volviendo a leer el título del libro que tienes entre manos confuso porque lo que te cuentan te suena extrañamente cercano. Lo imparable vendrá después, casi a punto de terminarse tu mutación, cuando ya no puedas evitar entrar en una librería, ojear una revista literaria, escanear la lista de libros más recomendados sin buscar un título de ese lugar. Para acabar preguntándote cómo es posible haber estado tanto tiempo sin leer literatura africana. Una vez mutado, el proceso es irreversible.

3.- Te indignarás bastante: Es algo que no vas a poder evitar cuando te resulte difícil encontrar un libro africano que llevarte a la boca. No entenderás porqué siempre aparecen mencionados los mismos autores cuando el continente hierve de voces que escriben novela, poesía, ensayo… Ni tampoco porqué el público lector occidental no demanda más narrativa africana. Te sentirás incomprendido cuando tengas que rastrear páginas y páginas en internet para intentar buscar información, no te digo ya los suplementos de los periódicos. Lo cual te indignará aún más de lo que ya estabas y en el tope de la indignación constatarás que los libros que provienen del continente africano merecen atención (casi siempre) cuando vienen avalados por algún “gurú” literario ya sea americano o europeo, salvo memorables excepciones. Contra la indignación sólo cabe hablar de ello con quien puedas, comentarlo por todos los canales que encuentres y difundir los medios que sí informan día tras día sobre las novedades de las letras africanas. Recomendarlo en tu entorno más cercano y escribir a las editoriales solicitando reediciones.

4.-Sentirás que muchas voces quieren poblarte: A esto yo lo llamo “espíritu cojonero”. No cuento nada nuevo si digo que de pronto en algún momento entre la página 1 y la 200 los personajes de algunos libros se ponen a tu lado, te acompañan en tu día a día, e incluso se van contigo a la cama. Los libros africanos funcionan de la misma manera, pero cuidado: porque como algún personaje bien creado (y hay muchos, créeme) se empeñe en andar a tu lado te será muy difícil desprenderte de él. Y además con estos ocurre que te cuentan cada uno una historia diferente a la que conocías, y a cada nueva historia te das cuenta de lo equivocado que estabas, se te empiezan a caer muchas creencias y mitos, desaparecen estereotipos y clichés, y alucinas con lo que te enseñan, con lo que te emocionan y te cuentan, y aquí el acabose… Los efectos secundarios de esta convivencia pronto se harán notar: te despertarás por la mañana sintiendo que sabes más, llegas más lejos y a más gente, eres mejor.

5.- Y el último y definitivo efecto que produce la literatura africana es que engancha.

No te la recomiendo. En absoluto. No quiero que luego digas que no te lo advertí.

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