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Entradas de la Categoría ‘En blanco y negro’

Buchi Emecheta, mucho más que un icono literario

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Recuerdo las primeras líneas que leí sobre su vida y me dejó anonadada. Después leí su obra y me confirmó que estaba ante una mujer excepcional.

Nacida en Lagos en 1944, de familia humilde, su destino cambió al casarse a los 16 años con el hombre con quien se había comprometido desde los 11 y con quien emigraría cuatro años después a Londres. La pareja tuvo cinco hijos antes de que el matrimonio se rompiera. Fue la suya una convivencia violenta. Emecheta 18cuenta en su autobiografía novelada Second Class Citizen que en una ocasión Sylvester Onwordi, que así se llamaba su marido, llegó a quemar sus manuscritos. Aquel hecho supuso la ruptura definitiva, compatibilizando a partir de entonces cuidado de hijos, trabajo y escritura y llegando a graduarse en sociología. Ella misma llegó a definirse como una escritora no “a pesar de ser madre sino precisamente desde ahí”.

En 1983 apareció junto a Salman Rushdie y Martin Amis en la primera edición de la lista de Granta de los “Mejores novelistas jóvenes británicos”. De 1982 a 1983 Emecheta, junto con su hijo Sylvester, que era periodista, dirigió la Ogwugwu Afor Publishing Company. Escribió más de 20 novelas (no todas recibieron críticas positivas) y obras de teatro en su vida, abarcando temas que van desde la maternidad a la independencia y la libertad de las mujeres a través de la educación. En 2005, le fue otorgada la Orden del Imperio Británico.

En castellano podemos leer: Kehinde (Étnicos de Bronce, 1996 y La otra orilla, 2008) y Las delicias de la maternidad (Ediciones Zanzíbar, 2004). Aunque tengo que advertir que están descatalogadas.

16298668_10202751455744306_60356887120455338_nKehinde tiene como protagonista a una mujer nigeriana que vive en Londres con su marido y sus dos hijos y que disfruta de una vida que cambiará al verse obligada a volver a Nigeria.  El choque entre los dos mundos es el centro sobre el que gravita esta novela, cuya reseña podéis leer en el blog de Mary Okeke, una gran admiradora de su obra.

Pero fue sobre todo Las delicias de la maternidad la que la convirtió en una figura de primer orden dentro del mundo de las letras. Una de sus obras más aclamadas, presenta a la mujer en medio de fuerzas contrapuestas: la tradición que provoca el deseo de una familia numerosa, principalmente varones para continuar el linaje del marido y la dura realidad, que hace que la mujer se enfrente sola a su propio destino. Con esta obra se situó como la “primera novelista africana que articuló la opresión patriarcal de las sociedades africanas” * al ofrecer una “visión devastadora” del discurso patriarcal en torno a la maternidad.

“El feminismo africano está libre de las ataduras de las ilusiones occidentales y tiende a ser mucho más pragmático”, dijo una vez. Ella no se consideraba feminista, como tantas mujeres africanas, sino que prefería el womanism de la escritora Alice Walker y se ponía a si misma una “f” pequeñita. Atacaba el patriarcado, las tradiciones opresoras y los prejuicios que ella misma soportó como madre soltera e inmigrante negraSu obra, su historia, su vida novelada, fue un hito al hablar de mujeres relegadas a ser ciudadanas de segunda, empujadas a una vida de procreación y servidumbre. Su llamada era clara: “las mujeres negras de todo el mundo deben volver a unirse y volver a examinar la forma en que la historia nos ha retratado”. 

Buchi Emecheta, que admiraba a Flora Nwapa, se desvió de los temas sobre los que trataban muchos de los libros de la literatura poscolonial; injusticia del colonialismo (aunque este también lo incluyera en sus obras), guerras, hambre, imposición cultural… para centrarse en la mujer, reivindicar su lugar y hacer oír su voz. A través de su obra las rescató y nos la presentó trazando unos impactantes retratos llenos de profundidad y vivencias. Escribió las historias de las vidas de las mujeres “para llamar la atención sobre las relaciones desiguales de género y de clase que trascienden las fronteras raciales y geográficas “.

*Escribir en femenino. Icaria. Beatriz Suarez, Belén Martín Lucas y Mª Jesús Fariñas Busto. 

María Nsué, entre un poco de sol y un poquito de sombra

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El pasado 18 de este mes fallecía la escritora guineoecuatoriana María Nsué. Muy poco, en comparación con su importancia, se sabe sobre la obra de esta mujer, que fue conocida como “la hija loca del ministro” y que fue la primera mujer escritora de su país, todo un hito en un lugar en el que hay apenas dos librerías y ninguna editorial.

Sobre su vida se puede encontrar algún dato más. Su padre, ministro de Educación, fue torturado por las autoridades coloniales españolas y murió asesinado por agentes de Macías en la embajada de Etiopía a los 53 años. Ella salió de Guinea Ecuatorial con 8 años y vivió en Madrid durante gran parte de su vida.

El 8 de noviembre del pasado año ofrecía una entrevista para el programa “Africanía” de la “Fundación Sur” en el que contaba lo que la llevó a escribir. Cuando llegó a Madrid no conocía nada de su propia cultura, sentía que había un gran vacío en torno a ella, por ello pensó escribir “para sus hijos, para sus nietos” a partir de dos personajes normales, en los que cualquiera se pudiera identificar.

En los años 90 volvió a Guinea Ecuatorial y llegó a trabajar de Directora General de Radiotelevisión.

En lo personal cuentan los que la conocieron que era una gran persona de trato amable. En las pocas apariciones públicas que aparecen grabadas en internet se muestra como una mujer de carácter, que opinaba sin pelos en la lengua, sensación quizás agudizada por las fuertes arrugas que endurecen su rostro. Confesando que no le interesaba la política manifestó en una entrevista para GuinGuinBali que “Obiang era la única persona en toda Guinea en quien confiaba” y se mostró muy crítica con aquellos que decían sentirse perseguidos por el régimen.

En otra aparición suya, la que mantuvo dentro de los encuentros que organiza “Casa África” dentro del marco de las “Letras africanas”, enfatizaba sobre la necesidad de no olvidar los orígenes, defendiendo la importancia de la tradición, la oralidad y la palabra silenciada.

No fue una escritora demasiado prolífica y siempre será recordada por Ekomo, publicada en 1985 (reeditada por Sial en 1988), y considerada la primera novela guineoecuatoriana de la post-independencia. Objeto de estudios, muy elogiado, es un libro envuelto de una sonora y cuidada poesía. Su protagonista es una mujer que se enfrenta a las tradiciones, “mostrando la realidad, sin ánimo de denuncia”.

Después vendrían Delirios (1991) en el que se compilan sus poemas y Cuentos de la Vieja Noa (1999). El pasado año la editorial Sial publicaba Cuentos y relatos, una recopilación de relatos cortos. 

En la citada entrevista para “Africanía” desvelaba su próximo proyecto con el que se mostraba muy ilusionada, un trabajo con niños.

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@Dibujando África

 

Ellen Kuzwayo, llamadme mujer

Hector Pieterson | by Robert Cutts (pandrcutts)

Hector Pieterson | by Robert Cutts (pandrcutts)

Hace cuarenta años, el 16 de junio de 1976, Ellen Kuzwayo estaba en Soweto. Los disturbios que convirtieron dicha fecha en día de luto nacional, habían comenzado porque los estudiantes se habían plantado ante la imposición de utilizar el afrikáans, en lugar del inglés, como lengua de enseñanza para la mayoría de las materias escolares. Ellos y ellas al ignorar aquella lengua, de repente se encontraron perdiendo el tiempo en la escuela y las clases se convirtieron en fuente de aburrimiento y frustración. Sus solicitudes cayeron en saco roto y salieron a la calle donde se toparon con la policía armada. Entre el fuego, los automóviles volcados y el desconcierto, una bala mató a un niño de diez años, Hector Petersen, cuya imagen se ha vuelto con el tiempo icónica. Pero no fue el único, muchos más niños y niñas murieron, fueron torturados o simplemente desaparecieron sin que se volviera a saber sobre su paradero.

El 16 de junio de 1976 multitud de madres perdieron su trabajo al tratar de encontrar a sus hijos y se quedaron en silencio para siempre, sin saber si su hijo o su hija había muerto, estaba en la cárcel o había abandonado el país. Ellen Kuzwayo tenía entonces 62 años. Había recorrido un largo camino hasta Soweto, el lugar plagado de pequeñas casitas “como cajas de fósforos” en el que viviría hasta su muerte. Hay quien decía que aquel lugar era un gueto, pero para ella fue su hogar. Sus convicciones morales frente al delito, como resalta Nadine Gordimer en el prólogo de su autobiografía, Llamadme mujer (Las femineras, 1985), se tambalearon frente a las precarias condiciones de vida de aquel suburbio en el que todo faltaba hasta el punto de hacerla confesar: “Me horroriza comprobar que mi actitud… ha ido cambiando con los años. Ahora cuando leo en la prensa la noticia del robo de varios miles de rands por personas negras… a menudo manifiesto el deseo de que no les atrapen”.

author_ellen_kuzwayoNacida en una familia privilegiada, conoció una infancia plácida en un ámbito rural en el que todavía se respetaba la titularidad de la tierra. Pero aquello cambió, y fue testigo del paso que supuso para muchas mujeres la emigración a la ciudad: donde tuvieron que cambiar sus labores al frente del campo por la venta clandestina de cerveza o el servicio doméstico.

Pronto comenzó a asistir junto a su padre a las conferencias del Congreso Nacional Africano. Junto a Mandela, Sisilu y Tambo fundó la “Liga Juvenil del CNA” del que fue su secretaria. También ejerció como maestra hasta que abandonó este trabajo defraudada mientras iba tomando más conciencia social de su entorno más inmediato lo que la llevó en 1952 a estudiar Trabajo Social. Los acontecimientos de Soweto la llevaron a un compromiso político más fuerte con su comunidad y un año después fue detenida y encarcelada durante cinco meses en la aplicación de la Ley contra el Terrorismo. Su vida personal se vio marcada por su primer matrimonio (con Moloto con quien tuvo dos hijos) que la someterá a violencia psíquica y física y cuyo divorcio le supondrá el dejar de ver a sus hijos. Con Mandela ocupó un cargo en el Parlamento sudafricano.

Fue la primera mujer en ganar el premio del Congreso Nacional Africano por esta obra escrita en 1983, en la que narra parte de su vida. Su voz esperanzada siempre quiso reconocer el de tantas mujeres negras que “se habían enfrentado a opresivas barreras sociales, culturales, económicas, políticas y educacionales” y que ellaimg039 ponía siempre como ejemplo de la fuerza que llevaría a su país hacia delante por eso su Llamadme mujer está plagada de ellas. De aquellas que fueron tildadas de inútiles, poco inteligentes y “menores” y se sobrepusieron a las extraordinarias adversidades con un espíritu de superación. Como en 1913 (antes del apartheid), hace recordar Ellen, cuando la ley que imponía el pase de las personas negras se aplicaba a hombres y mujeres por igual. Pero las mujeres de diversos distritos sudafricanos se opusieron lo que les supuso la cárcel en condiciones tremendas, incluso el acabar con lesiones crónicas. “Como recompensa lograron postergar durante unos cuarenta años la obligatoriedad de los pases para las mujeres. Y cuando finalmente se impuso, en 1955-1956, se hizo de un modo muy sigiloso”.

Las mujeres sudáfricanas jamás nos rendiremos ni aceptaremos la derrota, dejó escrito en este libro. Ellen Kuzwayo falleció en 2006. Tenía 91 años y el mismo espíritu que todas aquellas mujeres que la poblaban.

Flora Nwapa, cuando aún era más difícil

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Flora Nwapa. Getty Images

Mira lo que tienen las redes sociales.

Una se asoma un día como hoy a Twitter y se encuentra con esta maravillosa foto de Flora Nwapa y así se entera una de que nació en 1931. En Nigeria. Donde también falleció en 1993. Fue la primera en muchas cosas; la primera novelista nigeriana publicada y la primera mujer africana con un libro editado en Gran Bretaña.

La familia de Nwapa era influyente y por ello pudo ir a la escuela. Asistió a la Universidad de Ibadan, al igual que Chinua Achebe, y se licenció en Geografía e Historia, posteriormente acudió a la Universidad de Edimburgo. Acabó trabajando en la Universidad de Lagos y junto a su marido abrió una editorial, Tana Press. Influyó de manera decisiva en otras escritoras, entre ellas Buchi Emecheta que se llamaba a sí misma “la hermana de Nwapa” y firmó una docena de libros entre los que destaca Efuru (1966), todo un clásico del que en 2016 se celebra el 50 aniversario de su publicación, ¿un motivo para traducirlo?.

Efuru

CTIzYg4UsAEIUsbEfuru, una historia que hunde sus raíces en la figura de Mammy Watta, la diosa del lago nigeriana, “es un retrato de la vida en la cultura Igbo, sobre todo la vida de las mujeres. Situado en el pueblo de Oguta, donde vivía Nwapa, la novela cuenta la historia de una mujer mentalmente independiente llamada Efuru. Ella se convierte en un modelo a seguir y un catalizador para el cambio en su propia sociedad. A pesar de su éxito, es incapaz de tener un matrimonio duradero o dar a luz a niños como a otras mujeres en su pueblo. Se casa dos veces, pero de manera fallida en ambas ocasiones. Finalmente dará a luz a una niña que morirá. Sin embargo, a pesar de todo, Efuru se mantiene firme y fuerte manteniendo un negocio exitoso y próspero, como un perfecto ejemplo de generosidad y de inteligencia” (Ahmad Ghashmari)

Flora Nwapa fue una escritora que escribió sobre la mujer en un momento en el que hacerlo era muy difícil. El entorno que rodeaba a la nigeriana era el de un mundo en el que solo los hombres llegaban a escribir y publicar. Tuvo que sentir la condescendencia, cuando no el abierto desprecio y la falta de apoyos, que generaban aquellas que se decidían a escribir.

Frente a los personajes femeninos de las narrativas africanas que dibujaban a una mujer sumisa, doblegada y sin voz, ella siempre tuvo en mente proyectar una imagen positiva de la mujer. Tal y como recogen en Brittle Paper, “estaba cansada de la forma en que los escritores masculinos representaban a las mujeres africanas en sus novelas. Ella sabía que eran más que pobres mujeres, prostitutas o esposas infelices. Escribir sus propias novelas le permitió remodelar la feminidad de África a través de personajes complejos y de múltiples facetas”.

Fatima Mernissi, hablemos de feminismo e islam

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Dicen que morir es volver a la infancia y los recuerdos de la niñez de Fatima Mernissi se retrotraen a un patio abierto hacia dentro y cerrado hacia fuera. La vida en aquel harén en Fez, que ella describió como un lugar que poco tiene que ver con la imagen estereotipada que se tiene sobre el mismo en occidente, fue tal y como lo cuenta la escritora, sobrepasada.

Aquella niña dio paso a una mujer “que impuso su voz en un mundo intelectual gobernado por los hombres“. Hija y nieta de analfabetas, solo conoció el árabe hasta los veinte años pero casi siempre escribió en francés e inglés. Se licenció en Ciencias políticas, completó sus estudios en Francia y EEUU  y fue profesora en la Universidad de Rabat. A su regreso a Marruecos se dio cuenta de que debía de revisar los textos coránicos para poder vivir en igualdad. No se casó ni tuvo hijos y se volcó en la tarea de defender los derechos de las mujeres. Mernissi se dedicó con ahínco a demoler y a descubrir. No en vano está considerada una de las más importantes escritoras marroquíes y un referente intelectual en el mundo islámico. “Para vosotros los occidentales el islam es extremismo y monocultura. Para nosotros es multiculturalismo”, afirmaba. Falleció el pasado 30 de noviembre en Rabat, a los 74 años.1Ella, siempre lucida, también contemplaba el mundo desde parámetros más globales, visión de la que no se salvaban los países árabes: “La nueva fe mundial es la religión del mercado. Y tiene un aparato eclesiástico completo. Lo dice Richard C. Foltz: hay sacerdotes (economistas), misioneros (la industria publicitaria) y una iglesia (el centro comercial). Posee hasta un sistema ético cuya máxima virtud es ir de compras. Y los fieles se llaman consumidores”, afirmaba en una entrevista.

El choque actual, asegura, no es entre civilizaciones, como afirmaba Samuel Huntington, ni siquiera entre religiones, sino entre el concepto islámico de ulfa (amor generoso, desprendido, altruista) y el consumismo occidental, individualista y feroz. O quizá, apuntó en uno de sus artículos, sea un choque de sueños: El hombre moderno ha olvidado la religión, pero lo sagrado sobrevive, enterrado en su inconsciente. Ahí está el enigma y quizá la razón del desencuentro.

¿Islam y feminismo?

De por si la imagen que tenemos cuando pronunciamos islam (o sus derivados) suele ser negativa, cargada de muchosfatima-mernissi-intelectual (1) significados que se le han ido colgando a la palabra hasta el punto de crear recelo, cuando no rechazo abierto. Nuestra ignorancia ha llegado hasta el punto de creer que el “burka” es musulmán y/o un símbolo religioso, cuando no es ni lo uno ni lo otro, es “Una forma de terrorismo intelectual, religioso y moral contra la libertad de las mujeres”, tal y como afirma Wassyla Tamzali.

Sobre feminismo hemos hablado en alguna otra ocasión, constatando que la palabra no es muy del gusto de las mujeres africanas, aunque otras, como Chimamanda, lo defienden con naturalidad. Se trata de  una cuestión de conceptos, no de principios.

Lo cierto es que no hay un feminismo monolítico, tampoco dentro del mundo musulmán (mucho más amplio que el mundo árabe). Aunque unir feminismo e islam puede originar, en el mejor de los casos desconcierto, existen desde la década de los 90 diferentes corrientes en su seno, algunas con sub-corrientes: “feminismo árabe”, “feminismo musulmán”, “feminismo islámico” y “feminismo laico”, que conviven y en ocasiones se mezclan.

No existe un único feminismo musulmán

Sin duda si hablamos de feminismo árabe el nombre que primero nos viene a la cabeza es el de Nawal al Saadawi, quien no distingue entre hombre y mujer, oriente y occidente, norte y sur… para ellaEl feminismo es liberar la mente del sistema patriarcal, de la religión y del capitalismo, que son las principales amenazas para la mujer. Aunque no solo son amenazas para la liberación de la mujer sino también para los pobres. Yo no separo entre la opresión de clase y la opresión patriarcal.”

Otras mujeres árabes como Asma Lamrabet defienden que  “El feminismo islámico es el feminismo como lo conocemos en el resto del mundo, con principios universales, que reivindican libertad, emancipación y dignidad para la mujer. Es islámico porque se refiere a unos principios que están en nuestra cultura en lo referente al mensaje espiritual que encierra el islam (…) Lo que quisiera aclarar es que cuando hablamos de religión, hablamos de sistema, de una ideología religiosa y de una institución religiosa, pero dentro de todas las religiones hay un mensaje espiritual. Lo que ha traído la discriminación de la mujer son las instituciones religiosas y el sistema religioso, no el mensaje. Nosotras queremos reivindicar los derechos a partir de este mensaje espiritual y luchar contra las instituciones religiosas, que son las que han hecho una lectura patriarcal del mensaje espiritual.”

La argelina Wassyla Tamzali es una representante del “feminismo laico” (que defiende separación entre religión y ámbitos políticos y sociales). Ella mantiene que el “feminismo islámico es un oxímoron, una impostura que se ha infiltrado no sólo en las universidades, sino en organismos internacionales como la Unesco. No nos engañemos. El feminismo es una ideología de liberación y el Islam es de obediencia.

Muchas mujeres musulmanas se quejan de cómo, en ocasiones, se las ha mirado/se las sigue mirando desde el mundo occidental por encima del hombro. A menudo se da una conexión entre cultura y opresión que 3termina en una visión de la mujer musulmana como víctima, a la que se conmina a abandonar sus creencias para liberarse. Se ha centrado la visión con bastante frecuencia en cuestiones como la del velo, sin tener en cuenta los otros miles de condicionantes que provocan su situación. Partiendo de que las situaciones que les sobrevienen son globales y las pueden padecer cualquier mujer en cualquier punto del planeta, a veces se ha presupuesto que con darles lecciones sobre cómo tienen que actuar con temas como el anterior estamos ayudándolas a levantar por fin el yugo de su sometimiento. Cuando lo que las oprime tiene que ver también con la pobreza estructural o el racismo, por ejemplo, se las ha orientado a negar su propia cultura.

El problema es que “a la mujer musulmana no se la ve como individuo sino como portadora de una cultura. Es una visión que niega la existencia de movimientos sociales de todo el mundo. Es una visión orientalista, que evoca lo exótico” dice la historiadora irlandesa Mary Nash.

De Fatima Mernissi se ha dicho que fue un cruce de caminos.

Aportaciones de Mernissi

Tras estudiar los textos coránicos, Mernissi concluyó que no hay nada en El Corán que sea discriminatorio con la mujer. Ha sido una lectura histórica del mismo, la elección de unos hadices  los más conservadores frente a otros lo que provocó que la visión misógina se extendiera y asentará en gran parte del mundo musulmán. No fue el profeta Mahoma quien empezó a considerar a las mujeres como personas de segunda clase, sino otros hombres después de él.

Si los derechos de las mujeres son un problema para muchos hombres musulmanes de hoy, no es por causa del Corán ni del Profeta, ni de la tradición islámica, sino simplemente porque esos derechos entran en conflicto con los intereses de una élite masculina. No es sólo que hayan manipulado los textos sagrados, sino que esa manipulación es una característica estructural de la práctica del poder en las sociedades musulmanas

Fatima Mernissi fue crítica con el mundo occidental. En el libro El Harén en occidente sacó a relucir la supuesta libertad que poseen las mujeres occidentales a partir de un incidente que tuvo en unos grandes almacenes americanos, y que tituló “El harén de la mujer occidental es la talla 38.  También arremetió contra el canon de belleza occidental actual que obliga a las mujeres a permanecer siempre jóvenes.

Y siempre se hizo eco de las voces de las mujeres. Silenciadas y relegadas al olvido. Mujeres que tuvieron poder político y fueron intelectuales que marcaron su época. Nunca más olvidadas.

La falta de democracia, de libertad para las mujeres, durará poco, a juicio de Mernissi. La socióloga marroquí destaca que en numerosos países musulmanes está surgiendo una élite femenina que llega a la universidad y a las profesiones liberales. “Por eso digo a los europeos: si queréis un Mediterráneo equilibrado, no hay que invertir en armas, sino en promoción de la mujer. Una mujer analfabeta tiene de cinco a seis hijos; si tiene estudios secundarios, sólo tres”, argumenta.

Mernissi a través de sus libros

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El harén político: el profeta y las mujeres (1987) Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, y El velo y la élite masculina (1987)

En el ensayo El harén político estudia el papel de las esposas de Mahoma. Mernissi profundiza en el Corán y  en la vida de Mahoma para demostrar que el Profeta intentó ayudar a las mujeres y que luego sus palabras han sido manipuladas.El libro fue censurado en Marruecos, al igual que El velo y la élite masculina.

El poder olvidado. Las mujeres ante un islam en cambio (1995) Editorial Icaria, 2010

“En él recopiló una serie de artículos escritos en los años ochenta y principios de los noventa que intentaban responder, desde diferentes ángulos, a la pregunta que la obsesionaba por aquel entonces: ¿por qué los Estados árabes son tan hostiles a las mujeres? ¿Por qué no las pueden ver como fuerza motriz del progreso? “No comprendí el misterio de la hostilidad estatal hacia la mujer -afirmó en una ocasión- hasta que estalló la guerra del golfo Pérsico. Fue entonces cuando se vio claramente que no se trataba de una guerra contra la feminidad sino de una guerra contra la democracia.” [Fuente]

El miedo a la modernidad (1992) Ediciones del Oriente y del Mediterráneo

“Cuando los europeos dicen que el islam no es compatible con la modernidad, ¿a qué islam se refieren: al de quince siglos de experiencias que abarcan desde Indonesia al Senegal, al de la modernidad del emir del Golfo, al del chófer del emir o al del emigrado palestino que trabaja para el emir? Creo que un musulmán sería un estúpido si no utilizase los beneficios que le reporta la modernidad: el teléfono, el fax, el ordenador, el coche; Jomeini utilizaba la casete; pero queda un espacio al que no llega esa modernidad: los derechos humanos…” [Fuente]

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Las sultanas olvidadas (1990)  Muchnik Editores, 1997

Las sultanas olvidadas es un libro apasionante sobre las relaciones tormentosas entre las mujeres, el poder polí- tico mundano –en este caso, claramente diferenciado del poder espiritual–, y el olvido que las lecturas interesadas de la historia han depositado sobre el protagonismo de las mujeres árabes. El libro comienza su larga y prolija andadura a partir del asombro que, al parecer, produjo el que Benazir Bhuto, una mujer, ocupara democráticamente el poder en un estado musulmán.” (María José Guerra, “Mujeres, Poder político e Islam”)

Sueños en el umbral. Memorias de una niña del harén (1994) Editorial Península

Es su única obra narrativa. En ella desgrana su infancia y juventud en el ámbito limitado y estrecho del harén doméstico. Allí las mujeres logran traspasar sus límites, y no ceden. Tanto su madre como su abuela querrán que a Fatima le crezcan alas que la eleven.

“Por alguna razón, decía mi padre, cuando Alá creó el mundo separó a los hombres de las mujeres y colocó un mar entre musulmanes y cristianos. Existe armonía cuando cada grupo respeta los límites de los demás; la transgresión sólo causa pena y desdicha. Pero las mujeres soñaban con ella continuamente. Su obsesión era el mundo del otro lado del umbral. Fantaseaban durante todo el día con pasear por calles desconocidas, en tanto que los cristianos seguían cruzando el mar, trayendo consigo la muerte y el caos.” [Fragmento]

El amor en el Islam (2008) Ed.Aguilar

El amor en el Islam se reedita más de 20 años después de su creación debido en parte al redescubrimiento de una de las obras que lo inspira, El Collar de la Paloma, un tratado amoroso escrito por Ibn Hazm en el siglo XI que ha conseguido una importante difusión en los últimos tiempos gracias a Internet. Aquí podéis leer el prefacio a la moderna edición donde Mernissi reflexiona sobre este revival inesperado.

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Fatima Mernissi (1940-2015)

Baldwin & Achebe, el día que se conocieron

He estado buscando fotografías de escritores disfrutando del sol, durante semanas. Casi había arrojado la toalla cuando localicé dos imágenes de James Baldwin y Chinua Achebe paseando por la playa de Saint Augustine (Florida). La primera instantánea me pareció muy buena, por la naturalidad con la que ambos son fotografiados, sin posar, y por sus atuendos informales que dicen más de lo que parecen. El del estadounidense (Baldwin) es más serio y funcional, excepto por las gafas, y el del nigeriano (Achebe) nos trae resonancias africanas gracias a los elefantes y leopardos que tapizan su camisa. Caminan muy próximos, pero cada uno parece inmerso en su propio mundo.

Achebe conoció a Baldwin en 1980 cuando ambos fueron invitados para abrir una conferencia en Gainesville patrocinada por la African Literature Association (ALA). Esta fotografía fue tomada tras ese primer encuentro. Mucho antes sus vidas habían comenzado en lugares muy alejados sin saber que un día ambos serían considerados figuras de primera magnitud en el mundo literario, y que siete años después el norteamericano fallecería, víctima de un cáncer de estómago, sin poder cumplir la profecía que había pronunciado delante del nigeriano en aquel encuentro literario, en la que pronosticaba que él vería nacer el siglo XXI “por su propia terquedad”.

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James Baldwin se crió en las calles del Harlem neoyorquino, que tanto marcarían su trayectoria posterior, en donde nació en 1924. Su familia, descendiente de esclavos, era muy pobre, tuvo que hacerse cargo de sus hermanos más pequeños, y él, habitual morador de las calles, encontraría en ellas demasiada realidad hasta el punto de llegar a decir: “A la gente le cuesta menos llorar que cambiar, una regla de psicología que la gente como yo aprendió en la calle siendo niño”. Su padre fue un severo pastor baptista y él mismo fue predicador para después apartarse de la religión, pero sin poder dejar atrás del todo su formación que se introduce en sus obras. Su cuerpo era menudo, de poca estatura, pero poseía un rostro singular que se llenaba con sus dos ojos saltones y su imponente nariz. Era (pongamos etiquetas) un norteamericano negro y homosexual (se podría añadir también y pobre) que vivió exiliado en Francia. Y escribió sobre ello; clamó contra las desigualdades que ambos colectivos soportaban, aún más él que lo vivió por partida doble, pero sobre todo luchó por los derechos civiles desde su inmensa humanidad,“no soy pobre ni negro ni gay ni norteamericano: esas son distracciones que no dejan a los demás verme como un ser humano”, llegó a afirmar.

La familia de Chinua Achebe era igbo, una de las etnias que habitan Nigeria. Nació en 1930 y su infancia fue un “cruce de culturas” entre el mundo de educación occidental cristiana al que le empujaba su padre, y el de sus orígenes. Gracias a sus capacidades y a su entorno, pudo estudiar en colegios en los que se formaba a la futura élite nigeriana. Sus padres (unos pastores protestantes) le educaron dentro de la nueva religión, pero él pronto demostró su intención de volver a sus raíces, dejando su nombre inglés de lado (estaba bautizado como Albert) y recuperando su nombre original. Como parte de aquella élite privilegiada, formó parte del gobierno efímero de Biafra, experiencia que le resultó decepcionante. Escribió sobre el poder y sus vasallajes, sobre el horror y la deshumanización. Y contó la historia de la colonización por la boca de un africano, intentando siempre transmitir a sus lectores “que su historia, a pesar de todas sus imperfecciones, no fue la larga noche de salvajismo de la que los europeos, actuando en nombre de Dios, vinieron a liberarnos”. Fue el escritor que Mandela leía en la cárcel, el líder sudafricano se refirió a Achebe y a su obra como una fuerza “en cuya compañía los muros de la prisión se derrumbaban”.

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En un artículo titulado The Day I Finally Met James BaldwinChinua Achebe recordaba aquel encuentro que se había postergado varias veces a lo largo del tiempo. El nigeriano anotaba que estuvo dando vueltas a cómo iniciar la conferencia. Una vez en el escenario en el que su interlocutor esperaba, se giró hacia él para decirle, en una transposición de aquella célebre frase: “El Señor Baldwin, supongo“, lo que obtuvo por respuesta un cambio de semblante en el rostro grave y serio del escritor norteamericano que se tornó sonriente, desmoronándose al instante en una amplia sonrisa feliz. El público lo tomó con alegría aplaudiendo y profiriendo exclamaciones joviales, creando un ambiente positivo y a la vez serio. Todo iba perfecto en aquella conferencia anual de la ALA. Baldwin hablaba de Todo se desmorona, la novela que había encumbrado a Achebe, “la había leído en francés”, añadiendo que trataba de personas y costumbres que desconocía, pero que al leerlas, las había reconocido en su plenitud. “Aquel hombre, Okonkwo, es mi padre” había afirmado cuando una voz irrumpió la charla por el sistema de megafonía. Alguien comenzó a lanzar insultos racistas contra Baldwin, quien tras aparecer nervioso en un primer momento, se irguió y respondió al intruso. La conferencia continúo y, a pesar de que la muerte no les volvió a dar la oportunidad de volver a estar juntos, Achebe no dio por terminada la charla entre ellos.

Fueron dos seres muy diferentes, tanto a nivel humano como a nivel literario. Y eran negros. Uno sabía lo que era la esclavitud, la discriminación, la injusticia y el racismo. El otro sabía lo que era la colonización, la deshumanización, la explotación, la corrupción y el racismo. Demasiadas palabras para nombrar lo mismo: el rechazo, la negación y la desigualdad. Ninguno se ponía ninguna venda innecesaria: sabían y reconocían también que entre “los suyos” se originaban situaciones injustas y terribles. En aquella charla, el racismo contra Baldwin también le dolió a Achebe; por familiar que fuera no dejaba nunca indiferente, la misma rabia aparecía de nuevo en otro lugar. Los dos sabían de qué se trataba: la archiconocida supremacía blanca. Eran dos caras (todavía lo son) diferentes y complementarias.

Miro la extraña segunda fotografía que he localizado de aquel encuentro. Ésta es en blanco y negro, con los dos escritores frente a frente, en la misma playa, con idéntico atuendo, pero ahora se están mirando, no permanece cada uno en su mundo, parecen mantener un diálogo. James Baldwin se ha quitado sus gafas de sol, un parapeto innecesario. La altura de Chinua Achebe le dota de una posición privilegiada, pero entre ellos no se aprecia rivalidad ninguna, al contrario. Añade Achebe que Baldwin no tenía miedo de nadie ni de nada. Tampoco él lo tuvo. Al fondo, unas olas lamen la orilla. El viento levanta las solapas de la camisa del norteamericano, al igual que en la primera instantánea hacía lo mismo con la del nigeriano. Entre ambos, alrededor, junto y en, parece fluir el comienzo. África. Siempre África.

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Fotografías: James Baldwin and Chinua Achebe in St. Augustine, Florida, 1980. Vía Okayafrica

Recordando a Achebe

Chinua Achebe 1967

El 21 de marzo pasado se cumplieron dos años del fallecimiento de Chinua Achebe. Está considerado uno de los más grandes (influyentes) escritores del continente africano, adquiriendo su figura carácter universal. Son muchos los que se consideran deudores de su persona, y los que agradecen su camino que logró colocar la literatura del continente en primer plano y, con ella, a sus escritores.

Por mi parte, le tengo que agradecer en especial que me diera la idea para abrir este blog, cuando leí que, en una conferencia, había recordado este proverbio africano: “Hasta que los leones tengan sus propios historiadores, la historia de la caza siempre glorificará al cazador“. Nada más leerlo, supe que había llegado el tiempo de escuchar a los leones.

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Achebe nació en 1930 (Ogidi-Nigeria) dentro de la cultura igbo, lo cual marcaría su trayectoria literaria en la que reflejaría la lengua y cultura de su pueblo, a través de una gran riqueza de proverbios, fábulas y cuentos, rituales o costumbres. Sus padres (unos pastores protestantes) le educaron dentro de la nueva religión, pero él pronto demostró su intención de volver a sus raíces, dejando su nombre inglés de lado (estaba bautizado como Albert) y recuperando su nombre original.

Durante los años de su primera escolarización, Achebe pasaba gran parte de su tiempo en la biblioteca de la escuela leyendo a autores como Charles Dickens, W. B. Yeats, Joseph Conrad y Robert Louis Stevenson, destacando por su erudición y su facilidad al escribir. Después, fue uno de los primeros estudiantes que se graduaron en la “Universidad de Ibadan”, lugar en el que coincidiría con otros escritores como Wole Soyinka o  John Pepper-Clark. Se formó como productor de radio y director de radiodifusión externa, estudió en la BBC en Londres en 1956 y durante este período comenzó su carrera como escritor.

Colaboró en revistas (como la prestigiosa revista literaria Okike, en la que jugosos debates dieron lugar al libro Hacia la descolonización de la literatura africana, escrito por Chinweizu, Jemie y Madubuike), fue el editor de la serie “African Writers Series” que, fundada en 1962 por la editorial Heinemann, recogía las obras de los escritores africanos, siendo casi la única posibilidad de ver sus trabajos publicados, y fue el escritor que Mandela leía en la cárcel. El líder sudafricano se refirió a Achebe y su obra como una fuerza “en cuya compañía los muros de la prisión se derrumbaban.”

Cuando todo se desmorona 

Things-fall-apartEn 1958 inició su “trilogía africana” con Todo se desmorona, a la que siguieron La flecha de Dios [1986] y Me alegraría de otra muerte [2011].

Sin duda, fue su primera novela Things fall apart (Todo se desmorona), escrita en inglés como el resto de su narrativa, la que le encumbró. Traducida a más de cincuenta lenguas (se puede encontrar en euskera, catalán y gallego) es la obra más (re) conocida de un escritor africano. Centrada en la época colonial, aportaba el punto de vista de un africano contando su historia.

Achebe, a través de la historia de Okonkwo y su pueblo, desafió al eurocentrismo y lo hizo sobre todo para los propios africanos, para que superaran el estado permanente de humillación y subestima, “yo estaría completamente satisfecho si mis novelas, especialmente las que situé en el pasado, hubieran servido al menos para enseñar a mis lectores que su historia, a pesar de todas sus imperfecciones, no fue la larga noche de salvajismo de la que los europeos, actuando en nombre de Dios, vinieron a liberarnos (Cbinua Achebe, “The novelist as teacher”, en Hopes and Impediments, Doubleday, Nueva York, p.45, traducción María Sofía López Rodriguez).

En 1966 publicó Un hombre del pueblo. Esta novela pertenece a la llamada “literatura del desencanto“. El tiempo del colonialismo ya pasó y ese final, que se descargaanhelaba lleno de ilusiones, se fue desinflando sin remedio. El escritor había mostrado su disgusto con una Nigeria donde los líderes que había luchado por la independencia se habían convertido en traidores después de alcanzar el poder, y habían sacrificado su país a cambio de comodidades y lujos.

Es en ese punto en el que se colocó Achebe para narrarnos esta historia, llena de humor e ironía, y situada en un lugar indeterminado de África, en donde un joven maestro, Odili, es invitado por quien había sido su profesor, el jefe Nanga, un hombre del pueblo convertido en el todopoderoso y corrupto ministro de Cultura. Un texto de una triste vigencia.

Además de Termiteros de la sabana [1987], publicó cuentos, libros para niños, poemas y diversos libros de ensayos, hasta llegar a escribir el último de sus libros en el que hablaba sobre la historia de Biafra: There was a country: a personal history of Biafra [2012]. Achebe participó en el aparato cultural de la efímera República de Biafra (1967-1970) y en el libro habla sobre ello. “Mi objetivo no es proporcionar todas las respuestas, sino plantear preguntas y quizás provocar algunos dolores de cabeza” dijo al respecto.

Su obra más polémica

En 1975 escribe un breve texto titulado “Una imagen de África: nazismo en El corazón de las tinieblas, de Conrad“ que ocasionó un gran revuelo tras su publicación. Se trata de una lectura muy crítica del conocido libro de Joseph Conrad argumentado que “(la novela) proyecta la imagen de África como “el otro mundo”, la antítesis de Europa y, por tanto, de la civilización, un lugar donde la cacareada inteligencia y refinamiento del hombre son finalmente burlados por la bestialidad triunfante”.

Desde la antítesis que el libro del escritor polaco plantea ya desde el inicio, entre dos ríos; uno 8ebab60a392abc763813ddcdff7a83bfeuropeo, el Támesis (la civilización), el otro africano, el Congo (el salvajismo), de donde parte y a donde llega Marlow, Achebe va mostrando sus argumentos para mostrar lo pernicioso de la novela.

Achebe no dudó en llamar racista a Conrad. Para ello eligió fragmentos de la novela tan significativos como éste: “los hombres  eran… No, no eran inhumanos. Bueno, sabéis, eso era lo peor de todo: esa sospecha de que no fueran inhumanos brotaba en uno lentamente. Aúllaban y brincaban y daban vueltas y hacían muecas horribles, pero lo que estremecía era pensar en su humanidad (como la de uno mismo), pensar en ese remoto parentesco de uno con ese salvaje y apasionado alboroto. Desagradable. Sí, era francamente desagradable; pero sí uno fuera lo bastante hombre, reconocería que había en su interior una ligerísima señal de respuesta a la terrible franqueza de aquel ruido, una oscura sospecha de que había en ellos un significado que uno, tan alejado de la noche de los primeros tiempos, podía comprender”.

Los estudiosos de El corazón de las tinieblas suelen decirte que a Conrad no le preocupaba tanto África como el deterioro de una mente europea causada por la soledad y la enfermedad. Te señalan que Conrad es, si acaso, menos caritativo con los europeos de la historia que con los nativos, que el tema del relato consiste en ridiculizar la misión civilizadora de Europa en África (…) En parte esa es la cuestión. África como escenario y telón de fondo que elimina al africano como factor humano. África como campo de batalla metafísico dedicado a toda la humanidad reconocible, en el que el europeo errante penetra por su cuenta y riesgo (…) La auténtica cuestión es la dehumanización de África y los africanos que esta eterna actitud ha fomentado y continúa fomentando en el mundo. (pág. 49)

Fuera de África

Desde la década de los 90 residió en Estados Unidos, donde ejerció de profesor y en donde un accidente de tráfico le postró en una silla de ruedas. Allí le alcanzaría la muerte el 21 de marzo de 2013, unos meses antes que a Nelson Mandela.

Es, cuando menos extraño por decir algo, que se le escapara, en reiteradas ocasiones, el “Nobel de Literatura”. En una entrevista para “The Sahara reporters“, Wole Soyinka reveló, tras la muerte de Achebe, que había recibido peticiones para que mediara en la concesión del premio con carácter póstumo, lo cual el laureado consideraba que era hacer un flaco favor tanto a la obra del escritor, como a la propia literatura que emana del continente. En 1988 un reportero le había preguntado al propio Achebe sobre su sentimiento por no haber ganado el Nobel, a lo que él respondió: “Mi posición es que el Premio Nobel es importante, pero es un premio europeo. No es un premio africano”.

Y lo suyo era África.

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La obra de Chinua Achebe en euskera, catalán y gallego:

Mal fin de semana para las letras, nos dejan: André Brink y Assia Djebar

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Este fin de semana han muerto dos grandes escritores: del norte y del sur africano. Un hombre y una mujer. Nacieron con un año de diferencia y han fallecido el mismo día, el 6 de febrero. Dos activistas, dos personas comprometidas, versátiles, y dos escritores imprescindibles.

André Brink (Sudáfrica, 1935)

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André Brink fallecía, en un vuelo con destino a Ciudad del Cabo desde Ámsterdam, donde había recibido un doctorado honorario,  a la edad de 79 años. Novelista, dramaturgo, escritor de viajes, traductor, escritor, crítico y académico. Sudafricano de nacimiento, estudió también en París y después regresó a su tierra. Comprometido luchador contra el apartheid, fue uno de los promotores del movimiento literario anti-apartheid de los “Sestigers” (escritores de los 60 que pretendían formar una tradición literaria en afrikaans que se distinguiera claramente de la de lengua inglesa, y ampliar los límites de la ficción en dicha lengua). Los miembros del grupo “Die Sestigers” propusieron una literatura comprometida: la literatura afrikaans debía contribuir con sus propios medios a cambiar las condiciones sociales y tratar los temas sociopolíticos de actualidad [*].

Su debut como escritor lo realizó en 1962 con la publicación de su novela Lobola vir die lewe (Brink escribió tanto en afrikaans como en inglés). Su novela Kennis van die aand (publicada en 1973 y traducida al castellano bajo el título Mirando la oscuridad), fue la primera novela escrita en afrikaans prohibida por el gobierno del apartheid.

En 1976, An Instant in the Wind fue seleccionada para el Booker Prize, situación que se repitió en  1978 con su novela Rumours of Rain. Recibió múltiples premios y fue nominado al Nobel de Literatura en varias ocasiones.

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Cartel película “A Dry White Season”

Su mayor éxito internacional llegó con A Dry White Season, escrita en 1978, que cuenta la historia de un sudafricano blanco que investiga la muerte de dos amigos negros,  padre e hijo, opuestos al régimen del apartheid.

Fue llevada al cine y protagonizada por Donald Sutherland, Susan Sarandon, Zakes Mokae y Marlon Brando, quien fue nominado a un Oscar por “Mejor Actor de Reparto”.

Tras las rebeliones estudiantiles de Soweto, desaparece un estudiante. El profesor empieza a buscarlo y, a lo largo de las indagaciones, aprende dolorosamente que no se trata de una ley que obedece a una estructura burocrática sino que tiene que lidiar con una tremenda máquina de matar, que está dispuesta a llevar adelante su perversa noción de «ley» y «superioridad racial» con una extrema brutalidad. Al proporcionar una nueva perspectiva sobre la concienciación política del ciudadano corriente de clase media, André Brink, con esta novela, enriqueció la literatura sudafricana. Sin embargo, desde el punto de vista estrictamente literario, es su obra de ficción más floja. [Diccionario de Literatura del África subsahariana. Editorial Virus. pág. 35]

Tradujo más de 60 obras al afrikaans, entre ellas Don Quijote de la Mancha.

Su última novela publicada fue Philida (2012) con la que volvió a quedar finalista del Man Booker.

Obras publicadas en castellano:

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Mantis religiosa. La Otra Orilla

El embajador en París (1963). Javier Vergara Editor
Un instante en el viento (1976) An Instant in the Wind. Javier Vergara Editor
Rumor de lluvia (1978) Javier Vergara Editor
Mirando a la oscuridad (1979) Editorial Diana
El muro de la plaga (1984) The Wall of the Plague. Javier Vergara Editor
Estados de emergencia (1988). Javier Vergara Editor
La primera vida de Adamastor (1994) Anaya & Mario Muchnik
Al contrario (1996) Anaya & Mario Muchnik
Los derechos del deseo (2002) Ediciones del Bronce
Mantis religiosa(2005). La Otra Orilla

[*] Diccionario de Literatura del África subsahariana.

Assia Djebar (Argelia, 1936)

assia_djebar2 assia_djebar Assia Djebar copyright Giovannetti/effigie

Assia Djebar, seudónimo utilizado por Fattma Zohra Imalhayène, falleció a la edad de 78 años, en un hospital parisino. Nació en una Argelia aún colonia francesa. Por línea materna tenía antepasados bereberes lo que con frecuencia ha aflorado en su literatura. Su padre la envió en 1955 a la escuela normal superior en Sèvres (Francia), antes ya había pasado por la escuela coránica, convirtiéndose en la primera mujer musulmana en conseguir ser aceptada.

En 1956, durante la huelga de estudiantes argelinos en París, escribió su primera novela, La Soif. Su hermano fue detenido a los 17 años en la guerrilla. Assia colaboró, en 1958, en el Moudjahid del Frente de Liberación Nacional (FLN). Después de la independencia argelina, en 1962, regresó a su país y trabajó como profesora de historia moderna y contemporánea, en la Universidad de Rabat y luego ingresó como docente a la Universidad de Argel.

Tras el golpe de estado de Boumedian, se trasladó a París, donde se dedicó a actividades de crítica literaria y cinematográfica y al teatro. En 1973  puso en escena una obra teatral sobre Marilyn Monroe, de Tom Eyen. En 1974 regresó a la Universidad de Argel. En los años siguientes realizó dos largometrajes (“La Nouba des femmes du mont Chenoua“, premio de la crítica en la Bienal de Venecia de 1979 y la “Zerba ou les chants de l´oubli”)

He tenido dos maridos y de los dos me he separado. Mi hija vive en París; mi madre, entre París y Argelia. Yo vivo sola en Estados Unidos y vivir sola me permite una especie de exilio muy especial. Siempre he vuelto a Argelia, incluso en los años más negros, entre 1992 y 1997, porque mi hija estudiaba allí. Ahora las cosas están mejor. La resistencia de las mujeres, de los opositores y de los demócratas ha impedido que Argelia se convierta en una república integrista. [Fragmento entrevista realizada por Rosa Mora en 2002 para el periódico “El País”]

Miembro de la Academia Francesa de las Letras (primera mujer de origen magrebí en serlo), manifestó, en el discurso pronunciado con motivo de la recepción del Premio de la Paz 2000, “la imperiosa voluntad de no olvidar”. Bajo este propósito inició con El amor, la fantasía la redacción de un cuarteto para contar la historia de Argelia colonizada y, al tiempo, su propia historia.

Su nombre aparecía una y otra vez en las nominaciones al Nobel de Literatura sin que llegara a conseguirlo nunca. Sí que se hizo con numerosos reconocimientos, entre otros, el prestigioso Neustadt en 1996.

Contó la historia desde el punto de vista de la mujer. Su compromiso con la liberación de la mujer argelina se propuso como parte integrante de la liberación nacional. Exprimió la escritura para contarse a si misma, al tiempo que contaba la desangrada historia argelina. Puso voz, en francés, pero volviendo siempre la mirada a su lengua materna, a la historia de múltiples mujeres silenciadas, valientes y a menudo “fugitivas sin saberlo”.

Obras traducidas al castellano y al catalán:

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  • “Cuarteto argelino”: compuesto por El amor, la fantasia (1985); Sombra sultana (1995); Grande es la prisión (1997); El Blanco de Argelia (1998) Ediciones Oriente y mediterráneo
  • Lejos de Medina: hijas de Ismael Alianza Editorial (1992)
  • Las noches de Estrasburgo Editorial Alfaguara (2002)
    • Les nits d Estrasburg [cat.] Edicions 62 (2002)
  • Sombra sultana Editorial Alpha Decay (2003)
    • Ombra sultana [cat.] Edicions 62 (2002)
  • Dones d’Alger en les seves estances [cat.] Pagés Editors (2002)
  • Sin habitación propia Editorial Lumen (2009)

[*] Fuentes consultadas : Ediciones Oriente y Mediterráneo

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