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Año cero, el año en el que os encontraron

Limitada por múltiples razones, me meto de lleno en una de esas contradicciones que me han acompañado desde que me interné en este mundo. Incapacitada (¿cómo?) para poder mencionar a todas, tengo de manera forzosa que pertrechar otra incongruencia: el escribir sobre ellas de manera global en la creencia de que el subrayar, desde el principio, que hay muchas literaturas diferentes y diversas en el continente africano y su diáspora, me redimirá.

Desde la noche de los tiempos, que se dice, y generalizando, las africanas han sido, en gran parte, la memoria de sus pueblos, las encargadas de transmitir a sus sucesores las viejas historias de los antepasados. Hablamos de una literatura, la africana, que ha sido (en algunos lugares lo sigue siendo) eminentemente oral. Y, a pesar del esfuerzo por querer ignorarla, así se fraguó y así subsistió.

Sin ánimo de parecer apegada a la tradición, debo decir que en los años que llevo escribiendo en el blog he descubierto, en algunas de las biografías que he ido conociendo, la importancia de la abuela o de la madre y de sus narraciones orales en la vida de algunas mujeres escritoras.

Uno de los mejores ejemplos lo encontré en la primera mujer que escribió una novela en Mozambique, Paulina Chiziane, cuya primera escuela literaria, según ella misma recuerda, fue el fuego. En torno a las fogatas, su abuela le contaba historias que después ella siguió recordando y al final recuperó para plasmarlas por escrito. De hecho Chiziane no se considera a si misma novelista sino “contadora de historias”, al igual que otras mujeres que como ella dieron el paso de poner en papel lo que escucharon.

Sin embargo, cuando llegó la escritura, las portadoras de la palabra enmudecieron. Se las relegó, excepto casos aislados, y fueron los hombres los que se hicieron con las letras y escribieron.

No fue hasta los años 60-70, después de las independencias, cuando las mujeres pudieron acceder a la palabra escrita.

Así, la narrativa mundial se enriqueció con las letras de las escritoras africanas. Tomando como centro de sus narraciones sus propias vidas quisieron transmitir todo su mundo. “No se trata de historias de vidas”, escribe la experta en literatura africana Inmaculada Díaz Narbona, “sino de historias de la vida, de la vida vivida por las mujeres, que sólo adquirirán una dimensión pública al ser escritas y compartidas”[*]. Necesario subrayar que no fue sin dificultades. Aquellas pioneras tuvieron que sortear muchos obstáculos. Eran tiempos muy difíciles para las mujeres escritoras. Hay que tener en cuenta que, en aquellos momentos, solo escribían y publicaban los hombres.

Lo anterior lo ilustra a la perfección Buchi Emecheta autora de una obra clave, Las delicias de la maternidad, con la que se situó como la “primera novelista africana que articuló la opresión patriarcal de las sociedades africanas”, según palabras de su traductora al castellano Maya García Vinuesa. Cuenta esta mujer escritora que tuvo que vivir cómo su marido llegó a quemarle sus manuscritos.

Otra escritora, Flora Nwapa, tuvo que sentir la condescendencia, cuando no el abierto desprecio y la falta de apoyos que generaban aquellas que se decidían a escribir. Frente a los personajes femeninos de las narrativas africanas que dibujaban a una mujer sumisa, doblegada y sin voz, ella siempre tuvo en mente proyectar una imagen positiva de la mujer. Estaba cansada de la forma en la que los escritores africanos representaban a las mujeres africanas en sus novelas. Sabía que eran mucho más que “pobres mujeres”, “prostitutas” o “esposas infelices”, mucho más que un personaje secundario. Escribir sus propias novelas le permitió a Nwapa remodelar la feminidad de África a través de personajes complejos y de múltiples facetas.

La palabra ya había comenzado a rodar con fuerza desde el lado femenino. Y después continuó su camino: la palabra se tornó reivindicación. Y así, poco a poco, se fue  llenando de fuerza y visiones transformadoras de la sociedad y el mundo, hasta hoy.

Y las voces siguieron surgiendo aquí y allí. Escribieron en francés, inglés, portugués, luo, suajili, amárico, árabe, español (imposible no recordar a María Nsué, que fallecía este mismo año, autora de Ekomo, primera novela guineoecuatoriana de la post-independencia)… A través de sus obras, denunciaron, sacaron a la luz, nos hicieron sentir incómodas, nos interpelaron, nos conmovieron, nos hicieron caminar días con sus mocasines… Compartieron su entereza, su dulzura, su dignidad y su inteligencia, junto a sus temores, sus anhelos, sus sentimientos, sus grandezas, sus pequeñas cosas, sus maternidades, sus amores y sus odios, sus logros y sus fracasos, sus puntos de vista y sus engaños, sus pensamientos y sus sueños, sus universos y sus historias, tantas, tantas cosas…

Hasta llegar a este año, punto cero para la narrativa de mujer africana entre nosotros.

Año en el que celebramos las 9 publicaciones inéditas (Nubes de lluvia, Canción dulce, El libro de Memory, Volver a casaEl papel de la mujer santotomense en la lucha por la liberación y la igualdad, Querida Ijeawele. Cómo educar en el feminismoLa huelga de mendigos o los deshechos humanosEl silencio de las nubesMale Daughters, Female Husbands), las 6 reediciones, la antología de poesía en Como el viento intocable y los cuentos de las mujeres saharauis en Los cuentos del erizo, todos ellos con voces de mujeres.

Año en el que sabemos que todo queda por venir.

Año en el que, de nuevo, esas voces silenciadas, que nunca silenciosas, quieren encontrarnos. No en vano las dos únicas antologías publicadas en castellano (gracias Inmaculada Díaz Narbona y Federico Vivanco por vuestro extraordinario trabajo y dedicación) llevan por título Las africanas cuentan (2002) y Ellas [también] cuentan (2017).

Son nada menos que veinte las escritoras de expresión inglesa que se han reunido en la antología más reciente: Ellas [también] cuentan. Complementando a la de Narbona que se circunscribía al ámbito francófono. El periplo que propone este libro nos lleva por épocas, temáticas y formas de narrar muy diferentes. Podemos fijarnos en el país de origen, pero más allá lo que marca la manera de mirar y trasladar al papel lo urgente o lo ineludible son las experiencias vitales, ya vividas o  soñadas, escuchadas o imaginadas, de estas mujeres.

Desde la época esclavista llegamos hasta la recreación más íntima de las consecuencias de la guerra (cómo olvidar Recuerda a Atita) o hasta la búsqueda incesante de una identidad nunca clara. Mientras, van desmontando mitos como el de la emigración y sus recompensas o el del regreso y el reencuentro. Ellas son capaces de trasladarnos la sensación total de extravío o de descubrirnos algunas fronteras también dentro de ellas mismas imposibles de salvar. Alzan sus voces plurales y diversas (que cubren un amplio abanico, empezando por Mina Salami, escritora de la diáspora que se define como feminista y terminando con Ifi Amadiune, poeta, antropológa y ensayista nigeriana), hasta mostrarnos sus pisadas, sus titubeos, sus miedos y sus pequeños avances. Usando también la poesía para reivindicarse y el ensayo para pensarse. Así es la escritura de estas veinte escritoras ocultadas.

Pero el tiempo para seguir ignorando ha pasado. Hay más vidas que añadir a esta y nos las estamos perdiendo.

Es tiempo de dejarnos descubrir.

Os ofrecemos un regalo. Quizás un comienzo.

Adelante. Solamente tenéis que empujar la puerta.

Puerta Harar (Etiopía). Foto: SFQ

Puerta Harar (Etiopía). Foto: SFQ


  • [*] Las africanas cuentan. Antología de relatos. Inmaculada Díaz Narbona (Ed.) Publicaciones de la Universidad de Cádiz, 2002.
  1. Alberto Mrteh #

    Da gusto leerte cuando tratas un tema que te apasiona.
    Alberto Mrteh (El zoco del escriba)

    Le gusta a 1 persona

    15 diciembre, 2017

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