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“Corazón que ríe, corazón que llora”, una Maryse Condé en lengua propia

La reconstrucción del pasado propio es un proceso complejo y, en gran medida, fallido. Partiendo de ahí, su plasmación por escrito exige calibrar lo que se recuerda y lo que la mente ha ido elaborando con el paso de los años, redimensionándolo y reinterpretándolo. Muchos escritores suelen tender a la idealización, embelleciendo lo que se vivió. Pero también los hay que intentan que prevalezca una cierta verdad desprovista de aderezos, una visión que no sea deshonesta y que muestre una existencia que no difiera, en lo posible, de la que se ha vivido.

Maryse Condé es una de estos últimos y lo demuestra en su última obra traducida a castellano por Martha Asunción Alonso, con hermosa portada y cuidada edición, Corazón que ríe, corazón que llora (Impedimenta, 2019), en la que, a través de 17 cuentos, así subtitula ella misma su obra, dibuja momentos importantes de su infancia y juventud, a través de los cuales va mostrándonos sus orígenes y su búsqueda, sus mutaciones y sus descubrimientos. Pero Condé nunca es superficial, y a través de una escritura sencilla y de gran calado, nos habla de las cadenas de la identidad, de las relaciones de clase, del racismo y de la lectura como germen para el nacimiento de una conciencia.

Tantos miedos antiguos aún sin cicatrizar

Nadie la esperaba y por ello siempre tuvo la sensación de “que su nacimiento había sido un accidente”. En el seno de una familia burguesa en Guadalupe (Francia), con una posición privilegiada, social y económica, la benjamina de ocho hermanos no guarda reparos en describir a sus progenitores; orgullosos, clasistas, que prohíben el criollo y se explayan en perfecto francés, sin interés por conocer sus orígenes africanos y temerosos de las narrativas que les pudieran recordar su pasado ligado a la esclavitud.

En su intento por lograr un retrato honesto, Condé resalta sobre todo a su madre, gran protagonista del libro, germen y origen de sus múltiples nacimientos, a quien dedica el libro. Una madre distante, dura y esquiva, cuyo aprecio busca siempre y cuyo vientre será ese lugar, el refugio, al que volver.

Corazón que ríe, corazón que llora va coleccionando en sucesivas gotas las percepciones de la niña Condé en referencia al color de su piel, momentos que no acaba de comprender del todo al principio. Si en Guadalupe la vida fluye con facilidad, sin obstáculos, aunque asoma una sensación continua de estar viviendo dentro de una jaula, serán sus estancias en la metrópolis, París, las que comenzarán a mostrarle otras claves que desconoce; “y yo no comprendía por qué motivo aquellas personas (sus padres) orgullosas, autocomplacientes, notables allá en su isla, rivalizaban con los camareros que les servían”, escribirá Condé al comenzar a apreciar la diferencia de valoración y trato que reciben sus padres negros, a pesar de su cultura y posición, en un lugar y en el otro: en Guadalupe, la clase social y económica de sus progenitores les hace sentirse superiores, pero en París no es apreciada frente al color de piel.

El choque será mayor el día que experimente en su propio cuerpo la negación y el rechazo ciego y total, el racismo puro y duro, al ser golpeada por otra niña, por el mero hecho de ser negra.

Mientras, coquetea con otros niños, se enamora y crea lazos de amistad inalterables. De fondo, la luz, los altos alcantarillados calcáreos y la arena de oro de Guadalupe.

Se lee en un suspiro esta búsqueda de identidad personal, a través de la cual la escritora comenzó a bucear en todo lo que colectivamente se les había hurtado; niña inteligente, testaruda, tenaz, malhumorada, observadora y sensible, entre contradicciones y preguntas sin respuesta, nos descubre la dificultad de ser una misma y encontrarse. Leyendo a Cesaire, leyendo a Fanon, acaba por iniciar su “compromiso político”, al darse cuenta de que ella es, entre todas las alumnas de su clase en el instituto parisino, la única que no conoce “las auténticas Antillas”, de ella esperan que muestre una identidad de la que carece pero que es la que todas le atribuyen. No en vano afirma “la identidad es como un vestido que tienes que ponerte, lo quieras o no lo quieras, te quede bien o no”. Frente a ello, la adolescente se retorcerá, dará la vuelta a todo lo que le muestren como único camino e iniciará el suyo coronado por una inquebrantable honestidad hacia el propio entendimiento.

Corazón que ríe, corazón que llora (Le coeur à rire et à pleurer – Souvenirs de mon enfance, 1999). Maryse Condé. Impedimenta, 2019. Prólogo y traducción del francés de Martha Asunción Alonso. Primer capítulo

5 comentarios Escribe un comentario
  1. Noelia María Salas Granero #

    habría alguna manera de encontrar el libro completo en español y de forma gratuita? gracias de antemano!

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    1 febrero, 2019
  2. Alberto Mrteh #

    Me ha resultado muy atractivo, pero durante la lectura me ha asaltado una recomendación que me hizo Antonio Lozano el año pasado: Lee a Fanon.
    Veo que fue un referente para la escritora.
    Te haré caso, Antonio.
    Es un placer leerte.
    Alberto Mrteh (El zoco del escriba)

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    18 febrero, 2019
  3. Anabel #

    Este libro es una maravilla. Me encantó la forma de escribir de Maryse, a la que no conocía. Muchas gracias.

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    8 mayo, 2019

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