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Entradas de la Categoría ‘Postales literarias’

Dakar: mirando al cielo

Dakar 2009

Dakar es una ciudad enfollonada. Tal como la dejaste la mañana en que te fuiste. Caótica. Trepidante. Imprevisible, como esos locos harapientos, hisurtos y azorados con quienes nos cruzamos, echándonos a un lado con temor y repugnancia, en los cruces de nuestras calles. Todos los olores reunidos. Gasolina. Humo de tubos de escape. Pescado frito y salsa de cacahuetes de los almuerzos de los oficinistas, obreros y artesanos de los alrededores. Se ven carteles que rezan: Prohibido orinar, y es que la gente mea donde le pilla, un olor que se agarra a la garganta y se mezcla con los delicados perfumes de las preciosas chichas que surcan los bulevares vestidas de gala. Se pueden seguir a esas monerías con el olfato, de lo bien que huelen. Procede decir que también saben poner sobre ascuas a los jóvenes; entre policías y conductores de minibuses públicos, no hay día que no se produzcan carreras-persecuciones por las avenidas e incluso callejas que llevan  a Colobane o a Grand-Dakar: se trata sobre todo de buscarse la vida a diario, vendiendo avellanas tostadas o hervidas, mangos verdes o baratijas chinas, incluso algo de nuestra democracia: dicen algunos con voz trémula que este país es un escaparate de la libertad de expresión en un país tieso. No hay semáforo en que un vendedor de periódicos no te meta en las narices La Tribune, Les Dernières Nouvelles, Le Progès o Dossiers classès, siempre con los mismos políticos en primera plana, de lo que estamos más que hartos y que conoces bien, todos presumiento ser los únicos en poder por fin traernos salud, educación y justicia. […]

Dakar 2009

Además están los turistas. Sombreros de paja, bermudas, camisas amango y gafas de sol. Son los únicos en resistirse al torbellino y nunca parecen saber adónde van. Caminan lentamente, se detienen, siguen su camino para luego regresar. Así se tiran horas dando vueltas y te estás topando con ellos todo el día, en los mismos lugares, cámara en ristre. Siempre están mirando al cielo. ¿Acaso les contaron que nuestra ciudad está colgada allí arriba, sobre las nubes? Quizás intenten captar sus vibraciones secretas. Aunque es normal que unos seres acudidos de tan lejos lo curioseen todo. Ya se ven de vuelta en casa, con sus amigos. 

Y hablando.

El libro de los secretos, Boubacar Boris Diop. Editorial Almuzara (2016) pág. 33

Desde una Nairobi que no suelen contarte

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Nairobi por la noche. shaydest.wordpress.com

Cuando entré en Nairobi la ciudad brillaba. Había jóvenes que vestían mejor de lo que vestiría yo nunca. Los locales de moda seguían abiertos y la música electrónica retumbaba por toda la ciudad. Yo quería formar parte de esa Kenia loca. De esa juventud que escribía poesía y la gritaba, que se teñía el pelo de colores, que hacía cine y música. Esa Kenia ante la que nuestro mundo cerraba los ojos. La gente pedía tipos desnudos bailando a saltos, música de tambores y cascabeles y cuando venían se decepcionaban y pagaban un dineral por hacerle fotos al maasai tradicional para poder decir que habían estado en África.

Dudé tres segundos dudé si debía pasar por el hospital primero o podría parar antes a tomarme algo y celebrar que era joven y estaba en el corazón de Nairobi. Aparqué y entré en un local donde la gente bailaba enloquecida al ritmo que marcaba un DJ con el pelo de color azul. De nuevo yo vestía un look pordiosero y envidiaba esas camisetas con estampados de Star Wars o series de moda. Quería ser capaz de volver a subirme a unos tacones sin sentirme incómoda. En ese local no había turistas viejos a la caza de jovencitas; nada de pretensiones, sólo baile, sólo música electrónica, sólo alcohol y algo de drogas, seguro, escondidas en algún bolsillo de esos pantalones pitillo que lucían todos como uniforme.

Me pedí una Coca-Cola teniendo en cuenta que unas horas más tarde tendría que empezar a tomar las pastillas profilácticas que me limpiarían de la amenaza del Sida. Se me acercó un chico con el pelo a lo afro y gafas de pasta sin cristales. Vestía una americana fabricada con la típica tela que utilizaban las mujeres de Makuyu como falda, en la que se leían frases en swahili que significaban: “Solo Dios sabe” o “Despacio es mejor”.

Tierra de brujas (la vida en un psiquiátrico de Kenia), María Ferreira. Editorial Viajes al pasado (2016) pág. 82

Gran Valle del Rift: la grieta que algún día dividirá África

Montañas Virunga

Mountain Gorilla (Gorilla beringei beringei) in habitat Virunga Mountains, Rwanda

En el corazón de África se alzan las montañas Virunga, una cadena de montañas que alberga los últimos gorilas de montaña. Cada pocos años alguno de sus cráteres entra en erupción y envia densos ríos de lava por sus empinadas laderas, que barren los bosquecillos de bambú, llenos de niebla, en que viven los gorilas, y se abren camino a través de aldeas y granjas que entierran. Estos desastres locales se ven empequeñecidos por el gran cataclismo que está aún por venir. Las montañas Virunga son fieras ventanas a una fisura tectónica: el Gran Rift, que un día partirá África en dos, desde Eritrea hasta Mozambique. grieta_depresion_afar_etiopia

Vistos desde 3.000 metros de altura, desde el labio de un cráter, los distintos caracteres de estas dos futuras Áfricas son ya evidentes. Hacia el oeste, extendiéndose perezosamente hacia el océano Atlántico, hay 1.600 kilómetros de jungla congoleña, la bóveda aplanada por amenazantes nubes bajas llenas de lluvia. Hacia el este queda la alta y rocosa sabana de África oriental, fresca, llena de hierba, milogrosamente libre de mosquitos y extendiéndose por varios horizontes antes de sumergirse en el oceáno Índico. 

A distancia, la división puede parecer pacífica. El Rift africano se separa a la misma velocidad que crecen las uñas, ycaptura-de-pantalla-2012-12-15-a-las-15-28-26 un proceso que comenzó hace cien millones de años tardará otros diez millones, al menos, en completarse. De cerca, sin embargo, la separación puede ser violenta. En 2002, la montaña Virunga más alta, el monte Nyiragongo, escupió un río de lava de 300 metros de ancho hacia la segunda ciudad más grande de Congo, Goma, dividiéndola en dos e incinerando o asfixiando a 147 personas. Tres años más tarde y varios cientos de kilómetros al noroeste, un grupo de aldeanos etíopes observaban impotentes cómo se abría un agujero en la tierra, a sus pies, de seis metros de ancho y 58 kilómetros de largo, devorando cabañas, pequeñas colinas y un pequeño rebaño de aterrorizados camellos.

Al cabo de un tiempo, llegué a ver el destino sísmico del continente como una metáfora de su más inmediato futuro humano. El Rift es un caldero de violencia y muerte. Pero es también una fuente de vida. De la devastación salieron insectos, animales, después el hombre y, ahora, una tierra completamente nueva. Y, también algún día, esta nueva África será libre.

La gran grieta, Alex Perry. Editorial Ariel  (2016) págs,18-19

Fotos: (1)  instinctsafaris.com; (2) Grieta en Afar, Etiopía- apuntes.santanderlasalle.es; (3) Monte Nyiragongo – qualityruralblog.wordpress.com

Volver a Tipasa con Albert Camus

Tipasa (Argelia)

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En la primavera, Tipasa es habitada por los dioses y los dioses hablan en el sol y en el aroma de las hojas de ajenjo, en la armadura de plata del mar, en el azul puro del cielo, las ruinas cubiertas de flores, y las grandes burbujas de luz entre los grupos de piedras. A ciertas horas del día el campo se encuentra oscurecido de luz solar. Los ojos tratan en vano de percibir algo más que las gotas de luz y los colores que tiemblan en las pestañas. El aroma pesado de las plantas aromáticas hiere la garganta y sofoca en el vasto calor. A lo lejos, apenas puedo distinguir la masa negra del Chenoua, sembrada en las colinas alrededor de la villa, moviéndose con lento y pesado ritmo hasta finalmente acurrucarse en el mar […] Por el momento al menos, el choque de las olas contra la playa sin fin, vino hacia mí a través de un espacio danzante con polen dorado. Mar, tierra, silencio, aromas de estas tierras. Yo bebía a plenitud una vida plena de aromas, hundiendo mis dientes en la fruta del mundo, dorada ya, y dominado por la sensación de su jugo fuerte y dulce, corriendo por mis labios. No, no éramos ni yo ni el mundo los que cantábamos, sino solamente la armonía y el silencio que da nacimiento al amor entre nosotros.

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En Tipasa, el ver equivale a creer y no me obstino en negar lo que pueden tocar mis manos y acariciar mis ojos. No siento la necesidad de hacer de ello una obra de arte, pero sí de contar lo que es diferente. Tipasa se me antoja como esos personajes que describimos para expresar indirectamente una opinión sobre el mundo. Como ellos, da testimonio; y lo da virilmente. Ella es hoy mi personaje, y me parece que acariciándola, mi embriaguez no tendrá fin. Hay un tiempo para vivir y un tiempo para testimoniar la vida. Hay también un tiempo para crear, lo que es menos natural. Me basta vivir con todo mi cuerpo y testimoniar con todo mi corazón. Vivir a Tipasa, testimoniar, y la obra de arte vendrá luego. Hay en esto una libertad.
Nunca permanecí en Tipasa más de un día. Siempre llega un momento en que se ha visto demasiado un paisaje, lo mismo que se necesita largo tiempo antes de verlo bastante. Las montañas, el cielo, el mar son como rostros cuya aridez y esplendor se descubren a fuerza de mirar en vez de ver. Pero, para ser elocuente, todo rostro debe sufrir cierra renovación. Y se queja uno de fatigarse demasiado pronto, cuando debería admirarse de que el mundo nos parezca nuevo por haber sido solamente olvidado.

Foto: blog.grupoeuropa.com

Volvía a encontrar allí la antigua belleza, un cielo joven, y ponderaba mi suerte, comprendiendo por fin que en los peores años de nuestra locura el recuerdo de este cielo no me había abandonado nunca. Era él quien, para concluir, me había impedido perder la esperanza. Yo había sabido siempre que las ruinas de Tipasa eran más jóvenes que nuestras obras en construcción o nuestros escombros. El mundo empezaba allí cada día con una luz siempre nueva. «¡Oh, luz!», ése es el grito de todos los personajes enfrentados, en el drama antiguo, a su destino. Ese último recurso era también el nuestro y ahora yo lo sabía. En mitad del invierno aprendía por fin que había en mí un verano invencible.

Dans l'atelier d'Etienne, tonnelier, oncle de Camus a Alger en 1920 : Albert Camus (7 ans) est au premier plan, au centre, avec une blouse noire --- In the workshop of Camus' uncle (Etienne, cooper) in Algiers in 1920 : Albert Camus (7 years old) is in the c with black suit.

En la fotografía se ve a Albert Camus a los 7 años en Argelia (es el niño que está en el centro con una camisa negra). Sobre su regreso a uno de los lugares de su infancia, las ruinas de Tipasa, escribió Bodas en Tipasa en 1953 del cual he extractado los fragmentos anteriores. Allí hay un  monumento erigido en honor al escritor, en el cual está grabada una de las frases de aquel breve texto: “Aquí comprendo lo que llaman gloria: el derecho a amar sin medida”.

Isla de Lagos, Nigeria, 1975

El sábado por la mañana cogí el coche para ir a verla a la isla de Lagos cruzando el puente continental. Había algunos cargueros atracados en el puerto de la marina. Al bajar del puente, tuve una vista parcial del centro comercial que había llegado a conocer al volante. Un batiburrillo de rascacielos poblaba el horizonte, y dispersos entre ellos se veían desangelados edificios de cemento de una sola altura con tejados de chapa de zinc. Eran en su mayoría locales comerciales. En todos colgaba un rótulo necesitado de una mano de pintura. Una maraña de cables eléctricos y telefónicos se entrecruzaban entre ellos.

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Makoko, barrio de Lagos. Foto: Ruta33

El Atlántico zigzagueaba en torno a Lagos. A veces turbio y soso, otras estridente y salado, con sus diferentes nombres: aguas de Kuramo, arroyo de Cinco Caurís, Marina de Lagos, laguna de Lagos. Era la misma agua. Puentes de asfalto comunicaban las islas del continente, y el cielo siempre parecía tan triste como una persona que ha perdido interés por su amante. La gente apenas se fijaba en él, ni siquiera en sus ambarinas puestas de sol. Si el sol caía, quería decir que pronto no habría luz, y los habitantes de Lagos necesitaban ver por dónde iban. La iluminación urbana no siempre funcionaba.

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En Lagos vivían millones. Algunos oriundos de allí, pero la mayoría tenía sus raíces en provincias. Llegaban y se iban con los elementos, en trombas, como si el clima hubiera sido creado para ser castigo y recompensa. “Me pegaba el sol en la cabeza”, “me refrescó la brisa”. La mayor parte de los días, era como si hubiera mil millones de personas recorriendo el laberinto de calles y callejas: mendigos, secretarios, contratistas del Gobierno (ladrones, dirían algunos), pandilleros, niños de la calle. Se podía adivinar lo bien que comían por el estado de sus zapatos. Los mendigos, por supuesto, iban descalzos. Si nadie se fijaba en el cielo, era porque estaban todos ocupados mirando los vehículos. Había un barullo constante de coches, estallidos de motores y tubos de escape exhaustos, viajeros peleándose por subir a autobuses amarillos canario y a furgonetas privadas de transporte que llamábamos kabukabu y danfo. Llevaban epitafios bíblicos: León de Judá, Dios salva. Sus conductores iban como locos y contribuían a la incongruencia general: ganado pastando en un basurero, un hombre cruzando la autopista en una silla de ruedas, un vendedor ambulante con un diccionario Webster´s en una mano y un cepillo de váter en la otra.

Había un sinfín de vallas publicitarias: Pepsi, Benson and Hedges, Daewoo, Fideos al instante Indomie, Conduzca con cuidado, Combata el abuso infantil. Todos los olores se fundían en uno; piel sudada y gases, y hacía un calor que te iba haciendo fruncir más y más el ceño hasta que presenciabas algo que te hacía sonreír: un taxista haciendo comentarios morbosos, la gente insultándose a base de bien; muybienseñores, nuestros panegiristas urbanos o mendigos boderline, que alababan a cualquiera por dinero. ¡Jefe! ¡Profesor! ¡Excelencia!.

Era una ciudad difícil de amar; un pandemónium del comercio. El comercio florecía en cada minúsculo rincón de las calles; en las tiendas; en las cabezas de los ambulantes; hasta en los suburbios, donde los hogares se convertían en casas de finanzas o salones de peluquería, según las necesidades. El resultado final eran montones de basura en la calle, en las alcantarillas abiertas y en los mercados, que rendían tributo tanto a la suciedad como al comercio. Mi hora favorita era por la mañana temprano, antes de que la gente invadiera las calles, cuando el aire estaba fresco y sólo se oía la llamada de la mezquita principal: Allahu Akhbar, Allahu Akhbar. Aquellos cánticos en los momentos de mayor silencio en la ciudad tenían mucho sentido.

Todo lo bueno llegará– Sefi Atta, págs 105-106-107

 

Etiopía1962, vista por Mandela

Addis Abeba, febrero 1962

El CNA (African National Congress – Congreso Nacional Africano) fue invitado por el Movimiento Panafricano de Liberación para el África Oriental, Central y Meridional, a asistir a una conferencia en Addis Abeba, en febrero de 1962. Estas fueron las impresiones de Nelson Mandela.

Oliver Tambo y Nelson Mandela en el Africa Hall, Addis Ababa, Etiopia, 1962

Anteriormente conocida como Abisinia. Etiopía, según la tradición fue fundada mucho antes del nacimiento de Cristo, supuestamente por el hijo de Salomón y la reina de Saba. Aunque había sido conquistada docenas de veces, Etiopía era la cuna del nacionalismo africano. Al contrario que otros muchos estados africanos, siempre había combatido el colonialismo. Menelik había rechazado a los italianos el siglo pasado, aunque Etiopía no había conseguido hacerlo en éste. En 1930, Haile Selassie se convirtió en emperador del país y en la fuerza moldeadora de su historia contemporánea. Yo tenía diecisiete años cuando Mussolini atacó Etiopía, una invasión que no sólo espoleó mi odio hacia aquel déspota sino hacia el fascismo en general. Aunque Selassie se había visto obligado a huir cuando los italianos conquistaron el país en 1936, había regresado una vez que las fuerzas aliadas expulsaron a los italianos en 1941.

Etiopía siempre había ocupado un lugar especial en mi imaginación, y la perspectiva de visitarla me atraía más que un viaje a Francia, Inglaterra y Estados Unidos juntos. Sentía que era una visita al lugar de mi propia génesis, que en él descubriría las raíces de lo que me había hecho africano. Conocer al emperador sería como estrecharle la mano a la historia.

Nuestro primer alto fue en Addis Abeba, la Ciudad Imperial, que no hacía honor a su nombre, ya que era todo lo contrario a grandiosa, con sólo unas pocas calles asfaltadas y más cabras y ovejas que automóviles. Aparte del Palacio Imperial, la Universidad y el Hotel Ras, en el que nos alojamos, había pocas estructuras que pudieran compararse incluso con los edificios menos imponentes de Johannesburgo. La Etiopía contemporánea tampoco era un modelo a seguir en lo referente a la democracia. No había partidos políticos, órganos de gobierno popular ni separación de poderes; tan sólo contaba el emperador, que era la autoridad suprema.

Antes de la inauguración de la conferencia, los delegados nos reunimos en la diminuta ciudad de Debra Zaid. Se había erigido un gran estrado en la plaza central y Oliver y yo nos sentamos a un lado, alejados del pódium principal. De repente oímos la música distante de un único clarín y a continuación el sonido de una banda de metales acompañada por el retumbar constante de tambores africanos. Al aproximarse la música pude oír-y sentir-el rumor de cientos de pies marchando. Desde detrás de un edificio que había al borde de la plaza surgió un oficial que blandía una resplandeciente espada; a sus espalda marchaban quinientos soldados, en columnas de a cuatro, armados con rifles pulidos que llevaban apoyados sobre el hombre uniformado. Cuando la tropa llegó delante del estrado se escuchó una orden en amárico y los quinientos soldados se detuvieron al unísono, dieron media vuelta y efecturaron con toda precisión un saludo dirigido a un hombre mayor que vestía un deslumbrante uniforme: Su Alteza el Emperador de Etiopía, Haile Selassie, el León de Judea.

Por primera vez en mi vida veía soldados negros bajo las órdenes de generales negros ante el aplauso de líderes negros que eran todos huéspedes de un jefe de estado negro. Fue un momento embriagador. Esperaba que fuera un anticipo de lo que el futuro había de deparar a mi propio país.

Long way to freedom: the Autobiography of Nelson Mandela” / “El largo camino hacia la libertad: la autobiografía de Nelson Mandela”,1994. Editorial El País-Aguilar,1995. pág.304-305.
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Worku, el “Pelé etíope” recogiendo la Copa África en 1962 de manos del emperador Halie Selassie

 

Cuando Kapuscinsky habló de Lalibela

Lalibela  1975, Etiopía

jlinopina.blogspot.com

tmagazine.com

Finalmente, Lalibela. Es una de las ocho maravillas del mundo. Y si no lo es, debería serlo. Sin embargo, resulta difícil de ver. En la estación de las lluvias no se puede acceder por ninguna parte. En la seca, tampoco es fácil llegar. Se puede intentar en avión cuando lo hay. “Ébano 1998, Ryszard Kapuscinsky. Editorial Anagrama (2009) pág,147

Timkat Festival, Lalibela, Ethiopia (celebrating the baptism of Christ in the Orthodox Church)

Fiesta del Timkat. Lalibela

Porque he aquí lo que he visto: estaba de pie en un lugar desde el cual, abajo, se veía una iglesia excavada en la roca. La iglesia en cuestión es una mole de tres pisos recortada en el interior de una gran montaña. Y más adelante, en la misma montaña, e invisible desde el exterior, hay una segunda iglesia, y una tercera… Once iglesias enormes. Este prodigio arquitectónico lo construyó en el siglo XII el rey ahmara San Lalibela, y los ahmaras eran (y son) cristianos de rito oriental. Las construyó en el interior de la montaña para que los musulmanes que invadían aquellas tierras no pudiesen verlas desde lejos. Y aun así las veían, como las iglesias formaban parte integrante de la montaña, los musulmanes tampoco habrían podido destruirlas; ni siquiera tocarlas. “Ébano” 1998, Ryszard Kapuscinsky. Editorial Anagrama (2009) pág,147

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Ay, Harare

Harare, Zimbabue

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Ay, Harare. Su enigmática manera de vivir sin residencia fija, de vivir en unos bloques de pisos caros, pero anónimos y tristes. Una sociedad que ya no vivía de tiempo prestado, como en el pasado, pero sí de dinero prestado, de un plan de financiación, del mercado negro y de los escasos anticipos que sacaban con mucho trabajo del puño apretado del empresario. Harare, donde un grito en la noche era una señal para bajar las persianas; no es asunto mío quién asesina a quién.La casa del hambre 1978, Dambudzo Marechera. Sajalín editores (2014) pág,177

Harare 2001. A funeral procession in the new cemetery on the outskirts of Harare. Paolo Pellegrin

Por eso hay terror en Harare. (Suspira.). ¿Terror a qué? A la bondad y al amor. (Ríe). La casa del hambre 1978, Dambudzo Marechera. Sajalín editores (2014) pág,186

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in Shona, reads ‘White racists, please go home’. 1995.© Martin Parr/Magnum Photos

Después de toda mi vida en Zimbabue, solo conocía las poblaciones que se encuentran entre Mutare y Harare. Nunca sentí el deseo ni la inclinación de visitar otros lugares que no fueran imprescindibles para ir al colegio, al instituto donde estaba interno o a la universidad. Después, estuve exiliado nueve años en Gran Bretaña. Y, cuando regresé en 1982, me dejé caer en Harare de manera tan natural como un pez al que vuelven a echar a aquel lago que se había desbordado. Y no quería moverme de allí.La casa del hambre 1978, Dambudzo Marechera. Sajalín editores (2014) pág,178

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Nadie es profeta en su tierra. El corazón blindado del ciudadano permanece impasible ante la belleza del país. Quizás sea esa la explicación. Tan solo el visitante, el inmigrante, reconoce la personalidad sobrecogedora, a la vez que balsámica, de nuestro país. La casa del hambre 1978, Dambudzo Marechera. Sajalín editores (2014) pág,177

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