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Entradas de la Categoría ‘Relatos’

“Cuentos para niños perdidos” sin tabúes ni armarios del somalí Diriye Osman

 

Autor invitado: Federico Vivanco

Adentrarse en las páginas de la colección de relatos del escritor somalí, Diriye Osman (Mogadiscio, 1983), Cuentos para niños perdidos es, entre tantas cosas, refutar algunas de las teorías que sostienen algunos africanos sobre la homosexualidad en el continente: “la homosexualidad es una importación occidental”, “no existe en África”, “es un mal extranjero introducido por la colonia, sus descendientes o extranjeros”. Estas teorías, como así también algunos mitos, pierden fuerza cuando se contraponen con testimonios e investigaciones que confirman que las prácticas y las relaciones homosexuales en África existían desde épocas precoloniales. Estas fueron suprimidas y censuradas en gran medida durante la época colonial, teniendo el cristianismo un papel importante en su erradicación.

Cuentos para niños perdidos significa para las letras africanas no solo un gran aporte en lo que a su temática se refiere, representa también el primer texto LGTBIQ+ de un escritor somalí. Ante una sociedad y heteronormativa africana estos relatos ponen en duda y desestabilizan el concepto de las rígidas “tradiciones” del continente y la idea de una sexualidad monolítica africana. Como narra el personaje principal en el que quizá es el cuento más autobiográfico de Diriye Osman, «Tú silencio no te protegerá», “la comunidad somalí es tremendamente tradicional y ese sentimiento de tradición obliga al secretismo, la represión y el puritanismo” (p.121).

¿Qué ha significado la producción de estos relatos para su autor? ¿Y para su traductor? Muchas veces los lectores no somos conscientes del profundo proceso emocional que coexiste entre el texto original y su traducción final, ese bullir de emociones que cohabitan en el arduo y extenso trabajo de traducción. Para el escritor, ensayista, crítico y artista visual, Diriye Osman, imperó la necesidad de escribir y dar voz a una comunidad, la LGTBIQ+ somalí, que no tenía al 2013 —año de publicación de la obra original en inglés—un libro en Somalia que tratara dicha realidad. Para su traductor, Héctor F. Santiago, en el aspecto emocional significó enfrentarse a duros momentos donde “había que traducir ciertos pasajes en los que Diriye habla de la guerra en Somalia, la situación de los refugiados en Kenia o de la realidad diaria de alguien que padece trastornos mentales”. Uno de los desafíos y dificultades más grandes con las que se ha encontrado su traductor “fue intentar reflejar lo mejor posible en castellano el registro coloquial utilizado en la mayoría del texto. Supuso igualmente un reto mantener el tono sensual —y no pocas veces explícitamente sexual— de algunos pasajes sin caer en lo soez”.

A la necesidad de “escribir y dar voz” a una comunidad se le suma el derecho natural de contar con puño y letra su propia historia, de narrar una realidad que ha sido desdibujada por agentes ajenos al continente. Con relación a esta necesidad en su ensayo “Why We Must Tell Our Own Stories” (“Por qué debemos contar nuestras propias historias”) el polifacético escritor afirma que escribe,

“para cualquier persona que tenga interés en las vidas de los demás (…) pero mi interés principal es representar la experiencia compleja y universal de los somalíes. Hago esto porque la representación mediática de la comunidad somalí está basada en clichés repletos de piratas, líderes militares, mujeres pasivas y niñas cuya existencia parece no ser más que una nota a pie de página sobre los peligros primitivos de la mutilación genital femenina. Escribo porque hace tiempo que quiero darle voz a una comunidad que ha experimentado una gran variedad de desafíos pero que se enfrenta constantemente a estos con humildad, dignidad y un sentido del humor mordaz”.

Las historias que Diriye Osman nos narra se apartan significativamente de aquella visión negativa que tuvo la primera generación de autores africanos, allá por los años 60 cuando se respiraban aires frescos de utópicas independencias africanas, a la hora de narrar y describir los escuetos personajes queer que podían aparecer en segundo plano en sus novelas. Eran otros tiempos, otra mentalidad, una generación que, directa o indirectamente caricaturizó, estigmatizó, excluyó y plasmó una percepción negativa del colectivo LGTBIQ+ africano.

Es esta tercera generación polifónica, la de este joven y prometedor escritor somalí, la que ha surgido y ha comenzado a abordar temas que eran anteriormente tabú en la literatura africana. En el caso de Osman —como también ocurre con algunos de sus ricos y heterogéneos personajes— el escritor ha tenido que experimentar el doble exilio: primero en Kenia cuando estalló la guerra civil en Somalia en 1991, y luego el segundo exilio en el Reino Unido. Su primera expatriación en Nairobi significó lidiar con un sistema de soborno por el simple hecho de ser un inmigrante y enfrentarse a la afrofobia, ese odio extendido en algunos países africanos por una cuestión que no implica el “color” del individuo sino su “nacionalidad”. Además, en su segundo exilio, ya en el Reino Unido, tuvo que experimentar y aprender a convivir con su trastorno bipolar.

Las vivencias de su autor toman vida en sus relatos; confluyen y cimentan la experiencia interseccional de ser negro, somalí, musulmán, inmigrante, refugiado, queer y vivir en la diáspora. Son jóvenes somalíes que sufren las dificultades del arduo, tenso y a veces contradictorio proceso de la construcción identitaria y de la orientación sexual. “Niños perdidos” que desean, como ocurren en el relato «Dile al sol que deje de brillar», que sea siempre de noche para no tener que enfrentarse a la realidad del día a día. Niños que se hacen hombres y mujeres y que están obligados a vivir y a convivir, no solo con el rechazo de una nación sino, incluso y peor aún, con el de sus propias familias. Niños que reclaman su legítimo lugar en una sociedad africana u occidental.

Cada relato se centra en la experiencia de hombres y mujeres que deben lidiar día a día con lo que significa ser homosexual en África; o gay, musulmán y negro en Occidente. Lo que es vivir un estrés postraumático, ser rechazado por una orientación sexual y sufrir la xenofobia. Por si esto no fuera suficiente, el autor y algunos de los personajes de sus cuentos han tenido que lidiar también con la esquizofrenia: “En la cultura somalí, las enfermedades mentales son un tabú, por lo que sentía una necesidad tremenda de esconderme. Y así lo hice” (p.116). No obstante, cada narrativa está construida positivamente desde la objetividad, el optimismo y sin el dramatismo y el victimismo que han estado intentando plasmar, erróneamente, los medios occidentales sobre el continente africano. Nos hace cuestionar cuál es la frontera entre realidad y ficción y ser protagonistas de las vicisitudes por las que tiene que atravesar el personaje principal —¿el autor?— en distintos entornos: musulmán, africano, occidental, demencial, hetero/homo/bi-sexual, bélico, el del expatriado, el de la vergüenza y la persecución.

Nos encontramos ante once narrativas cortas que portan la riqueza que tienen las letras africanas a la hora de dar vida a sus personajes: una sola lengua no es suficiente, a veces se necesita una polifonía de lenguas, dialectos y jergas para expresar una realidad que está incrustada y es natural en una comunidad lingüística. También ocurre con «Cuentos para niños perdidos»: el inglés estándar se mezcla con la musicalidad del argot de la calle, el patois jamaiquino, el sheng (argot keniano), árabe, swahili e italiano. Estas voces discurren entre caligrafías árabes e ilustraciones de su propio autor que han hecho que muchísimos jóvenes se hayan sentido identificados con las situaciones y la problemática que se narran en sus relatos. Sin duda, otra manera de no sentirse tan solos.

Esta colección de narrativas cortas fue publicada en su idioma original, el inglés, en 2013; al año siguiente fue premiada como mejor debut literario por los Premios Polari —siendo su autor el primer escritor africano con dicho galardón en su haber. Y como suele ocurrir con las letras africanas y las literaturas minoritarias, hemos tenido que esperar algunos años para poder tener en nuestras librerías su traducción al castellano.  Actualmente se puede conseguir en versión papel y en versión electrónica en España y Latinoamérica a través de Amazon.

 

Autor: Federico Vivanco

Filólogo inglés, investigador en literaturas angloafricanas

Twitter: @FedericoVivanco 

Año cero, el año en el que os encontraron

Limitada por múltiples razones, me meto de lleno en una de esas contradicciones que me han acompañado desde que me interné en este mundo. Incapacitada (¿cómo?) para poder mencionar a todas, tengo de manera forzosa que pertrechar otra incongruencia: el escribir sobre ellas de manera global en la creencia de que el subrayar, desde el principio, que hay muchas literaturas diferentes y diversas en el continente africano y su diáspora, me redimirá.

Desde la noche de los tiempos, que se dice, y generalizando, las africanas han sido, en gran parte, la memoria de sus pueblos, las encargadas de transmitir a sus sucesores las viejas historias de los antepasados. Hablamos de una literatura, la africana, que ha sido (en algunos lugares lo sigue siendo) eminentemente oral. Y, a pesar del esfuerzo por querer ignorarla, así se fraguó y así subsistió.

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Voces saharauis en femenino: Los cuentos del erizo

Casualidades. Puede ser. Llevo varias semanas inmersa por varios costados en torno a la literatura africana y el papel que en relación a ella la mujer ha desempeñado y tiene en la actualidad.

Sin embargo, he de decir que desde que comencé mi andadura literaria-africana con este blog una y otra vez me he tropezado con escritoras que afirmaban que su primera escuela literaria había sido el fuego. Alrededor del cual sus madres, sus abuelas, les contaban relatos del pasado y del presente. La mujer fue la gran portadora de la palabra en el continente africano, pero cuando se dio el paso a la letra escrita, sus voces quedaron silenciadas por diversas razones (falta de acceso a la educación…) en favor de la de los hombres.

Muchas de aquellas niñas señalan estos relatos contados al calor de la hoguera como primera fuente literaria y una poderosa razón por la que, una vez adultas y en otras circunstancias diferentes, se convirtieron en escritoras.

A Ana Cristina Herreros y a Daniel Tornero, los principales artífices del libro que hoy os traigo, les gustan los libros bien hechos. Esto es algo que siempre se nota y se agradece. Ya en El dragón que se comió el sol y otros cuentos de la Baja Casamance dieron muestras sobradas del interés que sienten por la cultura africana, por la literatura oral y por la importancia del proceso de recuperación de historias y relatos que han ido pasando de generación en generación. Así, aquel libro es una maravilla de contenido y forma.

De nuevo han querido recorrer e ilustrar los caminos recogiendo voces que nos invitan a seguir oyendo trozos de sus vivencias e historia. Y esta vez lo han hecho desde los campamentos de refugiados del Tinduf (Sáhara Occidental). Así, mientras una recopilaba y se sumergía en la tarea de escribir los relatos que las ancianas querían contarle, el otro trabaja con los niños y niñas para conseguir ilustraciones delicadas y llenas de significados. Tornero realizó varios talleres tanto dentro de las actividades del FiSáhara como en varias bibliotecas Bubisher.

Ana, la encargada de los textos, fue grabando estas narraciones en su lengua original hassanía para después adaptarlas y traducirlas de la manera más fiel posible gracias a la labor de un grupo de traductores. Algunos de los audios se pueden escuchar en la página web de la editorial.

Daniel Tornero. Ilustración

En la “hoja de ruta” de Los cuentos del erizo Ana (que cambia su apellido por el de Griott, en lo que es toda una declaración de intenciones) afirma lo siguiente: “Son fundamentalmente las mujeres saharauis las que en las noches de antaño, noches sin televisión, convocaban a la familia en torno a ellas y contaban los cuentos y las historias que ellas habían oído de labios de sus madres, tías o abuelas.  Son ellas las que conservan la memoria de un pueblo nómada dedicado al pastoreo, son ellas las que transmiten los valores que hallamos en su rica tradición oral: que el cuidado del otro es la única fuerza que nos permite sobrevivir en un mundo hostil, que el amor a la familia es el mayor tesoro que uno puede tener, que la tenacidad y la inteligencia son más poderosas que la fuerza…”.

Junto a los cuentos aparecen hermosos collages y dibujos realizados con henna, con colores muy unidos a la tierra y apenas unas trazas de color azul.

Ilustración en henna.

El erizo, que incluso da título a este libro, es un animal que se encuentra con frecuencia en el desierto del Sáhara. “El Ganfud (el erizo), es el más listo de los animales”, nos recuerda el escritor Bahia Mahmud Awah. Y Ana Griott añade: “Muchos niños, en lugar de gatos, tienen erizos como mascotas. Y sobre todo porque es un símbolo (o arquetipo) de la resistencia del pueblo saharaui. Es un animal pequeño, con púas, que con su inteligencia y su tenacidad consigue vencer a leones y lobos. Es el cadí, el juez, el que consigue con su capacidad de razonar, y de resistir, que la justicia se restituya.”

Junto al erizo, aparecen otros personajes como Chertat (o Shertat) que solo existe en los cuentos saharauis y es el personaje más conocido de los relatos orales. “Nadie saber decir cómo es, hay quien dice que es peludo como un oso, otros dicen que tiene la cabeza muy grande, es en nuestra tradición oral Jaimito o los de Lepe. Por su aspecto peludo y cabezón yo diría que somos nosotros, el extranjero”, comenta Ana.  Además están “Yuhaa que es un personaje típico de todas las culturas mediterráneas: en Sicilia se llama Guifà, en Turquía es Nasrudin, en el norte de África es Yehaa. Es un personaje un poco clown, porque su sabiduría radica en su inocencia”- afirma Ana y añade: “Hay además muchos cuentos con protagonistas femeninas y en los cuentos de animales, el hombre es el antagonista de los animales que protagonizan la historia, pero las mujeres son seres que conviven con los animales, como en  El erizo, el burro y el carnero, que, por cierto, parece Los músicos de Bremen”.

Daniel Tornero. Ilustración.

A través de estos cuentos se enseña que el “cuidado mutuo es lo que nos salva” y algo tan sabido pero tan olvidado como que “la unión hace la fuerza”, nos comenta Ana. Ella, una apasionada de la cultura oral, nos invita a escuchar con atención, mejor si lo hacemos de noche en medio de un descampado cubiertos solo por el cielo, voces que nuestra cultura ha insistido (insiste) en silenciar. Las primeras las de la Baja Casamance (Senegal) y las segundas (que sabemos no serán las últimas) las de las mujeres del Sahara Occidental. Libros-joya. Altamente recomendables ambos.

Los cuentos del erizo. Editorial Libros de las Malas Compañías., 2017. Textos: Ana Cristina Herreros e ilustraciones: Daniel Tornero. “Todos los libros de la colección Serie Negra estarán vinculados a un proyecto solidario en la zona, que apoyaremos con la venta del libro y que podréis seguir en esta página web”. Email: info@librosdelasmalascompanias.com

 

La literatura marroquí cruza el charco

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Marruecos. Licencia CCO

Hay iniciativas que surgen tras una experiencia que nos marca. Eso le ocurrió a Leandro Calle.

“A través de dos viajes a Marruecos, me di cuenta que se conocía poco y nada la literatura marroquí en nuestro país”, afirma el poeta argentino. Marruecos lo sedujo. Lo zarandeó de arriba a abajo y le hizo querer hacer algo con los nuevos descubrimientos. Para ello precisaba otra parte que participara, como él, de semejante encantamiento. Y la encontró en Córdoba (Argentina), donde reside en la actualidad.

Juan Carlos Maldonado, el editor de Alción (una casa consolidada en el país sudamericano), le dijo que estaba dispuesto y que quería hacerlo. Ambos coincidían en una misma querencia: la de abrir las puertas a nuevas literaturas y a nuevas voces. Así surgió la Biblioteca Marroquí.

“La idea de la Biblioteca Marroquí, es presentar la riqueza y la variedad de la cultura marroquí”- afirma Leandro. “El hecho de que aparezca Roberto Arlt entre las publicaciones, es también ver cómo Marruecos ha sido recibido en la escritura de extranjeros y viajeros. Los escritores marroquíes pertenecientes a los años 60/70 tienen mucha relación a nivel político con las lecturas y compromisos de escritores latinoamericanos.”(Caso Chaui y Laâbi).

La colección comenzó en 2011 y llevan siete libros publicados, además de Cuerpo Luz (poesía) de Siham Bouhlal que está en preparación. Abarca diversos géneros desde poesía, relatos, teatro o novela.

  • Los frutos del cuerpo (poesía) de Abdellatif Laâbi. Traducción del francés: Leandro Calle.
  • Barranda (Nouvelle) de Abdelkader Chaui. Traducción del árabe: Ignacio Ferrando.
  • África (Teatro) de Roberto Arlt con Introducción de L. Calle.
  • Leer hoy el Corán (ensayo) de Rachid Benzine. Traducción del francés: L. Calle.
  • El linaje de la eternidad (poesía). Traducción del árabe: Abdellatif Zénan.
  • El examen y otros cuentos ceutíes (cuentos) de Mohamed Lahchiri. Con introducción de Cristián Ricci de la Universidad de California.
  • Antología poética (poesía) de Abdellatif Laâbi. Traducción del francés y postfacio de Leandro Calle.
  • El primer amor es siempre el último (relatos) de Tahar Ben Jelloun. Traducción del francés de Marcos Caligaris. Prólogo de Cláudia Falluh Balduino Ferreira.

Sobre estos títulos el propio director de la colección, Leandro Calle, nos da su visión: “Todos los autores que han sido publicados son autores reconocidos en Marruecos y en Europa. Por ejemplo, Abdellatif Laâbi es un reconocido intelectual y luchador político. Preso durante la feroz dictadura de Hassan II. Se lo reconoce como uno de los escritores más importantes de expresión francesa en Marruecos. Ganador del premio Goncourt y muchos más. Los dos libros editados en Alción son las primeras ediciones en Argentina y de las primeras que existen en América Latina.

Abdelkader Chaui, está considerado uno de los novelistas más importantes en lengua árabe de Marruecos. Actualmente es Embajador en Chile. Expreso político, sus testimonios y novelas han contribuido a la búsqueda de la justicia en su país. Hace pocos años fue homenajeado en el SILA (Salón Internacional del Libro Africano).

Rachid Benzine es un teólogo islámico de condición moderada y abierta. Sus textos y su persona son permanentemente consultados en Francia en cuestiones del Islam.

Ouidad Ben Moussa y Mohamed Lahchiri son escritores reconocidos, ella en lengua árabe y él en lengua española, habiendo adoptado el español del norte marroquí.”

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Género: Novela
Autor: Abdelkader Chaui
Editorial: Alción Editora
Año de Publicación: junio 2013

Barranda es una novela que apresuradamente podría vincularse al realismo mágico. La tierra seca lo atraviesa todo, sostiene, justifica, explica y agota la costumbre pueblerina. Es quien decide la política, la ética, la hambruna y la estética del pueblo que da título al libro. Barranda podría ser la Macondo marroquí.


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Género: Poesia
Autor: Abdellatif Laabi
Editorial: Alción Editora
Año de Publicación: enero 2012

Abdellatif Laabi, es uno de los principales escritores marroquíes de expresión francesa. Comprometido con la vida y con la literatura, a fondo, hasta tocar las raíces de lo humano, los poemas de Los frutos del cuerpo, son un testimonio insoslayable de la delicadeza del amor y el erotismo. El cuerpo se vuelve poesía.


 

 

Lidudumalingani, el transcriptor de imágenes

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El Caine de este año nos trae un nombre nuevo. A pesar de que Lidudumalingani Mqombothi lleva tiempo escribiendo en diversos medios digitales: revistas, como Africa is not a countryproyectos editoriales, Chimurenga Chronic; o periódicos como Mail&Guardian, apenas había entrado en la escritura de no ficción.

Con Memories We Lost, un relato corto publicado dentro de la antología: Incredible Journey: Stories That Move You (Burnet Media, Sudafrica, 2015), ha conseguido uno de los premios más importantes del continente en la actualidad: Caine Prize 2016. Galardón no  africano, que año tras año viene acompañado de polémicas, aunque en esta edición parece haber contentado a muchos.

Joven, tiene 30 años, sudafricano y con las ideas claras (dice no querer entrar en la industria literaria, solamente le interesa escribir y compartir), Mqombothi se aficionó al cine y a la fotografía antes de decidirse por la escritura. Se niega a traducir de manera literal su nombre (Lidudumalingani=”Truena pero no llueve”) porque sabe que al hacerlo pierde el sentido de todo lo que está detrás de él y no quiere traicionar sus propios orígenes.

Forjado en el mundo audiovisual no puede dejar de hacer alusión a las imágenes que acaban poblando su universo tanto como las palabras. Al igual que el colectivo Jalada o, como los otros escritores que se mencionan en Brittle PaperWana Udobang, Warsan Comarca y Akwaeke Emezi (sin olvidar a Teju Cole), también Lidudumalingani otorga una gran importancia a las fotografías haciendo de ellas un medio más de transmisión de pensamientos e historias.

A Lidudumalingani le gustaría ver una editorial independiente que se centrara en los jóvenes escritores sudafricanos negros y estuviera dispuesta a tomar riesgos, no tanto por apoyar a nuevos autores sino con la idea de reinventar las viejas ideas sobre la novela. Mientras lo anterior llega, comparte sus 6 libros favoritos, entre los que se encuentran: Chike and the River (Chinua Achebe), Black Sunlight (Dambudzo Marechera) o Bom Boy (Yewande Omotoso) para que vayamos viendo por dónde discurren sus referentes literarios.

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¿Otra vuelta de tuerca a la esquizofrenia?

Memories We Lost es una combinación de conversaciones con amigos, textos, imágenes, recuerdos… Y no se corresponde con un suceso determinado. Eso dice el escritor. Lo cierto es que este relato corto nos reafirma en una anterior convicción: en el conocimiento de la tierra de sus ancestros de Lidudumalingani y en el respeto que la tiene al esbozar esta historia sencilla y lírica a la vez, usando palabras que van descubriendo sin nombrar.

Sin nombrar la enfermedad mental, quiero decir, esquizofrenia.

En la novela finalista del “The Man Booker” del año pasado Los pescadores de Chigozie Obioma, un loco Mqombothi02llamado Abulu es presentado de manera ambigua, ¿puede ser un visionario?. El peso de la comunidad y su frontal rechazo hacia aquel ser al que la adjetivación que le rodea gira en torno siempre al grupo de palabras de la familia repugnante, logra a veces (y a pesar de lo que este personaje ha podido suponer en el desenlace de la trama) que le tengamos compasión. En el relato de Lidudumalingani la ambiguedad salta a un nivel más obvio: ¿es la protagonista y su hermana aquejada de una enfermedad mental-esquizofrenia-la misma persona?.

En Memories We Lost también aparece una comunidad tradicional que es quien califica las acciones de la joven como “enfermedad mental” y que además no es capaz de enfrentarla de manera efectiva (en este punto seguro que recordamos otras lecturas con argumentos semejantes, El enterrador compulsivo y otros cuentos (El Cobre, 2006), del nigeriano Biyi Bandele Thomas), por ejemplo.

El relato premiado resalta la nula efectividad de los métodos “tradicionales” (ya sea mediante oraciones o por la intermediación de un sagoma, curandero o adivino) con los que tratan de sanar a la joven, frente a la actitud de la hermana de la enferma, la más lúcida de todos ellos que solo piensa en protegerla. Con una prosa entretenida y sencilla, el sudafricano logra un impacto emocional a través de la visualización, en apenas cuatro folios, de lo que supone tener una enfermedad de este estilo en una comunidad tradicional africana. Pero también lo hermosa que puede llegar a ser una historia fraternal. A través de un cuento sin pretensiones, que se lee ágil y que parece un conglomerado de sus bellas e íntimas fotografías.

My short story was inspired by a combination of things. The first might have been mental illness, or at least the way in which villagers speak and deal with it. Then there were conversations with friends, texts and visuals that suddenly were on my radar, memories of extended family members who struggled with mental illness – many of them on and off and at varying degrees.[*]

Los caminos de mi destino – Bakala Kimani

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Tiene mucho de fascinante el río Congo y, a su pesar, también de sobrecogedor. Esa serpiente enredada y enredadora que hizo que Joseph Conrad conociera y mostrara a la bestia inhumana colonizadora. Suelen tomarse estos caudales de agua como metáfora de la existencia, pero también, a menudo, como señal del afán de dividir de manera ilusoria. “El río aquí se llamaba Congo, allí, al otro lado, Zaire. Pero todo se debía a la estupidez de los hombres”, dirá Dadou el protagonista de El antipueblo de Sony Labou Tansi, el escritor de R.D. del Congo (conocido como Congo Belga) que falleció a los 47 años de SIDA, justo cuatro días después que su esposa debido a la misma enfermedad.

Bakala Kimani, natural del otro Congo (antigua colonia francesa), añade en Los caminos de mi destino: “Frente a mí tenía un río que separa las dos capitales más cercanas del mundo: Brazzaville y Kinshasa. Cruzar ese río era tan fácil que en menos de media hora, podía encontrarme fuera de peligro de muerte. Pero marcharse de Brazzaville para refugiarse en Kinshasa, es como irse del paraíso para refugiarse en el infierno”. Kimani se tuvo que exiliar por haber escrito un artículo que no gustó nada, sobre los desaparecidos del “Beach”, una matanza colectiva de refugiados que retornaban a su tierra tras el último conflicto civil (detrás del cual, como muchos otros, el escritor vio la mano de Francia). Y que convirtieron (no fueron los únicos) el corazón de Kimani en el “cementerio de los muertos desconocidos”.

Escribe Achille Mbembe que “un vínculo íntimo ha unido siempre el nombre “negro” con la muerte, el asesinato y la sepultura”. Bakala Kimani, recogiendo la idea anterior, afirma en un libro que mezcla más realidad que ficción, que él va a hablar ante todo de la muerte, tan unida al destino del África negra. De esa muerte, nada dulce y nada esquiva, sobre la que disgusta tanto hablar, pero que está tan presente y que se presenta en estos relatos asociada al SIDA, a las guerras, a la miseria y al abandono. Y sobre las vidas que se encuentra encerrada en sus relatos de muerte.

Sorteamos como podemos los textos que supuran dolor y rabia. En denuncia constante, testimonial, a ratos imposible de sostener, El camino de mi destino, repite una y otra vez Bakala Kimani, “es personal, pero no es individual”. Por esa vía le acompañan todos esos seres que murieron de mil formas para entrar en su propio destino y no abandonarle nunca más. Forma así una voz que se  nutre de la colectividad, expresada a su vez también desde apenas media docena de relatos o micro-historias que nos adentran en las tinieblas más profundas de esas vidas traspasadas, cuarteadas y abandonadas, que no pudieron elegir su destino. A través de ellas, nos muestra una realidad social y política extenuante y hace suyo el grito duro y en carne viva por aquellos que han sido una y otra vez marginados, relegados, explotados sexualmente y apartados por la homofobia, vaciados a fuerza de ser violentados día tras día, hundidos en la miseria.

Son las muertes silenciosas de un pabellón hospitalario, a donde se llega exhausto y solo, explotando de SIDA o de cualquier otra cosa.  Son las muertes en carne viva de los amigos desaparecidos, asesinados, mutilados, torturados e incinerados. Son las muertes de los ahogados en la zodiac que intenta alcanzar el otro lado. Kimali los lleva dentro y pide para ellos memoria, mientras clama también contra sus propios dirigentes africanos que permiten que esto ocurra.

Bakala Kimani pone en el centro al ser humano y lo nombra. Él mismo ha vivido cerca las historias que narra. Se baña ensangrentado en los desgarros y en las injusticias de los que ha conocido, hasta hacerse uno. Expresándolo sin velos, en toda su crudeza, mostrando esa realidad desoladora e inhumana que transcurre, a menudo, bajo nuestra propia indiferencia. Tomando todos los destinos, todos los caminos.

No tengo que extenderme porque los tiempos de los discursos ya pasaron. Un negro no tiene derecho a extenderse. Un negro debe actuar. Debe hacer. Porque desde hace siglos se ha actuado por él. Ahora tiene el deber de hacer. Tiene el deber de actuar.(pág.29)

Ficha:

  • Título original:  Los caminos de mi destino (2016)
  • Idioma: Original: Castellano
  • Traducción al castellano: Editorial Afrokairós (2016)
  • Páginas: 106

Las inquietantes (y cotidianas) visiones de Zoë Wicomb

La escritora sudafricana Zoe Wicomb. Fuente: Windham Campbell Prizes

La escritora sudafricana Zoe Wicomb. Fuente: Windham Campbell Prizes

Publicado originalmente en Wiriko-Artes y Culturas Africanas. 08/06/2016

Tenemos la costumbre de olvidarnos de algo cuando ya no aparece en primer plano. El Apartheid (en idioma afrikáans, separación), el régimen de segregación racial que comenzó en Sudáfrica en 1913, a mucha gente le parece, hoy en día, cosa del pasado. Sin embargo, solo han pasado veinticinco años desde la fecha en la que se le puso fin 1991, y como ya advirtió Nelson Mandela sigue sin ser fácil dar carpetazo a esos más de 80 años. La escritora Zoë Wicomb nació en Namaqualand en 1948, fecha que se reconoce como el inicio oficial del apartheid con la victoria del Partido Nacional, y lleva toda su vida escribiendo sobre ello, tras haber pasado por la experiencia del exilio en Gran Bretaña donde vivió treinta años antes de retornar a su tierra natal una vez finalizó el apartheid y acabar residiendo en la actualidad en Escocia.

Comenzó su trayectoria literaria con un libro de cuentos en 1987, You Can’t Get Lost in Cape Town. Después publicó las novelas David’s Story (Kwela, 2000), Playing in the Light (Umuzi, 2006) y The One That Got Away (Umuzi, 2008). En todas ellas aborda desde diferentes prismas lo que supuso el régimen de segregación racial sudafricano. October (The New Press, 2014) es su última publicación y ha sido descrita por ella misma con tres palabras, “Hogar, desarraigo y secretos familiares”. No en vano narra la historia de una mujer Marcia que vuelve desde Glasgow a su Ciudad del Cabo natal después de más de veinte años de exilio.

Para leer el resto del artículo:Wiriko

El primer relato traducido a más de 30 idiomas africanos

The Upright Revolution

No es algo nuevo el compromiso del colectivo Jalada en relación a las lenguas africanas. A finales del año pasado publicaba su número 04 bajo el título de “La cuestión del lenguaje“. Un sorprendente ejemplar que se llenaba de textos en diversos idiomas africanos y que levantaba una nueva torre en donde las lenguas africanas conviven con las europeas, las imágenes con las palabras y los audios con la escritura, en un contexto en el que la situación no es demasiado optimista: África es la región del mundo con mayor número de idiomas en peligro de extinción.

Ahora, Jalada (además de otras iniciativas que siguen surgiendo en el continente) quiere darle la vuelta a esta situación: “hay millones de personas que hablan idiomas africanos pero no así escritores”. Y ellos creen que esto tiene que cambiar. Leer Más

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