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Posts etiquetados ‘Sierra Leona’

Los hombres leopardo se están extinguiendo – Chema Caballero

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En este caso voy a empezar por la última página del libro en la que, junto a los agradecimientos, una nota nos informa que todos los beneficios que reporte la obra estarán destinados a una ONG, Dyes (Desarrollo y Educación solidaria), que en 2005 fundó Chema Caballero, junto a sus tres hermanas, cuando todavía se encontraba en Sierra Leona, país en el que permaneció desde 1992 hasta 2009. Este libro lo escribió después, en 2011 instalado ya entre nosotros, y no digo “fuera de África” porque eso en Chema Caballero es imposible.

De la terrible guerra civil sierraleonesa, a pesar de no querer hablar en esta ocasión (podéis leer la entrevista que le hizo Ramón Lobo en “Jot Down“), acaba haciéndolo (él sabe que es algo inevitable), ya que su intención es contar “lo que están viviendo hoy día, los hombres y mujeres de Sierra Leona y, más concretamente, de Tonko Limba“. Y eso (aunque no solo) es lo que encontramos en sus páginas: el día a día vibrante y triste, vital y amargo, por el que transcurre ese pequeño universo que él conoció y todavía ama. Como diría Binyavanga Wainaina por el que aflora mucha cotidianeidad. Así, el libro es un auténtico regalo para todo aquel que quiera asomarse a este continente desde la mirada de un extremeño que pasó dieciocho años en Tonko Limba, trabajando con la comunidad y rehabilitando a menores soldados, pero ante todo caminando con ellos desde la humildad, con ganas de conocer, intentando aceptarlos en su totalidad y aparcando las tentaciones de juzgar…por que, como bien se encarga él mismo de subrayar, ¿quién conoce qué?.

En una ocasión anterior califiqué este libro de “manual”, y lo dije porque en esta obra aparecen muchos temas de la sociedad y cultura sierraleonesa que están tratados con profundidad y nos aportan la visión del que las ha vivido “con nuestra mirada”. El título del libro hace referencia a una de las sociedades secretas de aquel país, la de los hombres leopardo, según la cual estos hombres se transformaban en leopardos, tradiciones y creencias que nos descubren la magia y las supersticiones que aún perviven en el continente y que se enfrentan a una modernidad apabullante (donde el móvil es el artículo estrella).

Junto a ellas, aparece la situación de la mujer (“No se puede negar que las mujeres sierraleonesas, como todas las africanas, son supervivientes natas, que buscan los medios y las formas para, a pesar de la opresión y marginación en que se encuentran, sacar adelante a sus familias”), la educación, la sexualidad y los embarazos adolescentes (“Durante años he estado promoviendo el uso del preservativo entre los jóvenes, pero cuesta mucho que opten por él”), el consumo de yamba-marihuana local, la mutilación genital femenina, la medicina tradicional africana, la brujería (“Los extranjeros solemos considerar como hechiceros a toda una serie de personajes que juegan un papel muy distinto en la vida de los sierraleoneses”) o los jóvenes (que se ven influenciados por la televisión, Internet y que se encuentran atrapados entre la modernidad y la tradición) a quienes considera los verdaderos motores del cambio, porque Chema Caballero es de los que opina que a África la sacará de su situación los propios africanos.

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Fotografía: Gervasio Sánchez.

Los jóvenes son la única esperanza que le queda a África para romper con su situación actual y cambiar. Constituyen la mayoría de la población del continente. Son la fuerza que quiere que las cosas cambien en sus países y buscan medios y formas para conseguirlo.

Los jóvenes tienen la capacidad de llevar a cabo la revolución que necesita África y todo nuestro planeta. Una revolución que venga del Sur, de forma pacífica, y que cambie todas las estructuras políticas y económicas que rigen las relaciones internacionales para, así construir un mundo más justo e igualitario para todos. Pág.112

No se obvia, tal y como ya he comentado, la dramática e infernal situación que se vivió durante y después de la guerra civil. Aquella guerra fue una de las más crueles de finales del siglo XX y principios del XX y duró 12 años. Bajo ella no se encontraba “una guerra tribal” como se suele denominar, tal y como denunciaba el escritor Ahmadou Kourouma en Alá no está obligado, a todo conflicto que suceda en aquel continente, sino la codicia de Occidente por hacerse con los recursos naturales africanos, el mantenimiento del negocio de las armas y el control de las minas de diamantes, entre otros, lo que produjo un conflicto de especial crudeza con la población civil que la vivió, además de con muertes y desolación, con amputaciones de manos, y niños y niñas convertidos en menores soldados y esclavas sexuales. Chema Caballero testificó en el juicio contra el “señor de la guerra” Charles Taylor y luchó para que no se juzgara a los menores soldado por “crímenes de guerra”.

“Las guerras las diseñan y manipulan los poderosos y las viven y sufren los más pobres”(pág. 41)

A la crudeza de la guerra le sobrevino el tiempo después, el necesario tiempo de la reconciliación (“el asunto pendiente de todas las guerras“), cuando víctimas y verdugos compartían los mismos espacios y en el aire se respiraba el deseo de venganza, la insatisfacción de los jóvenes, la propia dificultad por parte de los menores soldados para volver a la sociedad por miedo a ser reconocidos. Una vidas que había que reconstruir y que fueron abandonadas, tras el desembarco de ONG y organismos internacionales (con los que se muestra muy crítico) que acudieron cuando “Sierra Leona se puso de moda” en tropel y que después, justo cuando más se les necesitaba, desaparecieron.  A pesar de que considera que la ayuda es necesaria, afirma que “África necesita más justicia que ayuda material”.

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Fotografía: Yannis Konto. Sierra Leona

Además, es un libro autobiográfico en el que el fue misionero javeriano nos descubre sus propias dudas y desilusiones (“A veces me pregunto si tanto esfuerzo en el campo de la educación vale la pena. Cuando veo las dificultades que tienen que superar los estudiantes, las de sus familias y la forma en la que malviven los maestros, pienso que tanto aprender no lleva a nada. Son pocos los que después de tanto sacrificio conseguirán un empleo digno”, pág. 153). Sus dificultades para comunicarse, incluso estudió krio, porque se llega con ideas preconcebidas (“Por muy bien que hablemos el idioma local, la mentalidad que existe detrás de las palabras y los conceptos es siempre difícil de captar”, pág.31) o sus momentos de enfado, cuando la rabia le sale a borbotones (como cuando un niño le interpela sobre los diamantes: “¿Y para que vosotros os digáis “te quiero” tenemos que matarnos nosotros?”) Pero es un libro en donde sobre todo aparecen los sentimientos de un hombre que tuvo la suerte de vivir en Sierra Leona.

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Un día de mercado. Sierra Leona. Fotografía: AFP: Carl de Souza

Ahora termino por el principio del libro. Nada más leer la dedicatoria sabemos que estamos ante un libro escrito por alguien a quien le apasiona leer. El cofundador del blog “África no es un país” le dedica su obra al Coronel Aureliano Buendía, aquel personaje creado por la magia del gran Gabo, “que promovió treinta y dos levantamientos y los perdió todos”. Además de estar ante un buen lector, verificamos que es alguien que no ceja, ni se deja vencer por las adversidades, que se cae y se levanta miles de veces hasta la extenuación, a pesar de que conoce también cuáles pueden ser los resultados. Pero este libro no habla de Chema Caballero, el extremeño que aprendió krio para poder abrazar con la mente y con el corazón a miles de menores que sufrieron una de las mayores atrocidades que se le puede cometer a un niño/a, ni siquiera habla de África, porque no existe. Este libro habla de un gran hombre que un buen día llegó a un lugar llamado Tonko Limba en el que sus habitantes solo querían, como todos, ser felices.

“Los extranjeros tendemos a imaginar África como algo estático, que se ha detenido en el tiempo. Tenemos en nuestra mente las imágenes de las películas de Tarzán, Las minas del rey Salomón, Memorias de África… y nos es difícil imaginar un continente distinto al que nos enseña Hollywood.
Sin embargo, África es un continente joven, lleno de esperanza y de ganas de cambiar. Está evolucionando continuamente. A pesar de estar condenados a la supervivencia básica, sus habitantes, especialmente los más jóvenes, no se resignan y buscan día a día cómo salir adelante. Por eso es un continente siempre en movimiento, que nunca se para, por más que nosotros sigamos pensando que allí se ha detenido el tiempo” (pág.200)

Ficha:

¿Una África secreta?

Las sociedades secretas (*) han existido y aún perviven en territorio africano. La historia de las mismas es larga y compleja. Tal y como lo es todo lo relacionado con la brujería y la magia que parecen tan unidas a las sociedades africanas (rurales sobre todo). Siendo dificultoso conocer muchas de sus actuaciones, debido al secretismo y ocultamiento con el que se viven (aunque no siempre).

En África Occidental es en donde con más frecuencia han aparecido (pero no exclusivamente). Sierra Leona, Liberia, Guinea, Costa de Marfil o Nigeria contienen en su seno  un gran número de sociedades secretas. Con un peso muy importante, a nivel económico, social y político, sin embargo las referencias y estudios sobre ellas no abundan.

Ahmadou Kourouma incidía en Esperando el voto de las fieras en la relación entre superstición, brujería y poder. Por ejemplo, tras tres intentos de asesinato del general dictador protagonista de los que se salva por diversas circunstancias, todos creen que es un ser intocable. Un cúmulo de coincidencias hacen que siga con vida lo cual eleva su fama de hombre invulnerable. Gracias a la piedra mágica de su madre (una hechicera) y a El Corán de su marabut tiene la protección suficiente frente a  conspiraciones y trampas.

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Sociedad secreta Nyau (Mozambique). Fotografía: Vlad Sokhin (2000)

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Niños regresan de su iniciación en el Poro. Panguma, Sierra Leona (Foto: Sjoerd Hofstra, 1936)

La novela Vínculos secretos (Baile del Sol, 2014) se adentra en la sociedad secreta del Poro (que solo acepta a hombres en su seno, la femenina se denomina Sande), en este caso liberiana aunque también existe en Sierra Leona, Guinea y Costa de Marfil, para indagar en las raíces del poder que se hace fuerte en las comunidades más primitivas para lograr consolidarse y perpetuarse.

Su autor, el  escritor Vamba Sherif, en un texto con el que la periodista Ángeles Jurado nos traza una completa semblanza, asegura que “(el libro) nace de un encuentro cara a cara con el ex presidente liberiano Charles Taylor en el año 2000″ (cuando Taylor era el presidente de un país devastado tras diez años de guerra, casi un dios) (…) “Lo que me impactó sobre este encuentro, que tuvo lugar en la mansión presidencial en Monrovia, no fue la reacción de Taylor, sino la reacción de la audiencia”, rememora Sherif. “La guerra había comenzado en el norte, donde nací. Y Taylor había reunido a las autoridades del norte y les había pedido que proclamaran su apoyo a su propia lucha contra ese norte. Esos hombres y mujeres que conformaban la audiencia eran los padres y las madres de los jóvenes que tomaron las armas contra Taylor. Lo que sucedió fue increíble. Declararon su apoyo inquebrantable a Taylor en su guerra contra sus propios hijos, su propia gente. Fui testigo del juego del poder y del miedo que genera. Nada me había preparado para esa reacción. Estaba mirando al poder en toda su gloria y al miedo paralizante que resulta del abuso de ese poder”.

VINCULOS

Le tenía ganas a esta novela, tras la estupenda presentación anterior y la recomendación de Wiriko. En cambio, el comienzo de Vínculos secretos me pareció confuso (y mucho de esta primera sensación se mantuvo a lo largo de la lectura) para tornarse de inmediato en inquietante. Muy fílmico, incluso hay quien directamente lo une a alguna película, transmite una intensa carga de misterio desde las primeras líneas. Apunta a una novela clásica de detectives, donde un hombre es enviado a un pueblo fronterizo de Liberia, Wologizi, para investigar un asesinato pero, al igual que en Las luminosas de Lauren Beukes, lo sobrenatural hace acto de presencia para enredarlo todo aún más.

Sin embargo, en Vínculos secretos lo sobrenatural tiene otra índole y nos habla del poder que hace que ciertos seres humanos se conviertan en objeto de veneración y también de miedo. No en vano, la llegada del extranjero se produce al ser un enviado del Presidente del país para que averigüe la desaparición de uno de los jefes tribales que tiene diseminados a lo largo del territorio para perpetuar su posición. El extranjero se irá deslizando en un entramado de pasiones y secretos, brujería y poderes sobrenaturales, que le hará ir descubriendo un mundo que desconocía, pero que existe y que se va cerrando opresivamente en torno a él.

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Young members of Sande (Female Secret Society) Sierra Leone

A pesar del desconcierto que puede aparecer en algunos pasajes (quizás porque el escritor, según mantienen algunos medios, escribe para los liberianos y no para un público occidental), la escritura de Vamba Sherif logra dar cuerpo a esa red que desde lo más alto amenaza con no dejar que nadie se escape de ella, sabedora de que cualquier disidencia puede llevar en si misma el germen de su propia destrucción. Mucho que aprender en esta novela sobre unas sociedades que a veces se desdeñan al no comprender toda su complejidad y magnitud. E importancia.

No podemos olvidar que en el continente africano el mundo sobrenatural convive con el natural, como ya hemos comprobado en la obra de Mia Couto (Tierra sonámbula)  o en la de Ben Okri (El mago de las estrellas). Helen Cooper en su obra La Casa de la playa de azúcar, pone de relieve la importancia de las sociedades secretas, tal y como recoge Nuno Cobre en su reseña: “en Liberia tú no mueres de causas naturales, mueres porque alguien te ha embrujado”.

En ese “manual” de primera titulado Los hombres leopardo se están extinguiendo (PPC, 2011), el periodista y escritor Chema Caballero dedica una parte del mismo a hablar de ellas y señala que “eldescarga papel fundamental de las sociedades secretas es canalizar y controlar los poderes del mundo de los espíritus“. Para pasar a describir su origen (“se accede a las sociedades secretas a través de la iniciación, la cual marca también el paso de la niñez a la edad adulta”), sus lugares (“cada sociedad tiene una porción de selva reservada en exclusividad para sus ritos, conocida como el bosque sagrado”), su género (“en cada área siempre hay una sociedad secreta general para los hombres y otras para sus mujeres”), su importancia (“en las zonas rurales prácticamente todos pertenecen a la sociedad, y es casi impensable no entrar en ella”) y su ¿desaparición? (“los políticos de las zonas urbanas y aquellos que son representantes democráticos normalmente se mueven al margen de ellas”).

La sociedad de los hombre leopardo, que da título al libro de Chema Caballero, es quizá, a pesar de carecer casi de literatura sobre ella, la más conocida. A ello colaboraron en su día (de la peor manera, todo hay que decirlo) tanto Edgar Rice Burroughs con su Tarzán y los hombres leopardocomo Hergé con su Tintín en el CongoDe ahí en adelante todo queda por estudiar y conocer. Pa Alimamy Gbola, nos cuenta Chema Caballero, era un hombre leopardo sierraleonés. Lo que le distinguía de los demás era que podía convertirse en leopardo. Para nuestros occidentalizados ojos lo anterior se torna en un imposible. Pero “nunca entenderemos al hombre africano si no lo aceptamos con todas sus dimensiones” como escribe Caballero, y la “vida secreta” es una de ellas y de gran importancia y transcendencia.

Nota: (*) también denominadas Cofradías e incluso he llegado a oírlas nombrar como sectas. Al respecto, siendo profana en la materia, pienso que habrá diferencias entre unas y otras, sin que se pueda englobar a todas bajo una misma denominación.

La inteligente y extraña belleza de la narrativa de Aminatta Forna

La escritora Aminatta Forna. Fuente: The Guardian

La escritora Aminatta Forna. Fuente: The Guardian

Publicado originalmente en Wiriko-Artes y Culturas Africanas. 11/02/2015

En la década de los 80 se impuso la idea de que un autor blanco no podía escribir sobre negros, sobre la negritud o sobre la experiencia cultural negra o africana.  En una entrevista, Doris Lessing se expresaba así en relación al  dogma que proscribía esas narrativas: “Siento que yo puedo escribir de la experiencia africana tanto como un autor negro africano; así como un indio, como lo es Rushdie, puede escribir sobre la experiencia inglesa o Achebe, que es nigeriano, sobre la experiencia norteamericana.”  Parecería que este tipo de encorsetamientos fueran más propio del pasado, sin embargo en fechas recientes hemos leído artículos de opinión que volvían a encajonar la creatividad y libertad, así como la identidad, del escritor.

El más reciente ha sido el firmado por Ben Okri en el que hablaba sobre la “tiranía mental de los escritores africanos”. Alega que los escritores africanos (otro término sin definir) escriben siempre a partir de los temas que se espera de ellos (que esperan los lectores occidentales) por ser precisamente africanos; pobreza, dictaduras, guerra, corrupción, hambre… Eso les lleva, en cambio, a no ser considerados ya que el lector occidental huye de esas temáticas, y afirma que a los autores africanos les falta libertad para romper la tiranía mental que les impide escribir obras sobre grandes temas…

Aminatta Forna escribe sobre conflictos y también se las ha visto con el tema de la identidad. A menudo se engloba a esta autora bajo la etiqueta de “escritora africana” (en 2007 fue nombrada como una de las jóvenes escritoras africanas más prometedoras por la revista Vanity Fair). En más de una ocasión ella misma ha eludido este “título” alegando que no se ve dentro de esta clasificación. Su padre, Mohamed, salió de Sierra Leona para estudiar medicina en Escocia, lugar en el que conoció a la madre de la escritora y en donde nacieron sus hijos. Con seis meses de vida Aminatta, junto con su familia, regresó al país africano, donde pasó su infancia. Después, el matrimonio se desintegró y Forna vivió a caballo, sobre todo, entre Reino Unido y Sierra Leona, donde su padre ejerció la medicina hasta que se involucró en la política. Una noche se lo llevaron de casa. Aminatta no lo volvió a ver más. Tenía entonces 10 años.

The Devil that Danced on the Water (2002) fue su primera novela y excavaba en su propia memoria: en la necesidad de saber qué le había ocurrido a su padre. La vuelta al país africano, cuando el conflicto estaba terminando, para poder escribir el libro y el camino que emprendió hacia la verdad se cobró su peaje: descubrió que la mentira y la manipulación, la codicia y la corrupción, el miedo y la violencia estarían dentro de ella para siempre. En aquel viaje en el que descubrió que “la guerra había destrozado el país como un tornado”, también supo que el régimen torturó a su padre y sobornó a cuatro hombres para que dieran falso testimonio contra él, acabando por ahorcarle “por traición”. Era el fin de la inocencia.

Fornalandia

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Donde crecen las flores silvestres (2013), traducida al castellano por Alfaguara, es su última novela escrita una década después de la primera pero no se aparta tanto de su trayectoria literaria como, a priori, pudiéramos llegar a pensar. En esta novela la escritora se aleja de tierras africanas para centrar la historia en el conflicto de la antigua Yugoslavia. Sin embargo, a pesar de haber cambiado el escenario, no ha hecho lo mismo con sus intereses y preocupaciones: la cruenta guerra civil de Sierra Leona, que ella descubrió en toda su extensión al investigar la muerte de su padre, y sus secuelas. Éstas se esconden pero no desaparecen tras la historia de Duro, el protagonista de la novela, ya que el dolor por la pérdida, el impacto de la traición y el terrible escenario de muerte y desamparo permanecen en su escritura.

Antes había publicado otras dos novelas que tenían como telón de fondo el conflicto sierraleonés, sin que en ninguna de ellas tratara de explicar las causas, Forna prefiere hablar de lo que se vive y de las consecuencias del mismo.

Tomando como protagonistas a cuatro mujeres El jardín de las mujeres (2006), cuyas historias se enmarcan en un tramo histórico que va desde 1926 hasta 1999 y sin ubicar lo narrado en un territorio concreto, aunque es inevitable pensar en Sierra Leona, nos cuenta la evolución de la saga familiar Kholifa. Abie vuelve a África para reclamar una herencia que su abuelo le legó al morir: los cafetales en los que solía jugar de niña en la aldea ancestral. Los recuerdos de sus cuatro tías lograrán confeccionar un tapiz que tiene el mundo espiritual muy presente. También la guerra civil, con sus traiciones y desapariciones aparecen en la trama. A pesar de que las voces femeninas parecen sólo una, es un texto repleto de escogidas palabras que van haciendo crecer un inmenso jardín ante nuestros ojos en el que las mujeres se reúnen y hablan con palabras elegidas, que logran pasajes luminosos.

Uno de los personajes de El jardín de las mujeres aparecerá en su siguiente novela La memoria del amor. Adrian Lockheart, es el psicólogo londinense que decide marcharse a África, en plena crisis personal, en busca de algo que le sacuda de la monotonía de una vida que fluye sin sentido y que tratará de ayudar a la gente a superar los traumas de la guerra. Si para Adrian ese lugar resguardado, protegido y a salvo que todos necesitamos tener, se llama “casa”; para el resto de africanos que, en este caso, han pasado por una guerra civil, terrible, desgarradora y paralizante, a ese lugar seguro, al que se acude en modo de fuga, se llama “refugio”. Parece el mismo concepto, pero difiere el camino por el que se llega.

En esta novela, al contrario que en El jardín de las mujeres, tres hombres nos narran sus historias. Casi todos los personajes guardan algún tipo de recuerdo doloroso, porque el libro habla sobre todo de la pérdida. Son los días posteriores a la guerra civil que arrancó en Sierra Leona en la década de los 90, los días en los que afloran las consecuencias de la misma, cuando llega el momento en el que víctimas y verdugos caminan por las mismas calles, héroes y traidores confunden sus historias.

Podría Forna haber puesto más el dedo en la llaga de la sangría que supuso una guerra civil donde niños-soldado eran obligados a cometer las mayores barbaridades imaginables, donde las mujeres eran violadas hasta la muerte y donde miles de ojos aterrados contemplaban y soportaban lo inenarrable. Pero prefiere internarnos en las secuelas, en lo que continúa a pesar de que, en apariencia, la vida siga adelante, en la incapacidad de nombrar las cosas por su nombre, en la parálisis de las palabras que se atoran en la garganta. Un grito eterno en la oscuridad. El silencio odioso que se cierne como un velo denso sobre toda la ciudad, en un intento de olvidar lo ocurrido para que desaparezca por sí solo, mientras ganan las narrativas que dan la vuelta a los hechos, mientras las víctimas mantienen su silencio ante los verdugos que, sin haber rendido cuentas por sus actos, ahora pasean tranquilos por las mismas calles por donde sembraron el terror, hasta que la boca se abre: “Cada persona le contó una parte de la misma historia. Y contando la historia de otra persona, contaron la suya propia”. Mientras el occidental necesita encontrar algo que de sentido a lo que vive y llama “trastorno” a los traumas que va conociendo, los africanos saben que lo que transcurre delante de sus narices es la vida, “la guerra tenía el efecto de animar a la gente a tratar de seguir viva. También la pobreza. Era tan difícil sobrevivir que no podía tomarse a la ligera. Tal vez el doctor sueco se imagina intentando acabar con todo si viviera aquí”.

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Duro, el protagonista de Donde crecen flores silvestres, es un ser solitario que está obligado a vivir con el pasado. Cuando llega una familia inglesa a la casa azul, situada en el idílico pueblecito croata de Ghost, que tantos recuerdos guarda dentro de sí, y se ofrece para ayudarles a restaurarla, la sucesión de historias se va encadenando, sacando a la luz lo que parece ocultar la vida áspera y fría del pequeño pueblo. Junto a ellos, iremos descubriendo a unos turistas que no quieren enterarse de la verdad, a un país que ha sufrido una masacre humana y que tras el horror camina en silencio, esperando que ese ser querido desaparecido se aparezca un día delante de ellos, conviviendo con los que saben han sido traidores y culpables de los mayores crímenes imaginables. Una vez más víctimas y verdugos aparecen y todos saben, pero en esta ocasión todos callan y siguen viviendo, sin olvidar, pero sin añadir más dolor.

Leyendo Donde crecen flores silvestres una se da cuenta de que no es el tema lo importante sino la capacidad del escritor para lograr que sea cual sea el tema elegido surja auténtica literatura. Forna eligió un país que no es el suyo para contarnos una historia que transciende los límites estrechos de todos a los que les gusta etiquetar las narraciones, para regalarnos un inteligente texto que formula muchas cuestiones y es de interés tanto para europeos como para africanos o asiáticos. Cuando es verdadera literatura. Algo que Ben Okri debió de olvidar.

Wiriko

Isla África- Ramón Lobo

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Ahora no recuerdo dónde lo leí (lo mismo me lo estoy inventando), un corresponsal conocido contaba en una entrevista que cuando regresaba de sus viajes apenas hablaba de ellos con sus familiares y amigos. Creo que aludía a la imposibilidad de articular las palabras adecuadas y a la sensación de que nadie entendería de verdad lo vivido, o lo que es peor que en realidad a nadie le importaba. En Isla África aparece en varios personajes la dificultad para expresar diversas experiencias vitales. Uno de los protagonistas, el corresponsal Carlos Bota, tiene un cáncer incurable y tampoco encuentra las palabras para decírselo a sus más próximos. Sheku, un ex niño-soldado, también tiene dificultades para expulsar sus terribles experiencias desde lo más recóndito de su ser. En Isla África parece que se apela a la necesidad de hallar un nuevo lenguaje, quizás una nueva manera de expresarse que facilite la tarea de explicar lo inexplicable.

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Ramón Lobo. Fotografía Revista Achtungmag

Ramón Lobo es un periodista que ha cubierto muchos conflictos y ha narrado en primera persona desde muchos lugares. Concibe el periodismo con mayúsculas, “Contar historias. Yo siempre he querido contar historias. A mí siempre me ha fascinado al leer el periódico, leer historias. Historias con gente. Pero claro, para contar las historias de la gente, tienes que estar en los sitios y hablar con la gente.”

Isla África es una novela que nació en el conflicto del que más le costó regresar, el que vivió en Sierra Leona, “No me funcionó ningún mecanismo de seguridad emocional. No supe mantener la distancia con lo que veía.” y, sin embargo, para él es el país más hermoso del mundo.

Isla África, que es ante todo la historia de una amistad, es ficción, pero intercala un buen número de nombres propios (sobre todo de periodistas; Gervasio Sánchez, Emma Daly, Javier Espinosa o Mort Rosemblum, entre muchos otros, pero también el del ex-sacerdote Chema Caballero, quien dirigió uno de los escasos programas de éxito para la recuperación de menores soldado, en lo que es un homenaje), convirtiendo la narración en una mezcla entre crónica de viajes, reportaje periodístico, diario o simplemente ficción literaria, pero en la que se sabe que el escritor cuenta sobre lo que vivió y le marcó aunque lo haga envuelto en forma de novela.

Minha Galera

Carlos Bota y Sincero Del Corral, el que escribe y el que fotografía, han compartido muchas aventuras juntos, tanto profesionales como vitales. Son una pareja de inseparables que han pasado de todo, muy buenos y muy duros momentos. Ahora, a Carlos le han diagnosticado un cáncer irrecuperable y decide que, en lugar de luchar contra la enfermedad, quiere dejarse morir y pasar sus últimos días en Sierra Leona, en un orfanato llamado “Isla África”, un antiguo y lujoso hotel de una playa cercana a la capital, lleno de menores soldados a los que dos sacerdotes tratan de recuperar.

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Exposición de Gervasio Sánchez sobre ‘Sierra Leona, guerra y paz

Tras leer las primeras páginas te empiezas a dar cuenta que Ramón Lobo no va a hablar de “África”. En primer lugar, la novela es un relato de las vidas profesionales de dos reporteros y nos muestra el oficio del periodista que hace de su profesión un modo de vivir. En el libro aparecen muchas reflexiones sobre el periodismo y se examinan casos como el del fotoperiodista Kevin Carter, a quien se tildó de “buitre” al no salvar a la niña que fotografiaba. Lobo muestra a los corresponsales de guerra como seres por momentos insensibles, por momentos egocéntricos, desmitificando la profesión, e incapaces a menudo de mantener lazos personales (ambos fracasan con sus respectivas parejas), pero también como seres que intentan transmitir lo que ven y escuchan con honestidad. Y, de pronto, descubren que en ese empeño pueden morir, la muerte del periodista Miguel Gil fue, sin duda, un gran mazazo para muchos de ellos, sobre dicho suceso Ramón Lobo escribió en su su blog: “Hace 10 años murieron Miguel Gil Moreno y Kurt Schork en una emboscada en una carretera de Sierra Leona y parece que desde entonces se nos cayó encima el Periodismo”.

En segundo lugar, Isla África habla sobre la muerte. El recuerdo de la muerte de Miguel Gil es recurrente en toda la narración. El cáncer incurable, las vidas pasadas de los menores soldados, todo conduce a la muerte. Pero Ramón Lobo habla también de la muerte en vida, a la que nos sometemos muchas veces llevando una vida rutinaria y desnortada, que no abarca más allá de los límites de nuestras propias fronteras. Puede sorprender que Carlos Bota elija Sierra Leona para morir, pero al cabo necesitamos que nuestras vidas tengan un sentido, que las riendas las tomemos nosotros. Quizás todos hemos de aprender que no es necesario que la muerte llame a nuestras puertas para aprender a vivir, para aprender lo esencial. En Sierra Leona la muerte camina contigo por la calle. “Es más fácil aprender a vivir donde la gente sabe morir.

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En tercer lugar, el libro habla sobre los frágiles límites entre ser víctima o verdugo. El escritor nigeriano Uzodinma Iweala decía en relación a los motivos que le habían llevado a escribir la novela Bestias sin patria, “Escribía y escribo sobre la violencia porque quiero entender qué es lo que lleva a alguien a matar, violar y destruir. Escribía y escribo sobre la violencia por miedo a encontrarme algún día en el lado del que agrede o en el lado la víctima de la agresión.” A veces cuando leemos algunos reportajes pensamos que lo que nos cuentan está muy alejado de nosotros, que resultaría imposible que cometiéramos semejantes atrocidades y sin embargo, estar en uno u otro lado no es algo tan descabellado. “Seríamos bestias si no fuera por… ¿La educación? ¡No! Es lo que diría Sincero del Corral, lo que responderían los javerianos. ¿La cultura? ¡No! Eso es lo que defenderían los filósofos sociales. Lo que en verdad nos frena es algo mucho más ruin: el castigo, la ley, el temor a pudrirnos en la cárcel. Lo que desata la furia es la impunidad.” (pág. 204)

Iba a acabar este artículo con la mención del final del libro de Conrad El corazón de las tinieblas, pero me di cuenta de que en realidad no había hablado de lo más importante (además de un encendido elogio de la amistad), de lo que de verdad transmite este libro. Hace tiempo dediqué un pequeño texto a la narrativa sobre los menores soldados (o sobre la dualidad verdugo-víctima) listando y realizando un superficial y breve análisis de algunos libros sobre dicha realidad. Isla África me ha hecho darme cuenta de lo incompleta que estaba aquella lista. Faltaba algo imprescindible, algo a lo que Ramón Lobo había dedicado un libro. Cada uno de los menores soldado rehabilitados por los javerianos y por Chema Caballero  nos habla de ella. Faltaba la esperanza.

“Durante una semana recorrimos las chabolas de metal de Tumara para entrevistar a nuestros protagonistas y repartir golosinas a la rebatiña entre los chiquillos de los barracones. hallamos a Michael Seydu, sin su mano izquierda. A la niña Teresa y su pierna de palo. A nuestros amigos Bojeh y Suleyman, de doce y trece años, que de mayores querían ser extranjeros y viajar a Europa. Y a Thomas Murphy, un marinero de espalda ancha que vivió en Las Palmas, a quien habían seccionado los brazos a la altura de los codos. Fue una experiencia penosa forzarles a recordar lo no olvidado; pero sentí alivio, una forma occidental de satisfacción, al suponer,que, por primera vez en años, tenía ante mi la posibilidad de fotografiar un halo de esperanza.” pág. 98

Ficha:

  • Título original: Isla África (2001)
  • Idioma: Original: Castellano
  • Editorial: Seix Barral. Biblioteca Breve, 2001
  • Páginas: 251

La memoria del amor- Aminatta Forna

Para Adrian Lockheart, el psicólogo londinense y uno de los protagonistas de La memoria del amor, que decide marcharse a África, en plena crisis personal, en búsqueda de algo que le sacuda de la monotonía de una vida que fluye sin sentido, ese lugar resguardado, protegido y a salvo que todos necesitamos tener, se llama “casa”. Para el resto de africanos en este caso, que han pasado por una guerra civil, terrible, desgarradora y paralizante, a ese lugar seguro, al que se acude en modo de fuga, se llama “refugio”. Parece el mismo concepto, pero difiere el camino por el que se llega a él.

En esta novela, al contrario que en El jardín de las mujeres, tres hombres nos narran sus historias. En ella no hay cabida para la alegría, si bien no cuesta deslizarse por su historia, bien narrada y atrayente, con todos sus meandros y sus hoyos, a veces sus párrafos son en exceso largos y distraen de lo que se cuenta y sus personajes aparecen un tanto desdibujados. Sin embargo, es un texto que engancha por su enfoque y por los dilemas que plantea. Casi todos los personajes guardan algún tipo de recuerdo doloroso, porque el libro de Aminatta Forna habla sobre todo de la pérdida. Como si estuviéramos en el diván de un psiquiatra y fuera apareciendo esa corriente subterránea que atraviesa a todo ser humano y que casi siempre calla más que dice. Son los días posteriores a la guerra civil que arrancó en Sierra Leona en la década de los 90, los días en los que afloran las consecuencias de la misma, cuando llega el momento en el que víctimas y verdugos caminan por las mismas calles, héroes y traidores confunden sus historias.

Forna nos va introduciendo en la vida de un hospital psiquiátrico, donde muchas vidas irrecuperables luchan por salir adelante, nos presenta a un joven doctor británico que llega para curar lo que países europeos como el suyo han provocado y han ignorado, un occidental que no entiende lo que le pasa a aquella gente,”Caballeros de la edad moderna, cada uno de ellos en busca de su propio trofeo, su Santo Grial” (pág.280). Frente a él, el torturado Kai Manseray, el joven cirujano que guarda demasiados secretos dentro. Y en el medio, Elias Cole, un anciano enfermo que va contando su historia, su obsesión por Saffia (¿acaso era amor?) y su amistad con su marido Julius, rememorando los disturbios políticos ocurridos en 1969, en un intento por redimirse.

Podría Forna haber puesto más el dedo en la llaga de la sangría que supuso una guerra civil donde niños soldado eran obligados a cometer las mayores barbaridades imaginables, donde las mujeres eran violadas hasta la muerte y donde miles de ojos aterrados contemplaban y soportaban lo inenarrable. Pero prefiere internarnos en las secuelas, en lo que continúa a pesar de que, en apariencia, la vida siga adelante, en la incapacidad de nombrar las cosas por su nombre, en la parálisis de las palabras que se atoran en la garganta. Un grito eterno en la oscuridad. El silencio odioso que se cierne como un velo denso sobre toda la ciudad, en un intento de olvidar lo ocurrido para que desaparezca por si solo, mientras ganan las narrativas que dan la vuelta a los hechos, mientras las víctimas mantienen su silencio ante los verdugos que, sin haber rendido cuentas por sus actos, ahora pasean tranquilos por las mismas calles por donde sembraron el terror, hasta que la boca se abre,”Cada persona le contó una parte de la misma historia. Y contando la historia de otra persona, contaron la suya propia” (pág.390).

Mientras el occidental necesita encontrar algo que de sentido a lo que vive y llama “trastorno” a los traumas que va conociendo, los africanos saben que lo que transcurre delante de sus narices es la vida, “la guerra tenía el efecto de animar a la gente a tratar de seguir viva. También la pobreza. Era tan difícil sobrevivir que no podía tomarse a la ligera. Tal vez el doctor sueco se imagina intentando acabar con todo si viviera aquí” (pág.434).

Una novela que nos lleva de la mano por el paisaje humano que queda después de un conflicto bélico, y nos descubre el inmenso túnel en el que muchas personas siguen inmersas y seguirán en otros múltiples conflictos de los muchos que, por desgracia, continúan vivos a lo largo y ancho del planeta. Una novela que nos habla de lo que ya no se podrá recuperar, de todo lo que perdemos, de los seres queridos que no volverán, de la inocencia y de la belleza que se arrebató a mucha gente, allí en Sierra Leona, un lugar que apenas conocemos, un lugar al que nos cuesta mirar.

-¿Qué te contaron sobre lo que pasó aquí? Antes de que llegaras, me refiero-pregunta Mamakay, volviéndose hacia él-¿Violencia étnica? ¿Divisiones tribales? ¡Negros matándose entre ellos, violencia inconsciente¡ La mayoría de los que escribieron esas cosas jamás salieron de la habitación de su hotel, tenían demasiado miedo. Y no conocían la diferencia entre un mende y un fula. Pero siguieron escribiendo la misma historia una y otra vez. Era más fácil así. ¿Y quién había para contradecirlos?. (pág.324)

Ficha:

  • Título original:  The memory of love (2010)
  • Idioma: Original: Inglés
  • Traducción al castellano: Alfaguara (2010)
  • Traductora: Isabel Murillo
  • Imagen de portada:  Fotografía Photodisc/Alamy
  • Nº páginas: 567
  • Premios del libro: Shortlisted for the 2011 Orange Prize for Fiction

El jardín de las mujeres-Aminatta Forna

Como en  El jardín de las mujeres también en la vida de la escritora hay una carta. El padre de Aminatta Forna escribió “una carta, una hora antes de ser ejecutado, que fue publicada en la prensa y en la que describía lo que pasaría si no se acababa con la dictadura”. Decía que “se terminaría el estado de derecho, que el país acabaría en la anarquía. Y eso fue lo que pasó”, le contaba a EFE la escritora. Forna habla sobre su padre, un médico de Sierra Leona que había llegado a Escocia para estudiar medicina. Cuando regresó a África se sintió atraído por la política, convirtiéndose en ministro de finanzas. El régimen impuesto por la dictadura le torturó, y sobornó a cuatro hombres para que dieran falso testimonio contra él. Fue ahorcado por “traición” en 1975.

The Devil that Danced on the Water (no traducida al castellano) fue su primera novela y se basó en la investigación que llevó a cabo para llegar a conocer a aquellos que habían conducido a la muerte a su padre de la muerte de su padre (cuando sucedió ella tenía solamente 10 años y durante mucho tiempo desconoció lo sucedido). La escritora solamente cambió un nombre al escribirla: el de uno de aquellos cuatro hombres que habían sido comprados para mentir sobre su padre. “Cambié su nombre porque él era un pobre hombre, vulnerable al tipo de venganza y cruel linchamiento en las calles que suele acontecer después de una guerra civil”

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Aminatta Forna. 2006. Fotografía: The Independent

Su segunda novela fue El jardín de las mujeres. Abie vuelve a África para reclamar una herencia que su abuelo le legó al morir: los cafetales en los que solía jugar de niña en la aldea ancestral y con la vuelta llegaran los recuerdos.

Es cierto que hay muchas historias en este libro. Es cierto que las protagonistas son mujeres, cuatro aunque a menudo parezcan una. Es cierto que es un texto repleto de escogidas palabras que van haciendo crecer un inmenso jardín a nuestros ojos en donde las mujeres se reúnen y hablan. Es cierto que las palabras escogidas son bellas y logran pasajes luminosos de los que una no querría salirse nunca. Es cierto todo eso y mucho más.

Este libro es un lento susurrar a nuestro oído con sonidos de un África lejana en el tiempo, ancestral y repleta de tradiciones, donde las mujeres leen piedras, hasta un continente inmerso en guerras y conflictos que, sin embargo, lucha por salir adelante.

Cada una de estas historias, enmarcadas en un tramo histórico que va desde 1926 hasta 2003, tiene múltiples lecturas. La historia conmovedora de la joven Shera que quiere unos zapatos rojos, es también la del deseo de occidentalizarse. La del joven Janneh, que desaparece por denunciar la corrupción en su país, es también un poco la del propio padre de la escritora. La Noche de Reyes de Mariama, que nos transmite las vivencias y el dolor encerrado en la mente de la que ha visto la muerte, el horror y la guerra, es también la del intento del que llega de fuera para ayudar; en este caso el psicólogo Lockheart, que intenta ayudar a la gente a superar los traumas de la guerra, sin llegar a conseguirlo.

Aminatta Forna escoge a sus protagonistas (cuatro mujeres) para darle la vuelta a las ideas previas que se vierten sobre las mujeres africanas. Y, además, nos habla sobre los sueños y las frustraciones, sobre el amor y el deseo, los cuales no tienen porqué ir unidos, sobre la sumisión, sobre la traición masculina, sobre ser fiel a uno mismo, sobre las catástrofes externas y las internas y sobre el afán por vivir, a pesar de los pesares, con toda la intensidad posible.

El libro habla sobre la opresión de los ricos sobre los pobres, de la corrupción del poder y de la dificultad de plantar cara al abuso, a la injusticia; narra sobre la importancia de la implicación personal, sobre la triste hipocresía de una sociedad que valora de manera más negativa la venganza de una mujer herida que el adulterio del hombre. Habla sobre la gente que decide intentar poner en marcha mecanismos de libertad, de gente idealista que cree en el cambio, de las desilusiones cuando vemos que aquellos a los que amábamos no están a la altura, que se ocultan bajo el ala y prefieren no tomar partido.

La verdadera riqueza, tal y como descubrirá Abie, la protagonista, la encontrará, no en el pedazo de tierra que le han legado, sino en el reencuentro con el pasado de su familia, en las historias que sus tías le cuentan, en las vidas que se encuentran agazapadas en ellas; en todas esas contradicciones, costumbres, ritos,  consejos; en todas esas desilusiones, traiciones y olvidos. En definitiva, en todo lo que para estas mujeres es amado, digno de ser recuperado y contado.

Ahora creo que tal vez nos gustaba tanto copiar a los demás porque así acabábamos olvidando quiénes éramos.

Ficha:

  • Título original:  Ancestor Stones (2006)
  • Idioma: Inglés (Bloomsbury Publishing PLC)
  • Traducción al castellano:  Punto de lectura (2007)
  • Traductor: Íñigo García Ureta
  • Premios:  2008/Hurston Wright Legacy Award, Literaturpreis en Alemania y fue elegida por The Washington Post como una de las novelas más importantes de 2006
  • Otras publicaciones de esta obra:
    • El jardín de las mujeres. Ediciones Alfaguara (2006)
  • Sobre la autora: Aminatta Forna nació en Escocia (1964)  y pasó su infancia en Sierra Leona. Es, además de escritora, una influyente periodista, locutora de radio y presentadora de televisión. Su primer libro, The Devil that Danced on the Water, unas memorias sobre su padre, disidente político asesinado en Sierra Leona, recibió grandes elogios por parte de la crítica. En 2007 Vanity Fair nombró a Forna como una de las escritoras africanas más prometedoras. (www.alfaguara.com)
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