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Posts etiquetados ‘Ruanda’

Otra historia de la historia, contada y escrita por mujeres africanas

El resultado del proyecto Otra historia de la historia para visibilizar la literatura escrita por mujer africana, que el año pasado presenté con ACNUR-Euskal Batzordea bajo la dirección de Álvaro Pelayo, técnico de Sensibilización y Educación para el Desarrollo de la organización, ve por fin la luz en forma de cuatro libros.

  • Catálogo de mujeres africanas publicadas en España. Elaborado a partir de la tesis doctoral de Blanca Román por Ángeles Jurado Quintana y documentado por Estefanía Calcines (Casa África). En versión bilingüe: euskera-castellano.
  • El libro de la paz de la mujer africana en Euskadi. En el que se recogen en una edición trilingüe: euskera-castellano-francés, los testimonios de 10 mujeres africanas de diferentes países que en la actualidad residen en Euskal Herria-País Vasco.
  • La traducción del libro de la ruandesa Scholastique Mukasonga, La femme aux pieds nus tanto al castellano (por Sofía Jiménez Castillón) como al euskera (por Miren Agur Meabe). Bajo los títulos La mujer descalza y Emakume oinutsa.

“Desde la periferia de la periferia”-Publicado en África no es un país.  21/03/2018

Para leer el artículo, pincha aquí 

Kinyarwanda, desde una literatura que quiere hablar de muchas historias

En  Ruanda, las lenguas oficiales son el kinyarwanda, el  francés y el inglés (aunque el swahili va camino de convertirse en la cuarta).

Al margen de las lenguas europeas (inglés-francés), el kinyarwanda (kinyaruandaruanda o kiñaruanda), de la familia linguística Níger-Congo, se habla por cerca de nueve millones de personas y puede ser entendido por cerca de veinte millones al extenderse por Burundi, República Democrática del Congo, Uganda y Tanzania, y por sus semejanzas con la lengua que se habla en Burundi (kirundi). Es el idioma en el que se relacionan y viven en Ruanda.

En 2009 el mismo presidente, Paul Kagame, que dirige el territorio en la actualidad, mediante un decreto, apartó el francés, que hasta entonces era la lengua de enseñanza, para imponer el inglés.  Detrás de esta decisión se defendió la necesidad de aprender una lengua que convierta en más competitivos en un mundo global a quienes la manejan, pero muchos vieron también un componente político.

El kynyarwanda era la lengua que hablaban los ruandeses antes de la colonización. Los Banyarwanda forman un subgrupo de los pueblos batúes y agrupa a las tres etnias que hablan kinyarwanda: hutus, tutsis y twas. El lenguaje ha sido uno de los nexos de unión de las tres. 

De hecho, una película lleva su nombre. Basada en testimonios de supervivientes, Kinyarwanda cuenta la historia de los ruandeses que no cedieron al odio durante el genocidio de 1994, convirtiendo las mezquitas en refugios para musulmanes y cristianos, hutus y tutsis.

Un idioma “endiabladamente” complicado

Cuando vivía allí (años 2005-2006) solía ir a una librería en Kigali de cuyo nombre no estoy segura, creo que era Ikirezi, pero sí recuerdo muy bien que estaba bastante viva y frecuentada, y sobre todo recuerdo que tenía muchos libros en kinyarwanda. Los temas favoritos eran la religión, la política, las costumbres… Y recuerdo especialmente que había bastantes dedicados a cuentos tradicionales. De estos conservo todavía algunos que tuve la suerte de poder disfrutar gracias a ediciones bilingües en kinyarwanda/francés que me ayudaban incluso en mi precario aprendizaje del kinyarwanda gracias a la disposición del texto de forma casi simultánea en ambas páginas (cuando se desfasaban los textos me volvía un poco loca intentando localizar por dónde iba el hilo en kinyarwanda, pero normalmente acababa consiguiéndolo). Eran historias de una simbología, profundidad y crudeza impresionantes. Las editoriales de estos libros eran locales. Me encantaba la vitalidad y calidad de esta librería.

Arantza Mareca. Traductora.

La literatura en kynyarwanda despega tímidamente

La preeminencia de la literatura oral ha hecho que apenas haya literatura escrita en esta lengua. En la actualidad se intenta promover el kynyarwanda entre los más jóvenes. Así, surgió la editorial Bakame en 1995 que publica libros para niños y jóvenes en esta lengua. Con la importancia que se le concede a que desde la infancia se conozca y se use este idioma.

Novelas para jóvenes en kynyarwanda. Ed. Bakame

Sin embargo, la literatura para adultos no goza de la misma aceptación. Alexis Kagame fue el primer poeta del país en este idioma. Junto a él, hay algunos otros nombres que escriben en la lengua materna, como J. Mukagugira, pero sus títulos no son conocidos.

En la actualidad, los jóvenes escritores parece que están volviendo a escribir en kynyarwanda. Entre otros nombres destaca el de Michaella Rugwizangoga.

En este sentido destaca el impulso que supone el trabajo de Huza Press @HuzaPress, la primera editorial del país que intenta mostrar otras voces, otras narrativas (que hablen de otras experiencias, historias y puntos de vista más allá del genocidio que amenaza con erigirse en “la única historia” del país) y que alienta también la escritura en esta lengua.

Huza-Press

Entre sus plus se encuentra la convocatoria de un Premio a la mejor ficción, que en 2015 se convirtió en una antología. Si bien en su primera y segunda edición sólo admitieron textos en inglés y francés, sin embargo, su apuesta se dirige también a fomentar la escritura en la lengua materna dentro de un país que reconocen trilingüe.  En la nueva edición de 2017 podrán presentarse escritores ruandeses que escriban en kinyarwanda. 

Ruanda: Entre las cuatro paredes de la 1930

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Ruanda nos queda lejos, lo sé. Y, esforzándonos, lo más que logramos asociar con este país es el genocidio tutsi. Aquellos 100 días que comenzaron el 6 de abril de 1994 y que nos vendieron como una “lucha étnica”, de esas matanzas medievales que solo se dan en África, olvidando que nada surge de la noche a la mañana, que siempre hay un pasado y que manejar la historia sin conjugar más de dos factores, es trampearla. Luego está nuestro eterno sentimiento de culpa por no hacer. Ruanda pareció quedarse congelada para todos en aquellos brutales días, hasta el punto de ser recordada por “la tierra donde esos africanos se matan a machetazos”.

El país parecía que iba a ser incapaz de acabar con su terrorífica imagen. Pero el milagro ocurrió. Han pasado más de veinte años desde entonces y es uno de los lugares que más crecen en el mundo. The Economist calificó a su presidente Paul Kagame como “uno de los líderes más exitosos de la historia de África”. Kagame es un tutsi,  fundador del Frente Patriótico Ruandés (FPR) conocido por haber puesto fin al genocidio. Su mandato se inició en 2000 y finalizará en 2017 -haced cuentas- aunque ya se ha reformado la constitución para que pueda ostentar un tercer mandato, que podría llegar hasta 2034. Con él daba la impresión de que esta nueva narrativa cogía impulso. El país prosperaba, el gobierno era estable y fuerte, recibían elogios de todas las partes del planeta y la reconciliación entre hutus y tutsis se decía asegurada. Ruanda, pues, próximo destino de vacaciones… Sin embargo, nada es simple, nada es sencillo.

Aparecieron otras voces que hablaban de otra parte de la historia no revelada. Las voces críticas con el gobierno de Kagame fueron surgiendo y algunas fueron silenciándose (una de ellas, la del ex jefe de inteligencia de Kagame, Patrick Karageya, que fue estrangulado en la habitación de un hotel sudafricano). Otras como la de Rusesabagina, que suena más conocido si digo que es el nombre del héroe-protagonista de “Hotel Ruanda” (la película que se basó en la historia verdadera del hutu que salvó a 1.268 personas, la mayoría tutsis, de morir a machetazos), aún hoy se oyen. Según él, sería necesario hacer una segunda parte del film “para contar qué está pasando hoy en Ruanda y también en Congo, pero no creo que el Gobierno ruandés lo permitiera“. Lo sabe bien él, que dice haber sufrido varios intentos de asesinato para silenciarle; “En los campos de refugiados del Congo los soldados tutsis del FPR no mataron a los genocidas, supuestamente jóvenes y fuertes. Mataron ancianos, mujeres, niños y gente enferma”, replica. “Ésos no son los genocidas”.

Lo sabe bien también Victoire Ingabire Umuhoza.

Tras 16 años de exilio en Holanda, Victoire decidió regresar a su país. “Todo comienza a mi regreso a Ruanda” (pág.13) escribe para comenzar su libro, que relata su vida durante 3 años (de 2010 a 2013) y que condensa en ese “todo” lo que iba a vivir a partir de entonces. Fundadora del FDU-INKINGI en el exilio, Victoire cree que ya es tiempo de volver a su lugar de nacimiento y emprender un nuevo camino. Y así lo hace el 16 de enero de 2010, con la intención de inscribir su partido para participar en las elecciones a la presidencia.

En su ingenuidad, según sus palabras, nada más aterrizar se dirige al Memorial del Genocidio de Kigali en Gisozi. Allí habla sobre el genocidio tutsi pero también sobre la necesidad de hacer justicia con la memoria de los hutus asesinados tanto en Ruanda como en el este de la RD Congo. Sus palabras son consideradas “ideología del genocidio, minimización del genocidio y divisionismo”.

A partir de ese momento comienza un recorrido de pesadilla. En su libro describe el “sistema judicial ruandés” desde dentro. Interrogatorios, trampas continuas en las que cae, personas que la golpean, amenazas, los intentos por registrar su partido, la prohibición de visitar a su familia en los Países Bajos lo que conlleva los primeros baches emocionales al no poder acudir al cumpleaños de su hijo de ocho años…el ingreso en la cárcel y el miedo; “Estamos en un estado bananero, sin fe ni ley. Esos políticos son despiadados. Hay motivos para tener miedo a vivir en este país. Vengo de pasar más de doce horas entre rejas por no haber hecho nada. (pág.73).

Victoire comienza a vislumbrar que su vuelta ha hecho zozobrar la imagen que Kagame ha logrado gracias a “los elogios que le dedicaron por haber puesto fin al genocidio”, las felicitaciones por los grandes edificios y la pulcritud de las calles. Sigue una segunda detención, pasa 72 horas esposada de pie, sin dormir. Hasta el 26 de octubre en el que se produce la orden de ir a prisión.

El color rosa del uniforme que Victoire usará a partir de entonces significa que está pendiente de ser procesada. Chantal, una joven de 22 años, será su primera compañera de celda. Después vendrán otras, sobre las que hablará, contará sus vidas e incluso intentará ayudar, a pesar de saber que trabajan en su contra y la espían. La vida en prisión con toda su monotonía, algunos momentos de humor, y duras condiciones se impone.

Se la acusa de “difusión de la ideología del genocidio, complicidad con actos de terrorismo, sectarismo e intentar socavar la autoridad del estado”. Siendo uno de los puntos claves la inculpación de Ingabire en el intento de formación de un brazo armado del partido que ella fundó. Lo anterior se sustenta en el testimonio de cuatro hombres que aporta la fiscalía, entre ellos Vital (ex-FDLR) que declara que Victoire le había entregado dinero para la desestabilización del país. Ella, en cambio, se reafirma en la convicción de que “el último crimen que he cometido es criticar al gobierno“. Y trata de mostrar las diferencias con el FPR de Kagame, “invito a mis compatriotas a que tengan el valor de mirar la verdad de nuestra historia a la cara. Los invito a que reconozcan nuestra propia responsabilidad en la gestión de ese problema en vez de querer echarla sobre los extranjeros” (pág.135).

En relación a la complicidad con los actos de terrorismo, Ingabire confiesa en el libro que “la opción de crear una organización politico-militar también estuvo sobre la mesa” (pág.171) pero que, sin embargo, optaron por la vía pacífica, y añade: “sus testigos-habla al fiscal- pueden decir lo que usted les dice que digan, no encontrará en ningún lugar, ni en mis escritos, ni en mis discursos, nada donde preconicemos el recurso a la lucha armada”.

Estamos en 2016 y Victoire Ingabire sigue en la cárcel, con una condena de 15 años. Según afirman diversas ONG y organizaciones como Amnistía Internacional no ha tenido un verdadero acceso a la justicia y su proceso está plagado de irregularidades y fallas, además “sus condiciones de encarcelamiento han empeorado significativamente desde que recurrió ante la Corte africana de derechos humanos y de los pueblos, y desde que se publicó el libro Entre las cuatro paredes de la 1930, escrito en la cárcel y sacado de la misma bajo riguroso secreto.”

Mi único arrepentimiento es que haya supervivientes del genocidio que se han sentido heridos porque haya sido en el memorial de los tutsis donde he evocado los crímenes contra la humanidad perpetrados sobre los hutus. Que estén tranquilos, no fue mi intención herir a nadie. Incluso pido perdón a quienquiera que se haya sentido ofendido por mis palabras. Pero sigo convencida de que para llegar a una reconciliación efectiva del pueblo ruandés hay que hablar explícitamente de todos los crímenes cometidos en Ruanda, sin ningún tabú. (pág. 170)

Ficha:

  • Título original: Entre les quatre murs du 1930 (2015)
  • Idioma: Original: Francés (Editorial Scribe)
  • Prólogo: Judi Rever
  • Traducción al castellanoEditorial Tal y Cual (2016)
  • Traductor: Juan Carlos Figueira Iglesias
  • Lugares de venta: En la sede de Comités Umoya De lunes a viernes de 9:30 a 13:30. C/Argumosa, 1. 5ºA. Madrid. (Junto al metro Lavapiés)
    • Por email a umoya@umoya.org
    • Por teléfono en el 91 468 49 54, (de lunes a viernes de 9.30 a 13:30) para recibir por correo postal contra reembolso.

    Cuenta Twitter: @ComitesUmoya

  • Otros libros sobre el genocidio de Ruanda:
    • Una temporada de machetes de Jean Hatzfeld (Anagrama)
    • La sombra de Imana de Veronique Tadjo (El Cobre Ediciones)
    • Murambi, el libro de los huesos de Boubacar Boris Diop (Wanafrica)
    • Notre-Dame du Nil de Scholastique Mukasonga (Gallimart)
    • Rwanda l’histoire secrète (Francés) de Abdul Joshua Ruzibiza (Editions du Panama)
    • Africa’s World War: Congo, the Rwandan Genocide, and the Making of a Continental Catastrophe (Inglés) de Gérard Prunier (Oxford Univ Pr)

De tal palo, tal astilla: Juliane Okot Bitek

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En 1966,  Okot p’Bitek publicó The Song of Lawino. Es decir, que este año se cumplen 50 desde que la obra del ugandés más conocido viera la luz (en su versión inglesa). Se trata de un largo poema que apareció en un momento en el que en África occidental seguía predominando la tradición oral y supuso la irrupción de una forma de contar la poesía nueva, desde el prisma africano.

Lawino es una mujer. Su queja da lugar a esta obra en la que lamenta que su marido Ocol la desprecie en favor de su segunda esposa, una europeizada Clementine. Tal y como señala Eva Torre, su traductora al castellano (CEDMA, ed.MARremoto, 2011, versión bilingüe), “La canción es una alabanza de las tradiciones Acholi y, en general, de las costumbres africanas, que se veían seriamente amenazadas en esa época de independencias y descolonización”.

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En origen escrita en acholi, fue traducida años después al inglés por su propio autor y en la actualidad se puede leer en más de 20 lenguas, incluídas luganda y swahili. Años más tarde, publicaría The Song of Ocol (1970), la respuesta del marido de Lawino.

Han pasado, como he dicho, más de 50 años. Y si bien mucho se le debe a este poema, la literatura ugandesa de hoy en día ha tomado otros caminos.

Juliane Okot Bitek es la hija del mítico escritor. También escribe como él. También poesía.

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Juliane Okot Bitek. Imagen: https://julianeokotbitek.com/

Nacida en Kenia el mismo año en el que el libro de su padre se publicaba en inglés, perdió la “p’” de su apellido paterno por razones prácticas al comenzar a residir en Vancouver. Ella es consciente de que parte de un entorno privilegiado. Su madre también fue una destacada narradora oral y de niña, a veces, hasta el propio Wole Soyinka la cuidaba a ella y a sus hermanos cuando sus padres tenían que ir a trabajar. Llamaba tíos y tías a talentos como JP Clark, Chinua Achebe, Taban lo Liyong, David Rubadiri y Wole Soyinka entre otros, que muchas noches debatían en su propia casa. Recuerdos de una infancia entre libros y conversaciones estimulantes.

Reconociendo el trabajo y la importancia de su padre, se aleja en cambio de su estilo sin dejar de experimentar nuevos caminos para su narrativa y publicando tanto en revistas especializadas como on line, “como hija de un exiliado, nacido en el exilio y que viven lejos del lugar al que llamo hogar, pertenencia, diáspora e identidad son los temas principales de mi trabajo”, afirma.

100 díasUno de sus trabajos más representativos es 100 days, el esfuerzo que realizó la escritora al completar un poema para cada uno de los 100 días ruandeses en los que el mundo pudo haberse detenido y no lo hizo. Se fueron publicando en la página web de Juliane, y este mismo año en enero lo han hecho en forma de libro (Universidad de Alberta Press, 2016).

En 2014 la artista Wangechi Mutu había comenzado un proyecto fotográfico para conmemorar los 20 años de lo ocurrido en Ruanda a través de facebook. Juliane, cuya familia sufrió las consecuencias del régimen de Idi Adim, está familarizada con el dolor. Da la circunstancia de que coincide en el Festival de poesía de Medellín con Yolande Mukagasana, víctima directa del genocidio ruandés, cuyo testimonio la impresiona y decide que ella quiere escribir también para ese proyecto que ha iniciado Mutu: #Kwibuka20#100 Days.

El resultado son 100 piezas tras las que Juliane confiesa sentirse exhausta, durante este período de tiempo siente que “corre” y su escritura se asemeja a un maratón.

Day 91

We couldn’t have known, nine days in
That it would ever be over
It was a time warp that had us
In flashes and then in woozy moments
That took forever

A machete hangs in a museum in Ottawa
A machete hangs perpetually in a museum in Ottawa
A machete hangs like a mockery of time
Like a semblance of that reality
In which another machete
Other machetes hang for what seemed a long time
But eventually they come down
Again and again and again and again and again
Even time marked by machete strokes
Can never be accurate

Mutu-kwibuka-91

Wangechi Mutu – 20th Anniversary Rwanda Genocide – day 91

Hoy, 26 de junio comienza el Festival Mundial de Poesía, en Caracas (Venezuela), de este año en el que ella va a participar en el Foro denominado “Poesía, Paz y Derechos humanos”. Juliane, junto a Koulsy Lamko (Chad), Alhaji Papa Susso (Gambia), Keorapetse Kgositsile (Sudafrica) y el argelino  Archour Fenni, serán los representantes este año del continente africano. Abordarán el tema de la poesía y la palabra como elemento pacificador en las zonas en conflicto, según fuentes del propio festival.

La escritura como forma de luto de Scholastique Mukasonga

De Scholastique Mukasonga se dice que fue el genocidio de los tutsis de Ruanda en 1994 lo que la hizo escritora. Treinta y siete miembros de su familia, incluida su madre, fueron asesinados dentro del cataclismo en el que se sumió su tierra natal. Ella había abandonado su país antes, pero reunió el coraje necesario para volver en 2004 y enfrentarlo. Sintió el deber de hacerlo. Tal y como resalta Carlos Bajo, “Se trata seguramente de la sensación de tener la responsabilidad de contar y de buscar en la literatura algo así como una catarsis.”

Ella tiene su lectura de los hechos, tiene el dolor de la mortaja continua, tiene el peso de la rabia contenida del que sabe que todo aquello se pudo evitar. Ella espanta todos esos cuentos sobre el salvajismo bárbaro entre los hutus y los tutsis y pone el acento sobre lo que ocasionó la erosión.

C. Hélie/Gallimard

Foto: C. Hélie/Gallimard

Antes de que llegaran los colonos no se sabe a ciencia cierta si entre hutus y tutsis había rivalidades insalvables, parece que no. Pero está documentado que los belgas midieron las narices y los cráneos de los tutsis y concluyeron que eran más bellas, más rectas, y determinaron que eran diferentes, concediéndoles el carácter de superiores y sembrando la cizaña y la división con los hutus que eran mayores en número y, a partir de entonces, inferiores. Y dotaron a ambas etnias de documentos de identidad, lo que propició la rápida identificación de cada ruandés, en uno u otro grupo. Estamos hablando de la década de los 30.

Scholastique Mukasonga nació en Gikongoro en 1956. El 1 de noviembre de 1959, Mbonyumutwa, un activista hutu, recibió una brutal paliza de manos de un grupo tutsi que lo dejó al borde de la muerte. Dos años antes, los hutus habían comenzado a levantarse pregonando que eran el 85% de la población y, sin embargo, estaban sometidos, lo que había propiciado que los belgas convocaran elecciones y se pusieran del lado hutu. Aquel incidente fue la mecha de una matanza que propició el primer progromo contra los tutsis, miles de ellos murieron a machetazos y muchos huyeron a Uganda. Fue el primer genocidio ruandés. Después hubo más, en 1963 y en 1964, años en los que era fácil identificar a unos y a otros gracias a los documentos de identidad y en los que los hutus incitaban a la segregación, hasta el horror de 1994.

notre_dame_du_nilAsí, su primera novela no estrictamente autobiográfica como fueron las tres primeras: Inyenzi ou les Cafards, 2006; La femme aux pieds nus, (2008); L’Iguifou, Nouvelles rwandaises, (2010), se sitúa con deliberación en la década de los 70. Publicada originalmente en francés, como el resto de su narrativa, Notre-Dame du Nil (2012) recrea a través de un microcosmos la atmósfera de tensión y violencia racial que se vivía en el país y que terminaría en el agujero negro y sin fondo que se conocería como “los 100 días”.

La novela, narrada por una adolescente, transcurre en un internado a orillas del río Nilo, un selecto lugar al que son llevadas también jóvenes pertenecientes a la élite del país. “He optado por el género de la novela para tomar distancia, escapar del sufrimiento (…). Soy el testigo de fuera, no vivo el sufrimiento de la víctima”, aclara la autora en una entrevista.

Traducida al inglés el año pasado, Our Lady of the Nile opta al “International Dublin Literary Award 2016”. Premio que ha tenido entre sus preseleccionados a Zakes Mda (Rachel’s Blue), Mandla Langa (The Texture of Shadows)Imraan Coovadia (Tales of the Metric System), Dinaw Mengestu (All Our Names) Laila Lalami (The Moor’s Account), entre otros.

-Modesta, dijo Gloriosa, ¿observaste el rostro de la Virgen?
-¿Cual?
-El de la estatua de Nuestra Señora del Nilo.
-¿Y entonces? Es verdad que no es como el de las otras María. Es negro. Los blancos lo maquillaron de negro. Sin duda para darnos el gusto a los ruandeses, pero su hijo, en la capilla, sigue siendo blanco.
-¿Pero no te fijaste en su nariz? Es una naricita derecha, la nariz de los tutsi.
-Tomaron una Virgen que era blanca, la pintaron de negro, conservaron la nariz de los blancos.
-Sí, pero ahora que es negra, es la nariz de una tutsi.
-Sabés, en esa época, los blancos y los misioneros estaban del lado de los tutsi. Entonces, una Virgen negra con una nariz tutsi, estaba muy bien.
-Sí, pero yo no quiero una Santa Virgen con una nariz tutsi. Ya no quiero rezar delante de una estatua que tiene una nariz tutsi.
-¡Qué querés que hagamos! Creés que la madre superiora o Monseñor, si se los vas a pedir, van a cambiar la estatua. A menos que hables con tu padre…
-Por supuesto que hablaré con mi padre… Por otro lado me dijo que iban a destutsificar las escuelas y la administración. Ya empezó en Kigali y en la universidad de Butare. Nosotras vamos a destutsificar a la Santa Virgen, le voy a rectificar la nariz, algunas entenderán la advertencia.
-¡Querés romperle la nariz a la estatua! Cuando sepan que hiciste eso corrés el riesgo de hacerte echar.
-Para nada, le explicaré a todo el mundo por qué debía hacerlo : es un gesto político y van a felicitarme y además mi padre…
-Bueno, entonces, ¿cómo vas a hacer?
-No es difícil : rompemos la nariz de la estatua y le pegamos una nueva nariz. Un domingo iremos a lo de los Batwa, los hay en Kanazi. Tomamos arcilla, bien preparada, bien prensada, aquella con la que hacen las macetas, y le modelaremos una nueva nariz a María.
-Y esa nueva nariz, ¿cuándo la vas a pegar? Iremos de noche, la víspera de la peregrinación y, al día siguiente, todo el mundo verá la nueva nariz de Nuestra Señora del Nilo. Una verdadera nariz de ruandesa, la del pueblo mayoritario. Todo el mundo apreciará. Aún la madre superiora. Sin necesidad de explicarle. O más bien sí, yo le explicaré. Conozco algunos que bajarán la cabeza, que tratarán de esconder su naricita. Vos primera, Modesta, con la nariz de tu madre. Pero me vas a ayudar ya que sos mi amiga.
-Gloriosa, tengo miedo. Tendrás problemas de todos modos y yo, sobre todo, si te ayudo.
Nuestra Señora del Nilo, Gallimard, 2012 [Traducción del francés: La chanson de la cigale]

 

Cuando el país al otro lado del mundo es el tuyo

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Publicado originalmente en África no es un país.  22/01/2016

A veces los libros se nos caen de las manos. Adquieren un peso insoportable, un tamaño descomunal y se vuelven imposibles de sostener. Sus páginas se enredan sin remedio en lo más profundo de nuestra mente y sus palabras se quedan incrustadas en ese lugar inhabitable en el que comparten espacio con el horror que más tememos. Pero nos ayudan a penetrar en lo impenetrable y a sondear en la cercanía abismos lejanos. Murambi, el libro de los huesos de Boubacar Boris Diop (considerado uno de los cien mejores libros africanos del siglo XX y editado el pasado año en castellano por Ediciones Wanafrica) nos devuelve la atrocidad que soportó Ruanda en 1994, hace ya más de veinte años. Es decir, ayer mismo.

El senegalés, que ha escrito en más ocasiones sobre el mismo tema y sintió ante él que explicar el genocidio en Ruanda le confirmaba que ser escritor servía para algo, parece hacer suyas las palabras de Toni Morrison: “Después de un genocidio, solo el arte puede intentar devolver el sentido a las cosas”. Para ello nos pone frente al espejo de unos sucesos sobre los que nunca se ha escrito y leído lo suficiente. Máxime en el momento actual cuando la situación en Burundi ha alertado sobre la posibilidad de que se produzca algo semejante en la región de los Grandes Lagos (lo que el propio escritor no ve verosímil, aunque sí considera que decir “atención a Ruanda” funciona como una alerta). Pero, además, el autor pone de manifiesto el desinterés y desinformación que en el propio mundo africano había alrededor del genocidio tutsi ruandés.

Para leer el resto del artículo mapa-africa

Áfricas- Bru Rovira

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Desde el inicio de este libro, el periodista Bru Rovira, nos advierte: “Sin la experiencia del sentir-y no sólo del dolor, sino también del gozo-es improbable que se produzca el fogonazo del saber. Los libros, las fantasías, los sueños, los ideales, el amor, “la pasión intelectual” se convierten en conocimiento sólo cuando les acompaña la “expresión física de la vida”: aunque no es imprescindible viajar en trineo hasta el polo Sur, es importante salir de casa” (pág. 11).  Áfricas, entre la crónica y el periodismo literario, es el mejor ejemplo del tipo de periodismo que le gusta realizar a este reportero que huye de ir a donde van todos y a quien le gusta transitar por “carreteras secundarias“, y es un libro contado desde las entrañas. “Me quedan pocos ideales sobre el heroísmo y la mítica figura del reportero”, escribe. “Rezo para que no se me atrofie la sensibilidad que me permite percibir los gritos del silencio, la de vida de los parias de esta tierra”.

Áfricas da datos y sitúa cada país en su contexto histórico y político, a veces utilizando explicaciones más largas y otras veces, en cambio, sirviéndose de apenas una cita o la historia de una fotografía, pero sobre todo logra explicar los conflictos o la situación de carestía de las cuatro Áfricas que aparecen en el libro: Sudán del Sur, Somalia, Liberia y Ruanda, a través de las voces y de los silencios de las personas que va conociendo, con las que comparte, a veces minutos y a veces días. Rovira sabe que no son necesarios fríos datos para hacer llegar al lector lo que supone vivir una Somalia, por ejemplo, cuyos habitantes pueblan la deriva.

Áfricas  es un libro que intenta hacernos partícipe del horror de la niña violada en múltiples ocasiones, del estupor que causa conocer que una vida en Somalia  vale 10 céntimos de euro, de la incapacidad de sacar una sonrisa de un grupo de niños hambrientos, extenuados, que deambulan por la tierra arenosa del sur de Sudán. Los seres que se asoman por sus historias nos retuercen el corazón y nos dejan sin aliento. Son cosas que pasan no tan lejos. En ese continente al que solo volvemos la vista cuando asoman, en la televisión o en los periódicos, cuerpos inertes, atravesados por el hambre, la desesperanza o las enfermedades. Son las Áfricas de los conflictos con miles de muertos interminables, de los niños-soldados, de las violaciones en masa, del fracaso de occidente, de los intereses creados, de nuestra responsabilidad, de la cobardía cuando llega el horror y del “sálvese quien pueda” que tanto nos gusta practicar, de toda esa verdad incómoda.

El texto es un conjunto de relatos que consigue orquestar cada voz dentro de un coro que nos habla de miseria y dolor, mucho, mucho dolor, pero también de la dignidad de los que, a pesar de lo que han vivido, siguen adelante. Es un alegato frente al anonimato en el que se sumerge una y otra vez al continente. Está escrito con lágrimas, desgarros, recuerdos e, incluso traumas. Su lectura es de las que te deja sin aliento por lo incómoda que resulta a menudo. Al leerlo sientes como si estuvieras encima de un fuego lento que te está quemando por dentro, abrasándote con las historias, quemándote sin posibilidad de volcar agua encima. Sabes que no hay salida para el mutismo del niño en el campo de refugiados de Liberia que se encierra en si mismo y sientes esa desesperanza absoluta descrita en su larga mirada vacía, ese insondable dolor, ese despiece que se ha producido en su alma infantil ya para siempre. Percibes la distancia kilométrica que hay entre ellos y nosotros, distancia que Rovira siente también al reconocer que él se gana la vida contando historias de las que se encontraba siempre a salvo. Esa duplicidad insoportable.

Rovira afirma en el libro: “En las guerras olvidadas, la víctima no tiene personalidad. Ni siquiera forma parte de un tiempo histórico y su lugar en el mundo se diluye en el mapa mudo de la desmemoria, desdibujando una geografía sin nombres” (pág. 129). De ahí la importancia de poner nombres a los rostros anónimos, identificarlos, conocer sus historias, sacarlos de esa masa uniforme, difusa y vaga que caracteriza lo colectivo, que estereotipa, tipifica y encapsula, y a la larga silencia y olvida. Contar sus vidas.

Áfricas es un libro dolido, en el que Bru Rovira se va quedando en carne viva. Duro y desesperanzado, repleto de reflexiones personales, a modo de exorcismo de lo vivido y sentido. Comienza con un viaje en el que acompaña a unos músicos de ruta por Sudán del Sur y acaba con la mirada negra, como un pozo lleno de sangre, de la niña de Nyamata en Ruanda. No creo que puedas olvidarla.

Durante las inundaciones de Mozambique del año 2000, una mujer fue rescatada por un helicóptero junto al grupo que se había refugiado en unos árboles. Con gran dificultad, la tripulación sudafricana del helicóptero consiguió echar unos cables para subirlos a bordo, pero al llegar a la cabina, la mujer, desesperada, empezó a gritar y, de pronto, se lanzó al agua. ¡Había olvidado su olla y de ninguna manera se marcharía sin ella!

El piloto del helicóptero no podía creerlo. Una hora de vuelo de aquellos aparatos alquilados en Sudáfrica costaba cinco mil dólares. ¿Cuánto cuesta una maldita olla?

Nosotros no lo sabemos. Los que viajamos con un billete de ida y vuelta jamás conoceremos su precio. Pero el precio no explica la vida de la mujer. El precio es nuestra mirada. Ésta es la distancia que a veces siento me separa de la mujer de la olla. La distancia insondable que me separa de África (Página 87)

Ficha:

  • Título original:  Áfricas (2006)
  • Idioma: Original: Castellano
  • Traducción al castellano: RBA (2006)
  • Imagen de portada:  Fotografía de S.Salgado . Amazonia images.
  • Nº páginas: 266

La sombra de Imana-Véronique Tadjo

Según la creencia de la tradicional Banyarwanda en Ruanda, en los días antiguos, cuando Dios todavía vivía entre los hombres, la Muerte no vivía entre los hombres. Muerte era una bestia salvaje que a veces pasaba por la tierra, pero Imana (el Creador) les prometió a los hombres que él se ocuparía de darle caza con sus perros cuando Muerte viniera por la tierra. Sin embargo, les puso una condición: que cuando Imana fuera de caza y persiguiera a Muerte todos los demás seres vivos debían ocultarse. Un día durante una de estas cacerías una mujer anciana salió al huerto para recoger comida. Entonces, Muerte que huía corriendo de Imana, vio a la mujer y le prometió que si ella le escondía él ayudaría a ella y su familia. La mujer abrió su boca y Muerte saltó dentro. Cuando Imana vio a la mujer y le preguntó que si ella había visto a Muerte, ella lo negó. Pero Imana se dio cuenta de lo que la mujer había hecho, abandonó a los hombres, dejó la tierra y dejó que los humanos se encargaran de la bestia Muerte. Desde entonces Muerte vive entre los seres vivos de la tierra.1

En 1998 Veronique Tadjo participó en el proyecto Ruanda, escribir por deber de memoria, lanzado por el escritor y periodista Nocky Djedanoum con la finalidad de romper el silencio de los intelectuales africanos en torno al genocidio de Ruanda de 1994. De la estancia de Véronique Tadjo en el país surgió la novela La sombra de Imana. Se trata de una obra en la que combina sus intensas impresiones y reflexiones personales con relatos de ficción en los que intervienen asesinos y víctimas, partiendo de la idea de que la ficción es un medio idóneo para mantener viva la memoria de los pueblos. Para ello, la autora recurrió al testimonio de las víctimas de la gran tragedia que asoló el país y la conciencia de la comunidad internacional.  (www.casafrica.es)

Durante 100 días, a razón de 6 personas por minuto, una violencia medieval que segó la vida de cerca de 800.000 de personas. Esto fue lo que ocurrió. ¿Por qué? ¿cómo fue posible? ¿dónde estábamos?, son preguntas que aún hoy siguen sin contestarse del todo y casi seguro que nunca lo hagan.

Jean Hatzfeld entrevistó a los supervivientes de las masacres. Estas conversaciones las plasmó en un libro “Una temporada de machetes”. Si solamente con el título se nos ponen los pelos de punta, os podéis imaginar cómo se os queda el resto del cuerpo al terminar de leer la última página de este escalofriante libro, en el que el periodista, desde el mismo centro del genocidio tutsi, Nyamata, va compilando las voces de los verdugos.”El genocidio va más allá de la guerra porque la intención dura para siempre, incluso aunque el intento fracase, dice la campesina Christine Nyiransabimana”.

Veronique Tadjo elige la ficción para novelar las vidas de aquellos y aquellas que sobrevivieron. No estoy curada de Ruanda. Nada puede exorcizar Ruanda”, dice al final de esta obra. Mientras, han hablado los que huyeron dejando el país en manos de los asesinos, las que fueron violadas, los niños y niñas abandonados, las que se ofrecieron ellas mismas para salvar a sus hijos, las culpas de los que no estaban allí cuando eran tan necesarios, los hombres y mujeres que contemplaron el horror, el horror, el horror. La sangre que reclamaba más sangre y el odio que engendraba más odio.

Las diferencias ya desde antes, o quizás siempre inexistentes, pero forzosa y milimétricamente alimentadas para que la maquinaria criminal se pusiera en marcha. Las listas que identificaban a los hutus y a los tutsis. Las armas que procedían del exterior: Francia y China. La radio que incitaba a llenar las tumbas. Los que incitaron, los que mataron, los que violaron y cercenaron, los que actuaron por coacción, las que permitieron y no hablaron, las asesinas, las mutiladoras. La pobreza, que mira al otro cuando cultiva las tierras y desea poseer lo que el otro tiene, la pobreza que se ahoga en alcohol, sumisa y amedrentada. El pasado lleno de otros rebrotes, otras pugnas, que como fina lluvia han ido desbordando el vaso. La “Operación Turquesa” que permitió a los verdugos escapar, la ¿intervención internacional? tardía y fracasada, porque ¿a quién le importaba Ruanda?.  Y, en el medio, las historias, breves, condesadas y certeras, que nos sacuden y nos interpelan, que nos obligan a preguntarnos una y otra vez lo mismo: ¿por qué?, ¿cómo?.

El ciclo no parece que se haya cerrado de verdad, parece más bien un cierre en falso. “Todo crimen no castigado generará nuevos crímenes”. A la larga los hutus tendrán miedo de los tutsis porque están en el poder y los tutsis de los hutus porque pueden adueñarse del mismo. “El miedo sigue en las colinas”. El miedo al Otro, ¿dónde surge? ¿cómo se alimenta?. No hay una línea recta que nos de respuestas rectas. Nada es fácil cuando se intenta comprender tanto odio, tanta cólera. Y, sin embargo, es lo único que nos queda: recordar, hablar de ello, intentar comprender. A todo esto nos ayuda este libro. “Pues, si es verdad que la palabra “Ruanda” tiene todavía una cierta resonancia, la huella de esos Cien Días en las mentes no es tal vez tan profunda como debería. Por esto es tan importante que continuemos hablando”- Boubacar Boris Diop, “África más allá del espejo”. Para que no se abra de nuevo otro ciclo, para que la vida tenga más peso que la muerte para todos. “No tengas miedo de saber, dice una superviviente. Sólo de la impunidad nace la muerte”.

“Los muertos no vendrán a reclamar nada porque han empezado otra existencia. Y nosotros no tendremos nunca todas las respuestas a nuestras preguntas. Hay que castigar a los que lo merecen, a los que han iniciado el reinado de la crueldad. Pero los demás deben ser liberados del peso de la culpabilidad.”

Ficha:

  • Título original:  L´ombre d´Imana (2000)
  • Idioma: Francés
  • Traducción al castellano: El Cobre Ediciones, S.L. (2003)
  • Traductora: Núria Viver Barri
  • Otras publicaciones de esta obra/ Otras obras traducidas:
    • “La dansa de la pantera”. Editorial Cruilla, S.A. Catalán (1999)
    • “La canción de la vida y otros cuentos”. Editorial Siruela (2006)

LA SOMBRA DE IMANA-PORTADA

Sobre la autora:

Véronique Tadjo nació en París en 1955 pero creció en Abiyán, Côte d’Ivoire (Costa de Marfil). Hija de un alto funcionario de origen marfileño y de una madre pintora y escultora, vivió una infancia marcada por los viajes. Estudió Literatura en la Universidad de Abiyán y completó su formación con un doctorado en Literatura y Cultura afroamericanas, cursado en La Sorbona (París). Una beca Fulbright le permitió proseguir sus estudios en Washington, tras lo cual regresó a su país, donde ejerció la docencia durante varios años en la Universidad Nacional de Côte d’Ivoire. Además de a la escritura, se dedica actualmente a impartir talleres de escritura y a la ilustración de textos infantiles. En 1984, Tadjo publicó su primera obra, un libro de poemas. Siguieron varias novelas, Le Royaume aveugle (1991), A vol d’oiseau (1992) y Champs de bataille et d’amour (1999). En 2005 recibió el Gran Premio Literario de África Negra. (Fuente: www.casafrica.es).

Para saber más:

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