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Entradas de la Categoría ‘Tchak, Sami’

Sami Tchak vuelve a arriesgar con “La fiesta de las máscaras”

ca-1webSami Tchak tiene el rostro cruzado por profundas escarificaciones que le fueron practicada cuando él contaba solo ocho años de edad. Su físico es de los que no dejan indiferentes. Tampoco su discurso que descubre a un escritor erudito y de maneras diferentes y controvertidas. Filósofo de formación, se le describe como “enfant terrible”, usa y abusa del sexo en sus novelas y ninguna de sus obras se desarrolla en su Togo natal.

¡Puta vida¡ (El Cobre Ediciones, S.L., 2003), su primera obra traducida a castellano, era una novela exagerada, transgresora, arriesgada, ácida, divertida, cínica, muy crítica y que se escribió en un momento en el que Sami Tchak estaba muy enfadado. Era, además, un puñetazo contra la hipocresía de un mundo que se denomina “multicultural” pero que tiene culturas de primera y de segunda y contra el racismo bajo una multitud de máscaras que juegan en un baile de disfraces.

Las máscaras han sido también objeto redundante de indagación en su obra. Más aún en La fiesta de las máscaras, una novela corta (no llega a 100 páginas) en la que vuelve a tener la audacia de plantear su historia desde los meandros que proporciona el sexo, sus delirios y tristezas, pero ya sin sentido del humor, y en la que haciendo honor a su fama de escritor arriesgado introduce la necrofilia (no hay que quedarse con este dato). Novedad, sin duda, que viniendo de este escritor no sorprende.

La historia que Tchak plantea en La fiesta de las máscaras tiene forma cíclica mientras alterna momentos pasados y presentes. Gran parte de la misma se desliza entre el vodevil y la tragedia griega y se torna absurda en algunos momentos para pasar a ser hiperbólica en otros. Me ha recordado a Sony Labou Tansi y su La Vida y media, que el propio escritor reconoce como uno de sus libros de cabecera, pero sin la capacidad de incisión de una “escritura que será antes gritada que simplemente escrita“. Y todo ello, a pesar, de la mención expresa que se hace en el libro a “las siete soledades”.

Ambientada en un lugar y un tiempo que no se nos proporciona (aventuramos algún país de Sudamérica por los nombres de los actores de raíz hispana, lo que parece demostrar otra vez una cierta voluntad de huir de estereotipos africanos y trasladarlos fuera del continente), una prostituta vuelve a estar en el centro de la trama. Pero esta vez Tchak utiliza la sexualidad para mostrar los entresijos del poder corrupto. Sin embargo, ésta en apariencia principal intención de la novela, queda desdibujada ante el conflicto de identidad sexual que vive y sufre el protagonista, llamado Carlos, cuya catarsis se produce en una fiesta, en la que su hermana, Carla, le hace vestirse de mujer, y en la que logra impactar al joven capitán, parte del elenco dictatorial de ese país sin nombre. No en vano en un momento de la historia el protagonista recuerda una cita de Marguerite Yourcenar: “El hombre, la mujer, no son dos cosas antagónicas”. Carlos/Carla confunden sus papeles.

El núcleo fundamental de la novela se centra en el monólogo, una revisión de su vida, repleto de referencias literarias, de este hombre que intenta explicarse ante el hijo de la mujer que acaba de asesinar. Mientras, va desfilando la desidia moral de un mundo que está cubierto de máscaras que disfrazan lo que cada uno se rebela a ser, pero a la postre son. En un entorno en el que las personas aparecen como juguetes en manos de los déspotas o de aquellos, que de una manera u otra, en otras subescalas, detentan el poder necesario que les hace poder disponer de las vidas ajenas para sus propios propósitos, sin reparar en los daños causados y sin mostrar un hálito de humanidad.

Lo que funcionaba tan bien en ¡Puta vida! no lo hace tanto en esta novela. Si en aquella la diatriba furiosa del narrador escupía, provocaba e irritaba a racistas y no racistas, en esta la transgresión (sin poder negársele su tanto de ruptura y originalidad) no acaba de dislocarnos al ser trasplantada a un tablero diferente, que pretende mostrar la sombría cara del poder, y en el que las máscaras apenas inquietan, al mezclar dos historias que no poseen la misma fuerza e intensidad.

La fiesta de las máscaras (La fête des masques, 2004) – Editorial Baile del Sol. Colección Casa África, nº1. Traducción: Juan Ignacio Royo. 2016.

¡Puta vida¡- Sami Tchak

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Lo adelanto. Esta es una novela exagerada, transgresora, arriesgada, ácida, divertida, cínica, muy crítica y que se escribió en un momento en el que Sami Tchak “estaba muy enfadado. Y cuando estoy enfadado tengo mucho sentido del humor”. Os sitúo. El protagonista es un hombre descendiente de africanos que ha nacido en París, lee a autores europeos, tiene estudios universitarios y sigue siendo un ciudadano de segunda en cualquier parte, en París por negro, en África por crecer en Europa. Su padre solo sueña con volver, agotado el sueño del paraíso occidental y su madre, con más libertad en Europa que en Africa hace y deshace su vida y tiene relaciones sexuales con todo aquel que quiera tenerlas. Tiene dos hermanas que son prostitutas en Holanda y está enamorado de su prima. En un hilarante y brutal monólogo va soltando su enfado y su furia.

No hay cuadros para quien quiere expresarse. Hay una necesidad de abrir la mente para llegar a tocar el fondo de lo planteado. El sexo es un viaje y puede ser una pesadilla. Tiene voluntad de provocar y lo consigue, no deja indiferente. Se siente un malestar ante la locuaz voz del narrador protagonista y lo que nos va mostrando, pero sería muy pobre quedarse con las imágenes violentas, brutales, a veces repugnantes, que aparecen en gran cantidad de páginas de la novela. Es más un puñetazo contra la hipocresía de un mundo que se denomina “multicultural” pero que tiene culturas de primera y de segunda, contra el racismo bajo una multitud de máscaras que juegan en un baile de disfraces. ¡Puta vida¡ es un compendio de situaciones que pueden atravesar los hijos de los inmigrantes, en esa sombreada tierra del medio, entre sus orígenes (que desmitifica y muestra en uno de sus lados menos conocido, pero no por ello menos real) y el país de acogida (que no los quiere allí). En la narrativa del inmigrante de primera pero sobre todo de sus descendientes, esta novela enseña un rostro sorprendente, provocador y de gran carga de ideas, donde los límites entre correcto/incorrecto, blanco/negro, admitido/rechazado saltan por los aires para dejarnos dislocados.

Cada uno de los capítulos puede dar origen a un sinfín de opiniones y comentarios. De hecho, la novela obtuvo fuertes críticas en contra cuando se publicó, es una texto que genera controversias y rompe tipismos:

  • La melancolía por la tierra del padre del protagonista, un africano que tuvo que salir de su país

“No sé si vosotros tendréis a alguien que haya dejado su país, armado con sus sueños de retorno glorioso, para acabar por pudrirse en el exilio como un tomate olvidado y, un día, constatar que no le queda ya nada aparte del sueño de morir o ser enterrado en su rincón natal.” (pág.18)

  • El África de sus orígenes

“Y luego para complicar más las cosas, resulta que esas gentes, cuando tienen una de sus sucias enfermedades, dicen siempre que la culpa la tiene un hechicero. Así pues, se van corriendo a ver a sus vendedores de fetiches y a sus curanderos para que les den amuletos y no tener que ir al hospital” (pág.101)

  • El sexo, sus paraísos y sus infiernos

“El sexo, creerme, cuando te coge por la cintura, te posee por entero, de la cabeza a los pies. Te domina con una fuerza tal que te ves obligado a reconocer que es más fuerte que tú. En cualquier caso, debo confesaros que el sexo, bueno, ejercía sobre mi espíritu tal fascinación que empecé a ver sexo por todas partes; incluso en la boca del metro, que me recordaba el coño de una enorme mujer, cuyos grandes muslos se abrían para dejar al descubierto un antro lo bastante amplio como para albergar un millón de pollas.” (pág.125)

  • La tan cacareada integración

“Antes no comprendía por qué decía la gente que no se puede convertir en franceses a todos. Discursos como ése parecen llenos de prejuicios, así que se desechan, aunque tengan parte de verdad. Ahora ya comprendo las cosas. Con la mejor voluntad del mundo, hay comunidades que no se integrarán jamás, que serán siempre como una mancha de aceite. Precisamente, convertirlos en franceses es como mezclar el agua con el aceite; ¡esas cosas no funcionan jamás¡ Desafío a cualquiera a que transforme en auténticamente francesas a las comunidades étnicas de las casas y trasteros llenos de ratas y cucarachas, donde las asociaciones meten a las familias sin casa o que no quieren pagar alquiler.” (pág. 167)

  • El racismo, sus asociaciones y sus comprometidos miembros

“La gente que, cuando no sabe qué hacer con su vida, o cuando sueña con malversar dinero o convertirse en diputado europeo, finge ser buena. Meten entonces las narices en todas las historias de racismo para decir lo que sea. Nosotros tuvimos la idea de hacer lo mismo, pensando que podría ser divertido verlo en la tele. Decir, por ejemplo, que las cacas de perro de una vieja blanca habían provocado la caída libre de un negro gordo, que se había aplastado los cojones contra la acera. Un atentado racista.” (pág.227)

  • La apreciación de los africanos sobre los países que los acogen

“Los dos están convencidos de que en Inglaterra  y en Estados Unidos, los negros tienen un sitio o, en cualquier caso, tienen un sitio más importante que el que se ha aceptado dar a los negros en Francia. Fijaos en que los negros ven siempre lo mejor en los lugares en los que no están y lo peor en donde los acogen.”(pág.247)

  • La risa, el humor

“Imagino que en el fondo lloran incluso cuando ríen. Deben de llorar incluso cuando fingen reír, incluso cuando están de fiesta.” (pág. 285)

Ficha:

  • Título original:  Places de fêtes (2001)
  • Idioma: Original: Francés (Publicado por Ediciones Gallimard)
  • Traducción al castellano: El Cobre Ediciones, S.L. (2003)
  • Traductora: Gema Moral Bartolomé
  • Imagen de portada:  Fotografía de
  • Nº páginas: 288
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Places de fêtes. Ed.Gallimard

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